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RESEÑA: La piel en llamas, Park Theatre ✭✭✭✭
Publicado en
22 de mayo de 2015
Por
timhochstrasser
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Skin In Flames
Park Theatre
13 de mayo de 2015
4 estrellas
Skin in Flames es la obra más conocida y multipremiada del dramaturgo catalán Guillem Clua. La pieza se estrenó originalmente en 2004 en Barcelona, pero, aparte de una lectura dramatizada en 2007, nunca antes había tenido aquí en el Reino Unido un montaje completo. Este estreno, en una eficaz traducción de DJ Sanders, es muy bienvenido y, desde luego, llega con retraso. Los temas en los que se centra —el impacto de la difusión masiva de imágenes icónicas de violencia, los engaños de la memoria, sean conscientes o inconscientes, las aportaciones ambiguas de las organizaciones internacionales de ayuda del primer mundo y la poca fiabilidad de los distintos relatos de explotación— nos llevan a un terreno que ocupan clásicos como Kiss of the Spider Woman y Death and the Maiden, y la obra no se siente en absoluto fuera de lugar junto a tan ilustre compañía.
La escenografía, en el estudio más pequeño del Park Theatre, nos presenta un dormitorio arrugado y cansado en un hotel barato: las cortinas ondean en una ventana abierta, un par de sillas quedan en primer término y al fondo se abre un cuarto de baño. Estamos en una capital latinoamericana sin identificar, unos veinte años después de una sangrienta revolución o guerra civil en la que el gobierno actual terminó imponiéndose. La acción comienza cuando el distinguido fotógrafo estadounidense de guerra Frederick Salomon (Almiro Andrade) entra acompañado de una periodista, Hanna (Bea Segura), de uno de los periódicos estatales. La última vez que estuvo en esta ciudad fue durante la revolución, cuando tomó la fotografía de una niña lanzada por los aires por una explosión; más tarde, la prensa mundial la adoptó como imagen totémica de la guerra y de su dolor. Fue la imagen que impulsó su carrera. Regresa ahora para recibir un premio del gobierno, que se le entregará en un almuerzo oficial más tarde ese mismo día. Se espera que la entrevista sea inofensiva: un elogio radiante a un fotógrafo legendario, con un intercambio envuelto en piadosas frases hechas por ambas partes; un encuentro cómodo, aunque algo condescendiente, entre una aspirante y un gran veterano del oficio. Pero pronto se ve que no será así, porque pasamos a un interrogatorio sobre el pasado de Salomon, la moralidad de toda su trayectoria y lo que realmente supuso para todos aquella famosa fotografía.
A medida que se alargan las sombras en la habitación del hotel, tanto literal como metafóricamente, empieza a desplegarse una segunda historia dentro del mismo espacio. Entra otra pareja y enseguida queda claro que se trata de un encuentro o una transacción sexual, aunque también hay complejidad y una inquietante sensación de explotación y abuso de poder, igual que en el diálogo paralelo. Ida (Laya Marti) es una joven madre cuya hija yace en coma en un hospital local. Su compañero de cama es un médico sénior de la ONU que tiene el poder de intervenir para conseguir medicamentos para la niña e incluso trasladarla al extranjero para recibir atención especializada. Sin embargo, solo lo hará a cambio de un conjunto cada vez más degradante de favores sexuales por parte de Ida. Resulta que el doctor también es el responsable de organizar el premio para Salomon, una maniobra que beneficiará a las carreras de ambos en sus países al calor de una autocomplacencia humanitaria en la que podrán, con aparente legitimidad, instalarse. A medida que avanza la obra, las dos líneas argumentales operan en el mismo espacio primero de manera simbólica y luego con una convergencia en tiempo real cada vez más impactante. Sería un error revelar más detalles, pero el autor merece un gran reconocimiento por la forma implacable en que une las historias en el desenlace, dejando a la vez suficientes hilos sueltos para que nuestra imaginación complete los huecos a su manera.
Para los actores y la dirección de este drama, la tarea clave es trazar y sostener un recorrido de desarrollo convincente en cada personaje: desde la seguridad exterior de la superficie hasta la desintegración o fragmentación emocional. Cada intérprete debe desplegar una paleta emocional muy amplia, pero de un modo preciso y cuidadosamente calibrado, para que los extremos de ira y desesperación no alcancen su punto álgido demasiado pronto y para que los múltiples cambios de energía, poder y control del drama sigan un curso creíble, no arbitrario. El público necesita que se le recuerden constantemente los temas emocionales coherentes que están en juego, al tiempo que se mantiene la duda sobre quién dice realmente la verdad, o si existe algo parecido a una verdad unificada, más allá de meras perspectivas individuales sobre los mismos hechos. Al lograr este delicado equilibrio, las mujeres suelen tener más éxito que los hombres. Con Bea Segura y Laya Marti, la producción tiene la fortuna de contar con dos conocidas actrices españolas en plena forma: Marti, en particular, es extraordinariamente conmovedora al mostrar su amor sin límites por su hija y su desesperación por aferrarse a cualquier medio para salvarla. Tiene mucho menos texto que los demás, y aun así transmite con elocuencia su sufrimiento y su orgulloso desprecio hacia las crueldades que el doctor Brown ejerce sobre ella. También muestra una maravillosa inocencia infantil al narrar un cuento, que se convierte en un momento de excepcional y poliédrica emoción dentro del conjunto de la obra. Segura debe atravesar una montaña rusa de emociones al pasar de periodista ingenua a ángel vengador y, al final, a un estado mucho más ambiguo, ni manipuladora ni víctima. Recorre ese camino con un detallismo fino, una intensidad apasionada y una precisión verbal admirable. David Lee-Jones capta muy bien al oportunista agotado que es el doctor Brown, así como la sensación de un hombre que solo ahora puede sentirse vivo a través de impulsos sexuales cada vez más elaboradamente explotadores. No obstante, su interpretación sería todavía más perturbadora si dibujara el trasfondo de su vida familiar estadounidense con mayor luz y sombra emocional. Del mismo modo, aunque Almiro Andrade resulta muy creíble en apariencia y lenguaje corporal, su trabajo aún no recoge del todo el alcance del viaje que su personaje debe recorrer. Necesitamos ver al inicio una fanfarronería más segura, condescendiente y mundana para apreciar la magnitud de su implosión psicológica bajo el peso de las revelaciones que vendrán. Salomon es un hombre emparentado con los antihéroes de Graham Greene, que dejó de creer en sí mismo mucho antes de desmoronarse ante nosotros. Para que el drama funcione plenamente, esa oquedad y ese derrumbe interior deben representarse por completo, y también su inesperada recuperación final. Algunos de estos aspectos pueden ir encajando a medida que avanza la temporada, conforme el ritmo y la soltura de las interacciones vayan más allá de los primeros días de la noche de estreno para la prensa.
Es una velada dura e incómoda, pero enormemente gratificante en el teatro. Se nos invita a pensar a fondo en los motivos mezclados que hay detrás de la puesta en práctica de la intervención humanitaria, en el poder del fotoperiodismo para moldear percepciones en todo el mundo, para bien y para mal, y en la forma en que las imágenes pueden adquirir una vida propia, asumida, que trasciende cualquier patrón de intención deliberada. Parece una obviedad decir que la guerra convierte a todos sus participantes en víctimas, morales o físicas, pero el gran éxito sobrio de la obra es hacer que esa verdad resulte concreta y compleja, conmovedora y a la vez significativa para todos los personajes del drama.
Skin In Flames estará en el Park Theatre hasta el 6 de junio de 2015
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