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RESEÑA: Love Bites, Teatro White Bear ✭✭✭

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julianeaves

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Julian Eaves reseña el nuevo musical australiano Love Bites, que se presenta actualmente en el White Bear Theatre de Kennington.

Love BitesWhite Bear Theatre, 8 de abril de 2018 3 estrellas Reserva ahora   No todas las semanas tenemos la oportunidad de ver un musical llegado de Australia, y este montaje ofrece una mirada refrescante a una cultura teatral muy distinta en este estupendo teatro fringe, situado encima del amplio gastro-pub hipster, restaurado con un aire rústico y gentrificado, que es el White Bear en Kennington Park Road.  Aunque en esta pieza a cuatro bandas, una reflexión sobre las muchas caras del amor, hay parecidos superficiales con lo que reconocemos de modelos estadounidenses más conocidos (por ejemplo, 'I Love You, You're Perfect, Now Change'), el corazón de la obra habita un lugar muy diferente: se expresa en un lenguaje mucho más directo, bastante menos urbano y sofisticado, pero celebrando una sencillez y una terrenalidad auténticas que pueden resultar toda una sorpresa. La premisa es sencilla: tras un ágil prólogo, en la primera parte asistimos a un ciclo de canciones que retratan el encuentro de diversas parejas en sus distintos entornos; después, tras el intermedio, volvemos a esas parejas para descubrir qué ha sido de ellas.  Se trata de un formato pulcro y bien rematado, del letrista James Millar y el compositor Peter Rutherford, que al parecer se cruzaron trabajando en la producción australiana de 'Matilda'.  Y desde luego dominan la escritura del musical mainstream: cada número parece evocar otro género y, en ocasiones, obras perfectamente identificables: incluso hay, en un momento, una parodia muy lograda y descarada de 'Sweeney Todd', y uno se lo pasa en grande intentando detectar el resto de conexiones.  Sin embargo, puede que eches de menos escuchar con más franqueza la voz «real» de estos autores, especialmente en un espectáculo que valora tanto los valores australianos de la honestidad y la franqueza. Sea como sea, lo que hace la directora Grace Taylor con este material es impecable: con seguridad y fluidez, la producción se desliza siempre con elegancia.  En el «curioso» espacio en forma de L de este lugar, cada movimiento cuenta y cada posición comunica, y Taylor es una maestra captando el matiz de cada instante.  En esto, está perfectamente acompañada por su coreógrafo, Charlie Burt, cuyos ingeniosos arreglos potencian el impacto de los números: de hecho, ambos trabajan con tanta simbiosis que resulta imposible saber dónde termina la creación de uno y empieza la del otro. Forman un tándem sólido, y es una decisión acertadísima por parte de los productores, que además integran la mitad del reparto: Alasdair Melrose y Jessica Tripp, cuyo nombre da título a la compañía, Theatretripp Productions.  Ambos graduados de la RCSSD y excelentes currantes de la escena, especialmente en la estupendamente construida escena «interpretativa» 'A Rock', Jessica ha tirado de sus raíces australianas para traer esta obra a Londres, y juntos han levantado a su alrededor una compañía sólida.  En escena les acompañan el potentísimo Charlie Bowyer, que ya ha interpretado el papel protagonista masculino en 'Beauty and the Beast' (en el Belgrade de Coventry y en el Lincoln Drill Hall), y de quien seguro escucharemos mucho más: su voz combina calidez, profundidad y flexibilidad con una presencia escénica imponente; y también la impresionante ingenua Ariane Sallis, todo un descubrimiento: atractiva, se mueve con inteligencia, con un rostro enormemente expresivo y una voz con una barbaridad de registros y estilos; siempre es emocionante verla y escucharla. Musicalmente, el espectáculo está lleno de retos.  El director musical al piano es Tim Shaw, una elección magnífica para esta revista íntima: sabe perfectamente cómo seguir a los intérpretes y siempre les deja espacio para que se les escuche, incluso en los momentos de rock'n'roll a todo gas de los números más contundentes, mientras aporta texturas hipnóticamente diáfanas en los pasajes más serenos y reflexivos, como el precioso 'A Single Poppy'.  Del mismo modo, es un consumado guía de las voces, y en las armonías, a menudo densamente escritas, para este cuarteto, siempre logra claridad y precisión: de hecho, musicalmente, este aspecto del espectáculo es uno de sus rasgos más interesantes y quizá apunte a dónde reside el alma musical de Rutherford.  Sería estupendo escuchar a ese compositor seguir más sus propios instintos. El vestuario es sencillo, de Verity Johnson, y la iluminación, de Yana Demo, funciona con una eficacia discreta.  En conjunto, es un debut bien llevado y agradable para esta nueva y emprendedora compañía, que ha tomado tantas decisiones acertadas con esta producción que deja a uno esperando sus próximas aventuras con verdadera expectación. Hasta el 21 de abril de 2018

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