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NOTICIAS

Reseña: El Valle del Asombro, Young Vic ✭✭✭✭

Publicado en

Por

stephencollins

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Valley Of Astonishment en el Young Vic Valley of Astonishment

El Young Vic

27 de junio de 2014

A primera vista, una obra sobre por qué y cómo la gente recuerda las cosas, sobre cómo una persona con sinestesia se las arregla con su extraordinaria y asombrosa capacidad para recordar y evocar, y sobre el maravilloso sentido de la forma y el color que se despierta en ese proceso, además de cómo uno olvida conscientemente cosas que ha recordado de manera inconsciente, no parece precisamente un plan apetecible.

Pero en manos del extraordinario Peter Brook (cumple 90 el año que viene, y aun así rebosa ingenio inventivo) se convierte en una pieza auténticamente deliciosa, absorbente y jubilosa, repleta de temas e ideas importantes.

Actualmente en cartel en el Young Vic, The Valley Of Astonishment, coescrita y dirigida por Brook y Marie-Hélèn Estienne, ofrece 75 minutos de deleite e intriga.

Un escenario desnudo. Cuatro o cinco sillas sencillas. Una mesa. Dos músicos. Algunos instrumentos. Un perchero de vestuario con batas blancas. Una pared del fondo pintada de un rojo intenso. Un espacio discreto para proyecciones. Tres actores. Una baraja de cartas.

Y de esos ingredientes simples y depurados surge una experiencia teatral reflexiva, a ratos desternillante, desconcertante y elegante.

La idea del Fénix enmarca la función; la criatura cuyos estertores incluyen una sucesión de notas musicales tristes, de una belleza dolorosa, y cuyo cuerpo se entrega a las llamas, con las últimas brasas ya frías revelando una chispa de la que nacerá una nueva vida, un nuevo Fénix.

Toshi Tsuchitori, maestro japonés de la música tradicional, al final de la pieza interpreta las notas aisladas y fantasmales que representan la muerte del Fénix. La sensación de pérdida, de inevitabilidad, es profunda, poderosa. Los actores abandonan el escenario. El espacio blanco y desnudo conserva la fuerza de lo ocurrido allí. Y el público se lleva, cada cual a su manera, la chispa, el recuerdo del que puede surgir algo nuevo.

Por el camino compartimos la dolorosa historia de Sammy, la reportera con una memoria prodigiosa. Es un ejemplo de sinestesia: puede recordar cualquier cosa que haya oído o visto, y lo hace de un modo muy idiosincrásico. Entra en el mundo de su mente y coloca cada elemento con cuidado, donde pueda recordarlo y encontrarlo volviendo sobre sus propios pasos. Si son números, los escribe en una pizarra.

Cuando su empleador se entera de sus habilidades, la despide, la envía para que la estudien y le sugiere que se una a un circo, que se convierta en artista, que gane dinero. No es lo que ella quiere, pero ¿qué opción le queda?

Escenas de los exámenes clínicos de Sammy, del entendimiento paulatino que ella y los médicos van descubriendo sobre algo que hace sin esfuerzo consciente, de su vida en el mundo del entretenimiento, del momento en que todo se vuelve demasiado y necesita encontrar la salida del valle del asombro que es su propia mente, atiborrada de recuerdos... todo ello conduce al momento traumático en el que está desesperada por olvidar. Pero ¿puede hacerlo? ¿Y a qué coste, o con qué beneficio, si es que puede?

Como Sammy, Kathryn Hunter está exquisita. Aparentemente normal, maldita con una memoria perfecta, utilizada como un mono pero finalmente capaz de tomar el control de su situación, Sammy es un remolino de energías, impulsos y sentimientos distintos. Hunter los expone todos, sin esfuerzo, y deja una impresión imborrable de destreza y alegría. Es una auténtica interpretación virtuosa.

Marcello Magni aporta aquí un matiz enigmático y sugerente a su trabajo. Es amable y comprensivo como el neuropsicólogo que trata/investiga a Sammy; pero extravagante y dominador como el rey durante las escenas del truco de cartas. Y Jarod McNeill también está excelente como el otro médico de Sammy, además de encarnar a varios personajes más.

La narración es clara, en el sentido de que siempre se sabe qué está pasando, aunque no necesariamente por qué. Pero, al pensarlo después, el recuerdo de la función le da una plenitud, una vida, que en ocasiones parecía faltarle mientras se estaba viendo.

Es un verdadero caso de forma y contenido fusionados y complementarios.

Totalmente recomendable.

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