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RESEÑA: Boom Bang-A-Bang, Above The Stag ✭✭✭✭✭

Publicado en

Por

julianeaves

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Julian Eaves reseña la comedia de Jonathan Harvey Boom Bang-A-Bang, actualmente en cartel en el Above The Stag Theatre de Vauxhall.

Boom Bang-a-BangAbove The Stag 7 de mayo de 2019 5 estrellas Reservar ahora Planificada a la perfección para coincidir con el Tack-Fest anual del Festival de Eurovisión (es el 18 de este mes, por si has estado viviendo debajo de una piedra), esta comedia de salón en tres actos, afinadísima, de Jonathan Harvey llega para devolvernos a mediados de los 90 y a una mirada larga a las relaciones —entonces como ahora— y a cómo se tuercen con deliciosa belleza. Es su sexta obra y resulta un logro notablemente acabado, por no decir chispeante: toma la forma del “tres actos” y la estrella de lleno contra la red de un entorno y unas costumbres contemporáneas, con una fuerte sugerencia del control formal y estructural de Ayckbourn, aunque bien regada con el humor embriagadoramente punzante de su propia mirada sobre la vida.  Repleta hasta los topes de los mejores, más nítidos y frescos one-liners, es un festín para el oído: cada personaje, por turnos, se lanza a por los demás con una combinación imbatible de ingenio y cinismo, encadenando chistes hasta que crees que ya no puede haber más... y entonces llegan más. Andrew Beckett, habitual de la casa en este teatro, dirige con una naturalidad elegante (volviéndonos a recordar, de nuevo, al Maestro de Scarborough) y además ha diseñado su propio —impecable— decorado de caja, donde todas las puertas y ventanas funcionan con una verosimilitud exquisita, y el mobiliario y el bric-à-brac delatan un mundo de refinamiento empobrecido: el coñac reposa en una licorera de cristal sobre un estante de contrachapado; camisetas de clubwear cuelgan “aireándose” en un plato giratorio junto a un radiador; y, en el primero de muchos golpes de maestría de la artesanía dramática de Harvey, la silla extra tan necesaria la arrastra hasta el escenario el vecino Norman, servicial-pero-de-verdad-espantoso (Joshua Coley, en uno de los muchos éxitos arrolladores de las caracterizaciones del reparto: consigue que sea divertido y preocupantemente siniestro a la vez).  Mientras tanto, hay picoteo en ramequines sobre la mesa de centro (con su cenicero noventero).  Está a punto de comenzar una fiesta: van a observarse las pías tradiciones eurovisivas. Y vaya si lo hacen.  El anfitrión, Lee (Adam McCoy, en un registro tan empático como puede), mantiene viva una tradición doméstica tras la —muy comentada— muerte de su novio.  Es lo más parecido a un “hombre serio” que encontraremos frente al desfile de rarezas locales que enseguida llena el escenario.  Su mejor amiga, Wendy (¡qué nombre tan oportuno!), la interpreta Tori Hargreaves con una seguridad muy medida: ella sola parece tener el menor de los “viajes” discernibles que emprender —y que contarles a los demás—; y, sin embargo, si te quedas con ella descubrirás que ocurre algo verdaderamente profundo y sorprendente.  También aparece el aspirante a estrella de la escena, Roy, que —con las maneras encantadoras y queribles de Sean Huddlestan— parece la última persona del mundo a la que imaginarías como consumidor habitual de E y Charlie (unas cuantas rayitas diminutas se despachan obedientemente desde la mesa de centro; dije que esto era gentileza venida a menos).  Aun así, se las apaña para provocar un incendio (no es spoiler: se ve venir desde lejos; solo que resulta gracioso porque Roy no). Más explosiva todavía es la presencia del actor Nick, pulcro, con educación carísima y casi siempre sin trabajo, interpretado por John Hogg, y su futura exnovia, la aterradora Tania: esta última es una creación muy querida de Florence Odumosu, que parece estar disfrutando tanto como nosotros de su número de bocazas mandona y bruta.  Por último, tenemos a Steph, la reina del baile, venenosa y mordaz, en la piel de Christopher Lane: un mujeriego compulsivo (sin estándares) que se pone a todo el mundo en contra y aun así logra mantener su lugar como presencia necesaria en esta sombría menagerie de almas perdidas. Solo queda decir que Robert Draper les viste a todos de maravilla, Andy Hill ilumina el conjunto con una comprensión fluida, y su diseño de sonido hace maravillas para agarrarnos por el pescuezo y dejarnos caer en el mundo que aún existía justo antes de la digitalización de todo.  Incluso hay una explosión deliciosa para disfrutar, y si la conflagración no es del todo lo que podría ser, tampoco lo son las vidas de esos personajes, en cuya compañía, encantadoramente irreverente y lenguaraz, pasamos dos horas preciosas.  Ojalá pudiéramos vivir con ellos siempre.

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Fotos: PBG Studios

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