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RESEÑA: Doodle el musical, Teatro Waterloo East ✭✭
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Por
julianeaves
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Doodle The Musical Waterloo East Theatre
12 de enero de 2018
2 estrellas
Bueno, aquí tenemos otro musical más que se recrea en la nostalgia de la Segunda Guerra Mundial: uniformes, cancioncillas pegadizas, personajes planos y buenas dosis de escapismo. Si eso es lo tuyo, puede que lo disfrutes. La música, desde luego, a menudo resulta muy atractiva: Andy Street tiene buenas credenciales como compositor, y hay varios números que no dejarán de conquistar. La mayoría los canta la presencia más estelar del escenario, Sooz Henshaw (Kempner, si no me equivoco): «He's a dinosaur» es un temazo; de hecho, demasiado bueno, en realidad, para la letra que lo acompaña. Jonathan Kydd —a quien recuerdo con especial nitidez por el programa infantil de ITV de los años 70, «Rainbow»— es aquí el motor de esta extraña historia de travesuras en tiempos de guerra. No escribe tanto un guion como una colección dispar de sketches, que dan bandazos de forma salvaje e inesperada en tono y estilo, de un lado a otro, con la aparente única intención de rellenar el espacio entre el arranque y el final, muy al modo de una revista alocada. ¿O quizá no? Sus letras se deleitan en ese mismo espíritu improvisado y a la buena de Dios. Si tus expectativas técnicas no son demasiado altas, puede que te resulte bastante entrañable. Por otro lado, también puedes tomártelo al pie de la letra y creer que de verdad intenta contar una historia en forma de musical; en cuyo caso, es probable que juzgues la obra con bastante más severidad.
Para ello se ha reunido un reparto numeroso. Paul Ryan, Paul Croft, Reggie Oliver, Paul Storrier, Michael Sadler, Sebastian Kainth, Conor Cook y Luke Farrugia cumplen con creces asumiendo un sinfín de papeles distintos, pero ninguno llega a tener material mejor que Evan Boutsov, cuyo principal atractivo aquí parece ser su impresionante físico, exhibido una y otra vez con el torso al aire en todo su esplendor. Los números musicales suelen ir adornados por las formas contorsionadas de Kate Haughton y Viva Foster, con la swing Grace Keeble también presente, dentro de la ajetreada coreografía de Gianna Burright. Baska Wesolowska aporta una escenografía de buen aspecto: unos archivadores polivalentes aunque algo pesados y torpes de mover, además de una pantalla de cine; y hay algunos clips de vídeo bastante apresurados realizados por el propio Kydd. Todo resulta acogedor y bienintencionado, pero no puedes evitar preguntarte si de verdad pensaron que, al final, todo sumaría para convertirse en un musical como tal. Jonathan Moore firma la dirección y no intenta ahondar en la construcción de los personajes ni explorar ningún punto de vista.
El guion de Kydd, si algo es, es de «nivel de 2º de la ESO». Sus ideas —y sus chistes— son tan viejos como la propia Segunda Guerra Mundial. Así que, si estás dispuesto a aceptar los anacronismos, las miradas desfasadas y las actitudes rancias, quizá te arranque alguna que otra sonrisa. Sin embargo, es igual de probable que te encuentres encogiéndote de vergüenza ajena. No me queda del todo claro si eso es «irónico» a propósito, o no. Su objetivo parece haber sido crear una especie de híbrido entre Spamalot, la saga de películas de Carry On, Blackadder y The Producers. Es un enfoque de collage que, en realidad, no acaba cuajando en algo con identidad propia. Quizá a Kydd eso le dé igual. Esperemos que encuentre un público tan despreocupado como él.
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