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RESEÑA: The Hard Problem, Teatro Dorfman ✭✭

Publicado en

11 de febrero de 2015

Por

stephencollins

The Hard Problem

Teatro Dorfman

9 de febrero de 2015

2 estrellas

Tom Stoppard. Dos palabras que aceleran el pulso de expectación. Dos palabras que evocan un extenso catálogo de maravillas teatrales gloriosas, deslumbrantes, ingeniosas e inspiradoras —a menudo muy divertidas— desde Rosencrantz y Guildenstern han muerto, su primer gran éxito, hasta Rock'n'Roll, su último trabajo para el escenario, que se estrenó en el Royal Court en 2006 y luego saltó al West End y Broadway. Dos palabras que se unieron al anuncio del último gran gesto de Nicholas Hytner en el National Theatre, para prometer el acontecimiento teatral de 2015: otra deslumbrante exploración de ideas, otro examen de cuestiones científicas o filosóficas, otro texto a rebosar de alusiones literarias y personajes cálidos y reales.

Esa obra es The Hard Problem, ahora en cartel en el Teatro Dorfman, con la primera parte de la temporada prácticamente agotada. En el corazón de la pieza late esta pregunta: si en el universo no hay nada más que materia, ¿cómo se explica el concepto de la conciencia? Al explorar cuestiones de mente y cuerpo (¿son lo mismo o van por separado?), altruismo y egoísmo, la existencia de Dios, el concepto de lo «bueno», cómo operan los hedge funds (sí, en serio) y el poder de la coincidencia, la obra de Stoppard sigue las tribulaciones de Hilary, investigadora en psicología. Aunque esto suena a lo habitual en Tom Stoppard, The Hard Problem es única en un aspecto notable.

Es insoportablemente aburrida.

El verdadero «hard problem» de esta producción de The Hard Problem es este: ¿quién tiene mayor culpa creativa, el autor o el director?

Decir que la producción decepciona es elogiarla. En parte, porque está en el teatro equivocado. El Dorfman es un espacio de gran intimidad y, aunque esto es, en esencia, la historia de las luchas personales de una mujer —en lo privado y en lo profesional—, las ideas que la sostienen no son íntimas: son universales, por tema y por alcance. Así que utilizar el espacio del Dorfman parece un truco; un intento de crear interés en la situación y el personaje mediante un espacio escénico más reducido. Un intento que fracasa.

Y tiene otra consecuencia. La obra transcurre en varios lugares bien diferenciados. Aunque el diseño de Bob Crowley encuentra la manera de dar cabida a todos, solo puede hacerlo a base de cambios de escena trabajosos y aparentemente interminables, acompañados de ráfagas de música clásica. Un escenario mayor quizá habría permitido transiciones instantáneas a entornos más detallados y habría evitado los interludios bruscos que aquí son necesarios solo para que el equipo pueda retirar y recolocar el mobiliario.

La pieza central del diseño de Crowley es una escultura de luz fluorescente suspendida del techo, con una forma aproximada de cerebro humano, que se ilumina de distintas maneras y en distintos colores, a veces colores que cambian. Impresiona mucho y sirve de recordatorio constante de uno de los temas de la obra: la idea de las relaciones entre mente y cerebro y entre mente y cuerpo; en ambos casos, «¿son lo mismo?».

Así que el texto es complejo y denso, repleto de ideas; y la mecánica de la puesta en escena no ayuda especialmente a que el público conecte con el texto. Por lo tanto, para que la producción despegue, el reparto tendría que ser excepcional.

Por desgracia, no lo es.

La mejor interpretación es la de Damien Molony como Spike, el snob intelectual que no tiene tiempo para ninguna idea que no encaje con su forma de pensar y que es el amante ocasional del personaje central, Hilary. El verdadero nombre de Spike es Spencer, y el hecho de que se haga llamar Spike es muy revelador. Se cree un donjuán (vamos, cree que cualquier mujer estaría encantada de acostarse con él, incluso una lesbiana en una relación feliz) y aparece en varias fases de improbable semidesnudez. Molony está excelente como chico malo, y además captura a la perfección el lado cínico de un académico/pensador que desprecia a quienes no comparten su opinión, pero con quienes no le importa acostarse. Encama la noción de egoísmo.

El siempre fiable Anthony Calf despacha con facilidad al fabulosamente rico Jerry, cuya mente funciona a cien por hora y que se guarda todas las opciones abiertas respecto a cualquier teoría filosófica o noción de ciencia del comportamiento que decida considerar. Su interés procede del efecto que la ciencia tiene en sus planes de ganar dinero con hedge funds, y Calf sobresale al mostrar la mentalidad casi monotemática de Jerry: hacer dinero. Deja ver destellos de altruismo, pero en esencia es otro egoísta supremo.

Hay un tercer egoísta comprometido: el arrogante Amal, cuyo sentimiento de superioridad es de proporciones casi del Gran Cañón, hasta que Jerry lo pone, efectivamente, en el rincón de pensar durante dos años. Parth Thakerar da vida a Amal con brío. Al comienzo de la obra comparte ideas y una visión del mundo que refleja la de Spike, pero tras pasar tiempo en el rincón de pensar de Jerry quizá esté replanteándose sus convicciones, como indica este parlamento:

No opero. No hago presentaciones. Trabajo en los modelos informáticos que se supone que gestionan el riesgo. Mientras el mercado se corrija a sí mismo, los modelos parecen funcionar. En teoría, el mercado es una corriente de actos racionales de personas movidas por su propio interés; así que el riesgo debería poder calcularse, y los modelos pueden demostrarse matemáticamente que se estrellan más o menos una vez en la vida del universo. Pero de vez en cuando, el comportamiento del mercado se vuelve irracional, como si se hubiera vuelto loco, o se hubiera enamorado. No cuadra. Solo los ordenadores cuadran. Así que estoy pensando en eso.”

Teniendo en cuenta que, cuando empieza la obra, Amal cree que los ordenadores pueden hacer cualquier cosa —y más— que un cerebro, esto supone un cambio de postura considerable. Thakerar muestra el viaje de Amal desde una perspectiva académica rígidamente segura, pasando por la humillación personal, hasta convertirse en un pensador flexible y adaptable. De los tres egoístas centrales, Amal, de forma bastante increíble, acaba siendo el más cálido. Es mérito de Thakerar que consiga que funcione.

Hay una serie de otros papeles con distintos grados de importancia: el jefe de departamento de Jonathan Coy, Leo, un viejo verde, que no acepta la visión de la ciencia de Spike/Amal; Bo, interpretada por Vera Chok, tan desesperada por agradar que hará cosas malas, cuyo papel en la trama es totalmente inverosímil; y la improbable pareja lésbica formada por Julia (Rosie Hilal) y Ursula (Lucy Robinson). Uno sospecha que estos personajes están ahí como algo más que puntos de apoyo de la trama; parecen existir como personas con las que el público puede identificarse y por las que puede preocuparse o con las que puede relacionarse. Pero la interpretación no logra ese efecto.

En realidad, ninguno de estos personajes resulta lo bastante simpático como para que a uno le importe lo que les ocurra. Algunos tienen líneas argumentales ridículas/obvias que, en el mejor de los casos, son trilladas y, en el peor, risibles. Lo peor de todo es que la forma en que estos personajes interactúan con Hilary la empequeñece como personaje. Ella es la representación del altruismo: necesita toda la ayuda posible para navegar en el estanque de tiburones científicos en el que nada. Pero, tal y como se desarrolla la trama, no recibe ninguna; más bien, queda como esencialmente defectuosa por, al menos, culpa de Leo, Jerry y Bo

La obra no puede funcionar sin que el personaje de Hilary sea el resultado de una interpretación trascendente. Se le exige mucho a la actriz que interpreta a Hilary —diálogo difícil, situaciones difíciles y emociones difíciles— y tiene que sortear giros de trama inverosímiles y un abismo de sentimentalismo predecible cuando todas las piezas encajan (algo que, salvo que uno esté dormido, ocurre muy pronto en la función). Interpretar a Hilary en The Hard Problem es una tarea monumental.

Olivia Vinall lo consigue, pero por los pelos. Hilary pide una fuerza interior, una incandescencia de espíritu y una destreza vocal de la que Vinall carece. No es una Emma Fielding o una Carey Mulligan —por mencionar solo a dos actrices que en su día podrían haber hecho plena justicia a este papel—. Vinall trabaja duro y no se puede reprochar su entrega a la tarea, pero no está a la altura del enorme reto que plantea Stoppard y, en modo alguno, recibe ayuda de la puesta en escena de Hytner ni del resto del reparto.

Al final, sin embargo, la mayor parte de la responsabilidad recae en Stoppard. The Hard Problem simplemente no cuaja lo suficiente como pieza teatral. No hay trama ni personajes suficientes, ni el calor humano necesario, como para que valga la pena ver este partido de tenis de principios, teorías y rompecabezas científicos. A diferencia de Arcadia, no hay sorpresas, no hay personajes seductores, no hay interacciones personales intrigantes. En su lugar, The Hard Problem está poblada de gente desagradable y poco simpática que suelta jerga científica complicada en medio de un mar de banalidad sentimental y previsible. Hay un puñado de buenos chistes, pero un puñado no basta. Las notas detalladas del programa ofrecían más interés dramático que unos 100 minutos de escenario. Al terminar la obra, uno se sentía como la mujer del panadero tras su encuentro con el príncipe de Cenicienta en el segundo acto de Into the Woods: por citarla, «¿Eso es todo?»

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