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RESEÑA: Las aventuras subterráneas de Alicia, The Vaults ✭✭✭✭✭
Publicado en
Por
julianeaves
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Phillippa Hogg como Alicia Alice's Adventures Underground
The Vaults, Waterloo
Martes, 25 de abril de 2017
5 estrellas
Si no ves nada más este año, ¡ve esto! Es un viaje alucinógeno a través de un laberinto de espacios brillantemente recreados, que evoca escenas y aventuras de las eternamente fascinantes historias de Alicia de Lewis Carroll, y es una de las experiencias más deliciosas que he tenido en mucho tiempo. No te pide que mires atrás con nostalgia a tu juventud, sino que la despierta de nuevo y te la devuelve, a patadas y gritando, servida en bandeja con toda su inocente indomabilidad y su amor confiado. De vuelta para una larga temporada (hasta el 23 de septiembre) en el centro artístico de Waterloo bajo las vías, y reescrita con audacia desde su primera presentación en 2015, la función no se parece a nada que haya visto. El equipo de Oliver Lansley (autor, director y productor), James Seager (director y productor) y Emma Brunjes (productora) —y un enorme ejército de creativos, técnicos y asesores— ha perfeccionado el espectáculo hasta convertirlo en la experiencia inmersiva más extraordinariamente lograda de Les Enfants Terribles; casi todos los túneles laberínticos de The Vaults se han puesto al servicio para albergar los pasillos, habitaciones, salones, jardines y tribunales de la fantasmagoría —casi opiácea— de la imaginación humana que ideó Lewis Carroll. El resultado es sensacional.
Alex Gilbert (Reina de Corazones) y Sam Hoye (Rey)
A la altura de un espacio tan vasto, un reparto enorme de 39 intérpretes, además de diverso personal de apoyo, compone un elenco en constante rotación de equipos con los personajes clave de esta historia picaresca, que guía a grupos de entre treinta y una docena larga de espectadores cada vez por un itinerario elegido al azar. Estas “visitas” arrancan en The Vaults aproximadamente cada 45 minutos, y la función dura 90: por tanto, hay mucha variación en lo que vive cada grupo. Además, el formato del “espectáculo” incluye múltiples puntos de fragmentación que fomentan desviarse del impulso convencional del relato. A mí me encaja perfectamente: cuando leía de niño los libros ("Alice In Wonderland" y "Alice Through The Looking-Glass"), nunca tuve paciencia para hacer lo que el libro me decía: “Empieza por el principio, sigue hasta llegar al final y entonces para”. ¡Ni hablar! ¡De ninguna manera podía leer así! Sabía perfectamente que las aventuras eran más sueño que realidad, y a los sueños uno se abandona al dormir. Ya en el territorio de los sueños, sabía que cada instante es intenso, exquisitamente vívido y —casi— “real”, antes de transformarse con total plausibilidad y naturalidad en algo que no se le parece en absoluto. Y eso, resulta, es precisamente el enfoque que se adopta aquí.
Alex Gilbert (Reina de Corazones) y Sam Hoye (Rey)
Aunque se conserva la forma general del relato, enmarcada por la caída por la madriguera al inicio y el Juicio (con un giro sorprendente) al final, entre esos dos puntos se sirve a cada grupo —y a cada subgrupo dentro de cada grupo— cualquier número de combinaciones distintas de escenas.
“Alicia” es una historia aparentemente muy sencilla que, sin embargo, es muy fácil estropear al adaptarla. Una larguísima lista de artistas extremadamente inteligentes y creativos, uno tras otro, ha intentado, al trasladar sus vicisitudes a otro formato, recrear la magia especial de los libros. Y, aun así, una y otra vez, esa magia esquiva logra, de algún modo, escabullirse entre los dedos de quienes la interpretan. Sería comprensible tener dudas sobre la viabilidad de este concepto, al situar la historia en las bóvedas de ladrillo, de aire sucio y urbano, que sostienen una de las estaciones ferroviarias más concurridas del mundo, por no hablar de Londres: de no ser por el emocionante debut que el espectáculo hizo en 2015.
Richard Booth (Rana)
Las expectativas aquí no solo se cumplen: ¡se superan con creces! Esto resulta ser, sencillamente, la mejor experiencia posible. Es una apuesta magnífica que sale redonda: una especie de sueño enorme, errante y anárquico de las novelas que —por medios asombrosos— devuelve la infancia a los visitantes adultos. ¿Pero cómo? Creo que porque nosotros, el público, quedamos situados en el centro de la historia: al principio, Alicia nos habla, pero de forma desencarnada. Siguiendo la guía de algunos de los otros personajes —en especial el Conejo Blanco y los Naipes— nos vemos obligados a asumir su viaje, recorriendo los caminos azarosos que ella misma va abriendo a través del País de las Maravillas y del otro lado del espejo. La historia se apodera de nosotros, primero físicamente, al hacernos “Comer” o “Beber” esto o aquello, y por último ocupando nuestra mente e imaginación, permitiéndonos adoptar espontáneamente el papel de la protagonista en esta recreación deslumbrante. En otras palabras, el reparto brillante y una producción apabullante (que se asemeja más a una sucesión de decorados cinematográficos que a nada que uno espere encontrar en un escenario) nos trasladan no solo a lugares desconocidos, extraños y desafiantes, poblados por criaturas y personajes raros y fantásticos, sino hasta lo más hondo de los recovecos ocultos de nuestra propia psique, donde nos encontramos —como le ocurre a Alicia— no solo con los seres ajenos y peculiares de esos mundos de ficción, sino con una construcción aún más extraña: nosotros mismos.
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