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RESEÑA: Stand And Deliver, Teatro King's Head ✭
Publicado en
Por
editorial
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Stand and Deliver
King's Head Theatre
15 de febrero de 2015
1 estrella
Stand and Deliver es una pieza teatral curiosa, actualmente en cartel en el King’s Head de Angel. Hay momentos muy divertidos que recuerdan al humor de Carry On, algunos chistes futboleros que muchos aficionados de todo el país disfrutarán, y un toque de nostalgia ochentera en forma de magníficos números que fueron éxito en las listas, pero, en última instancia, como obra de teatro, no termina de cuajar en su forma actual.
A nivel estructural, la pieza parece querer ser varias obras a la vez: por un lado quiere tratar el fútbol y los fanzines y, por otro, introduce en su segunda mitad un giro disparatado de viajes en el tiempo al siglo XVIII. Más allá de que los personajes se crucen entre esas dos historias que parecen casi independientes, el tercer elemento —igual de surrealista— son las canciones de los años 80 interpretadas por el elenco a lo largo de la función.
Parte del canto está muy bien, en especial el de Adam Scott Pringle y Laura Coutts; sin embargo, aparte del homenaje a los 80 y la conexión con el club de fútbol, las justificaciones narrativas de este musical tipo jukebox se vuelven confusas en la segunda mitad, cuando nuestro protagonista, Frank Goldenboy —interpretado por Alex Murphy— se lanza a hacer de salteador de caminos de principios del siglo XVIII.
Ni siquiera este giro tan extraño acaba de funcionar, porque, sí, hay una visión heroica un tanto peculiar de esos bandidos que asaltaban a los viajeros, pero como el dramaturgo Wayne Gumble intenta abarcar demasiado, no llegamos a conocer lo suficiente a Frank como para entender por qué fantasea con atracar diligencias en la campiña inglesa.
Del mismo modo, hay dos personajes narradores, interpretados por Sara Lynam y Joey Bartram, que son divertidísimos y están ejecutados con enorme precisión, pero da la sensación de que casi pertenecen a otra obra.
Aquí hay la semilla de un gran espectáculo. Hay gags concretos que funcionan excepcionalmente bien. La segunda mitad es notablemente más sólida que la primera: avanza con más ritmo y, además, contiene una trama con un auténtico impulso hacia delante, lo que la hace mucho más asentada y, por tanto, más accesible y bastante disfrutable.
Con un libreto más ajustado, estos mundos dispares del fútbol, la historia inglesa y la música de los 80 podrían encajar perfectamente.
Al público le gusta saber qué va a ver cuando se sienta en la butaca; y teniendo en cuenta que el recurso del viaje en el tiempo no aparece hasta justo antes de que vayamos a por la bebida del descanso, este espectáculo se pasa media función en una autopista sin mapa, sin GPS y ni siquiera señales. A diferencia de Frank, la obra no intenta robarte activamente algo tan valioso como tu tiempo: simplemente está igual de perdida.
Crítica de James Garden
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