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RESEÑA: Blondel, Union Theatre ✭✭✭✭
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Por
julianeaves
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Connor Arnold interpreta a Blondel. Foto: Scott Rylander Blondel
Union Theatre
23 de junio de 2017
4 estrellas
A todos los que se adentren en el camino del trovador errante les espera una experiencia de comedia musical absolutamente encantadora y muy divertida, gracias a la bien engrasada labor del Union Theatre, que presenta una renovada reposición de la reescritura de 2006. Sasha Regan, directora artística, firma su primera producción en la nueva sede y maneja con soltura el espacio, la historia y la partitura, en estrecha colaboración con su habitual aliado coreográfico, Chris Whittaker, responsable de un movimiento escénico ágil y preciso. Con los característicos diseños “ajados” de la casa de Ryan Dawson Laight, que visten una Europa como con el corazón y las entrañas arrancados (¡qué simbólico!), la acción recibe una iluminación experta del veterano del sector Iain Dennis, y cuenta con arreglos acústicos y dirección musical del solvente Simon Holt. El montaje es ligero de pies y parco en sentimentalismos, ofreciendo un toque cómico liviano a montones y montones y montones de números musicales. Como espectáculo para sentirse bien al inicio del verano, ¡da en el clavo!
Neil Moors como Ricardo Corazón de León y la compañía de Blondel. Foto: Scott Rylander La primera parte cuenta cómo el trovador del siglo XII que da título a la obra (un atractivo debut de Connor Arnold, recién llegado, aunque aquí sorprendentemente justo de voz y dramáticamente contenido: le he visto causar un impacto mucho mayor en otros trabajos) es “descubierto” y después ascendido al puesto de máximo rango en la corte de Ricardo Corazón de León (con su adicción a las cruzadas, convertido aquí en una mezcla de hipster e Iron Man por el heroico Neil Moors, una presencia magnífica, bien conocido por los montajes “de reparto masculino” de Gilbert y Sullivan que han sido una especialidad reciente del Union). Las mujeres que mantienen a nuestro héroe en pie son su madre (una ágil Katie Meller) y su novia feminista y empoderada, Fiona (la pulida Jessie May, que deja siempre clarísimo que es él quien realmente la necesita a ella, y no al revés: una interesante rareza en el mundo del teatro musical). Blondel, como tantos otros músicos, solo se interesa por su música, y solo quiere el puesto principal por su obsesiva confianza en sí mismo como artista. Eso impulsa su épico viaje por el continente en la segunda parte, siguiendo la pista de un Ricardo desaparecido, cuya vanidad y mal genio le han llevado a la cárcel a manos de una de las muchas, muchísimas figuras camp del espectáculo: el Duque de Austria (Jay Worthy, que también ofrece un buen trabajo como contrapunto cómico en el primer acto, Saladino).
Connor Arnold como Blondel y Michael Burgen como el Asesino en Blondel. Foto: Scott Rylander
Quien pone trabas a sus ambiciones, sin embargo, es el principal antagonista de comedia de ópera de la obra, el “Asesino” (una creación cómica verdaderamente brillante de Michael Burgen, cuyas peripecias por sí solas valen el precio de la entrada), y también el Príncipe Juan, un clon de Alan Cumming en lo visual y de Freddie Mercury en lo sonoro (una deliciosa encarnación de James Thackeray), que se luce con un impresionante número “apaga-focos” en el segundo acto: ‘I Just Can’t Wait To Be King’. Estos dos sugieren con fuerza que el espectáculo podría asentarse aún mejor sobre el escenario si se soltara un poco más, si se permitiera disfrutar más de las risas. Mientras tanto, el título de ESE número quizá insinúe que la obra comercia —y sin pudor— con la imitación de otros títulos; en parte lo hace, pero conviene recordar que se escribió una década antes de ‘El rey león’, y es tan capaz de fijar sólidos tópicos del teatro musical como de probarse los ajenos; puede que este sea un caso en el que otras personas se “inspiraron” en ella.
Los monjes de Blondel: David Fearn, Ryan Hall, Oliver Marshall, Calum Melville. Foto: Scott Rylander
Aun así, una parte considerable del encanto de la paleta musical de Stephen Oliver —y de la posterior elaboración de Mathew Pritchard— reside en cómo utiliza con inteligencia y humor sonidos de todo el mapa musical: desde el cuarteto de canto llano al estilo de The King’s Singers de los monjes (David Fearn, Ryan Hall, Oliver Marshall y Calum Neville) hasta un toque de estilos pop de los 80. La música de Oliver rara vez pretende tener la capacidad de desprenderse de su contexto teatral, mientras que ‘Aim For The Heart’ de Pritchard se gana, con razón, el derecho a ser la música de salida del montaje: sin duda es una melodía que se te queda. En conjunto, es un material escrito con mucho encanto y, aunque quizá no vaya mucho más allá de una caracterización de tebeo en dos dimensiones, ofrece una experiencia muy agradable.
Igualmente espléndidas son las letras, a menudo extraordinariamente ingeniosas y elegantes, de Tim Rice, capaz de levantar cejas aquí con efectos inesperadamente delicados que humanizan incluso los momentos más desmadrados de picardía. El libreto, originalmente de Rice y Tom Williams, ha vuelto a revisarse una vez más, y aunque quizá todavía no resuelva del todo todos los problemas técnicos que se plantea, sí nos muestra una nueva visión del mundo post-‘Pippin’ y pre-‘Spamalot’, donde la Edad Media puede explotarse con energía para canciones, bailes y sketches divertidos. El coproductor Donald Rice (hijo del letrista y co-libretista) está encantado con el trabajo realizado sobre la obra en Old Union Arches, y quién sabe si el espectáculo encuentra ahora una nueva vida para llevarlo aún más lejos.
Hasta el 15 de julio de 2017
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