NOTICIAS
Confesiones de una actriz (en apuros) Parte 1
Publicado en
Por
editorial
Share
¡Alzamos el telón / ¿Quién soy?
Lo veo venir a kilómetros… «¿A qué te dedicas?»
«Soy... actriz.»
No sé por qué, pero siempre he detestado admitir ante desconocidos que soy actriz. Probablemente porque, la mayor parte del tiempo, en realidad no estoy actuando. Supongo que decir que eres actriz sin ese trabajo de interpretación imprescindible, a personas que no entienden los altibajos de la profesión, les provoca una confusión moderada. Por no hablar de una vergüenza considerable por mi parte. Cenas en casa de mis padres, bodas familiares; en fin, cualquier evento social fuera del mundillo, da pie a un agotador aluvión de preguntas sobre mi profesión, aparentemente de otro planeta. Me descubro respondiendo siempre a lo mismo, fingiendo el mismo entusiasmo por el camino que elegí y simulando el mismo asombro ante la gloria de actuar. Y, sin embargo, las preguntas que me hago yo son muy distintas de las que rondan la cabeza de los demás. Ellos quizá quieran saber si tengo amigos famosos o si he salido en Casualty, pero las mías suelen consistir en al menos una, o más probablemente una combinación, de las siguientes:
* ¿Cómo demonios he acabado sin tener el control de mi propio destino?
* ¿Cómo he acabado ganando un sueldo diario… pero, la mayor parte del tiempo, en una profesión distinta de aquella para la que me formé?
* ¿Cómo he acabado haciendo cien trabajos a tiempo parcial diferentes que no me aportan ninguna satisfacción?
* ¿Cuándo tomé la decisión de complicarme la vida al máximo?
* ¿Cuándo elegí la montaña rusa y no el tiovivo?
* ¿Cómo he acabado aquí, sentada en mi escritorio, intentando archivar mi día en un cajón a rebosar de audiciones de mierda?
* Una pregunta sencilla que resume todas las demás: ¿cómo he acabado aquí?
Siempre he intentado ser de las que consiguen cosas. Siempre he intentado llegar a lo más alto, he tensado la cuerda para alcanzar esa cima y me he puesto demasiada presión para lograrlo. Pero, en pleno torbellino de mi vida universitaria, nunca imaginé que acabaría en una carrera plagada de lucha, decepción o frustración. Nunca, porque no lo sabes hasta que llegas, llamando con ilusión a esa puerta detrás de la cual están todas tus ambiciones. Nadie te dice que la puerta no solo es difícil de abrir, sino que, una vez dentro, la sala del otro lado no solo está abarrotada. Literalmente rebosa de competidores.
En esta profesión infinitamente agotadora, mientras me someto a audiciones interminables, hay preguntas y evaluaciones que no se acaban nunca.
* ¿Qué tal lo he hecho?
* ¿Me llamarán para una segunda prueba?
* ¿Conseguiré el papel?
* ¿Qué habrán pensado?
* ¿He sido lo bastante buena?
* ¿Debería haber elegido otra canción?
Entre todas esas preguntas, una destaca:
* ¿Por qué siento que la única forma de conseguir de verdad lo que quiero en este oficio es colarme por la salida de incendios que alguien dejó abierta por error? Es decir, ¿por qué no me siento merecedora de entrar por las grandes puertas principales del éxito?
¿Quién soy?
Puede que me hayas cruzado con 22, al graduarme en la escuela de arte dramático, llena de esperanza y expectación, entusiasmada por las posibilidades de mi futuro. Con 23, podrías haberme visto jadeando por aire fresco al salir de Pineapple Dance Studios, preguntándome por qué mi técnica no mejoraba nada después de semanas y semanas de clases. A la venerable edad de 24, quizá pasaste a mi lado camino de una audición, con mi carpeta, agua y una bolsa llena de nervios.
Puede incluso que hablaras conmigo a los 25, si estabas comprando entradas de teatro. Pasaba más tiempo en mi trabajo a tiempo parcial que actuando, y me preguntaba si alguna vez volvería a oler el dulce aroma del éxito. Y con 26, si me lo hubieras preguntado, podría haberte hablado de la batalla interminable entre la cabeza y el corazón, mientras me preguntaba cuál debería ser mi siguiente paso en este mundo.
Me metí en la interpretación bastante tarde. Ballet con tres años, jazz con cinco, clases de canto con siete, concursos con ocho, premios con diez... Esa no era yo. Tenía catorce cuando me picó el gusanillo, después de ganar un papel en la producción escolar de The Little Matchgirl. Solo hice la audición porque mi amiga Lucie no quería ir sola. Me levanté y canté junto con los demás aspirantes y no le di mucha importancia... hasta que mi nombre apareció en el tablón de anuncios del colegio para una segunda prueba. Entonces me aprendí el texto como si me fuera la vida en ello y, cuando conseguí un papel, lo di todo de verdad. La mañana después de la primera función, todavía en una nube por la noche anterior, me deslicé por el pasillo del colegio cuando la señorita Barker salió de la sala de profesores. Me detuvo y me dijo: «Enhorabuena por anoche, Jo. ¿Sabes?, tienes una presencia escénica de verdad. Muy bien». Menudo cumplido. La señorita Barker era la jefa del Departamento de Música y una de las profesoras más veteranas y respetadas del centro. Mi vida ya no volvió a ser la misma. De repente, quise llevar siempre conmigo esa sensación. La sensación de reconocimiento, de logro y de plenitud.
Ojalá la señorita Barker supiera el impacto que esa frase ha tenido en mi vida.
No sé qué estoy haciendo con mi vida. Solo sé que me encanta actuar. Y se me da bien. Sé que tengo que tener paciencia, pero ¿por qué no me está pasando a mí? - Amy «¿En qué estás ahora mismo?» Respuesta real:
Ahora mismo no tengo contrato, pero tengo varias cosas en marcha. Estoy trabajando en un concierto y he llegado a la final para un trabajo importante, así que crucemos los dedos. Debería saberlo la semana que viene.
Respuesta sincera:
Nada. No he tenido una audición en semanas. Mi vida está en pausa. Mi carrera está paralizada.
COMPRA UN EJEMPLAR DE CONFESSIONS OF A (STRUGGLING) ACTRESS A TRAVÉS DE AMAZON.CO.UK
Recibe lo mejor del teatro británico directamente en tu bandeja de entrada
Sé el primero en conseguir las mejores entradas, ofertas exclusivas y las últimas noticias del West End.
Puedes darte de baja en cualquier momento. Política de privacidad