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RESEÑA: Un Cuento de Navidad, Teatro Lyceum ✭✭✭✭✭
Publicado en
Por
julianeaves
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Canción de Navidad
London Musical Theatre Orchestra
11 de diciembre de 2017
5 estrellas
Volver a ver este espectáculo musical —desbordante, grandioso y majestuoso— en el que antaño fuera el espléndido entorno del opulento y espacioso interior rococó de Bertie Crewe (tras la orgullosa fachada neoclásica de Beazley), con todos los efectivos del LMTO reunidos sobre el escenario —incluido un coro y una alineación de solistas magníficos, todos de etiqueta—, flanqueados por un par de relucientes árboles de Navidad y bajo los inconfundibles estandartes rojos de esta orquesta especializada, hace fácil pensar que, dentro de esta historia melodramática y sentimental de vicio y redención, hay bastante más de gran ópera francesa decimonónica que de los accesorios y preocupaciones habituales del showbiz de Broadway. Al escuchar la deslumbrante partitura de Alan Menken, a la que las preciosas orquestaciones de Michael Starobin dan una vida lujosa y vívida, es fácil imaginarse de vuelta en el mundo de Meyerbeer, Gounod y Berlioz, donde las enormes luchas morales entre el Bien y el Mal se dirimen al son de poderosas ráfagas de color de una orquesta sinfónica, y unas voces impetuosas nos desgarran el corazón con melodías hábiles y a la vez sencillas, contando una historia en la que nuestras simpatías nunca van a confundirse: es el caso, claro y cerrado, del avaro que halla la salvación al redescubrir la magia de la Navidad.
Escrita para lucir en el gigantesco espacio del Madison Square Garden —donde se representó 20 veces por semana durante la temporada festiva, diez años seguidos—, el autor Mike Ockrent ha recortado la mayor parte de los largos pasajes narrativos, sustituyéndolos por escenas más tensas en las que aparecen personajes secundarios a menudo en gran medida inventados, que dramatizan —en lugar de limitarse a contar— el camino de los delitos y la expiación de Scrooge. Lynn Ahrens aporta unas letras que encajan perfectamente con esa intención, al tiempo que permite que las figuras alcancen una mayor complejidad estética, aunque no necesariamente una verdadera profundidad. Su cometido aquí es contar una historia sencilla con un mensaje ético claramente articulado: la persecución obsesiva del dinero no compra la felicidad. Es una máxima que nos gusta oír repetir en estas fechas, aunque lo que sucede el resto del año suela poner en duda su fiabilidad. ¿Y quién mejor para encarnar al personaje central de esta esperanzadora parábola escénica que el muy querido Robert Lindsay, cuya irascibilidad de madurez y su complicidad —a lo Ron Moody— al manejar a un público enorme resultan perfectas para Scrooge y para los placeres principales de esta salida.
El LMTO ha sido inteligente al situar sus funciones en concierto de esta reimaginación de la célebre fábula moral de Dickens en un marco que hace que los personajes no solo parezcan más grandes que la vida, sino también más vivos e intensamente humanos por el contraste tan marcado con la atmósfera decadente de un teatro que empieza a parecer que debería estar acogiendo "Follies" justo antes de su demolición. Glenn Carter nos ofrece un Jacob Marley bastante amable, y Sophie-Louise Dann —rotunda y descarada, con lentejuelas azul real brillantes— se lleva la palma con sus interpretaciones de la señora Fezziwig y de la ama de llaves inventada de Scrooge, la señora Mops. Lucie Jones, en cambio, es el contrapunto perfecto en sus tres papeles: Emily, el Fantasma de las Navidades Futuras y una vieja bruja ciega. Michael Xavier compone un Bob Cratchit entrañable pero no empalagoso, con Rebecca Lock como su esposa de voluntad férrea. Tobias Ungleson es un Tiny Tim de pulmones de clarín: ¡nada de inválido desvalido! Y Hugh Maynard está cálido y lleno de vida como el Fantasma de las Navidades Presentes. Recae en Gemma Sutton arrastrar al antihéroe cotidiano hacia la Navidad Pasada, donde Aaron Gelkoff captura su inocencia perdida e Ivy Pratt la dulzura de su hermana Fan. Cameron Potts hace un Joven Scrooge de aire de ídolo de matiné, y Sylvie Erskine, una encantadora Grace Smythe. Nicolas Colicos completa el elenco sobre el escenario con su triple cometido: Fezziwig, el alguacil y el Viejo Joe. El coro, de dieciséis integrantes, tiene mucho que hacer y lo hace a toda máquina.
Sin embargo, esta es, muy claramente, la noche del MD Freddie Tapner. Su alegría al darnos la bienvenida a este mundo —en una intervención que quizá sea la más breve que le he escuchado— se recibe con calidez, pero apenas nos prepara para su capacidad de fundirse en el tejido de su inventiva, con esta banda increíble, y de integrarse con ella para crear una música absolutamente espléndida. Qué placer volver a oírla. ¿Y cuánto faltará para que esta compañía pise el escenario del Albert Hall en los Proms? No mucho, me parece. Sobre todo cuando Shaun Kerrison está ahí para mover a todo el mundo con una destreza tan discreta y eficaz, Mike Robertson inunda el teatro con una iluminación tan dramática, y Nick Lidster (para Autograph) mezcla y proyecta el sonido con tal perfección. Otra jugada maestra de los productores ejecutivos Clive Chenery y Joanne Benjamin.
No os los perdáis una última vez en esta producción el lunes 18 de diciembre: el calentamiento perfecto para lo auténtico la semana siguiente.
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