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RESEÑA: Siendo Shakespeare, Teatro Harold Pinter ✭✭✭✭
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editorial
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Simon Callow en Being Shakespeare. El decorado de Being Shakespeare, la exploración unipersonal de Simon Callow sobre la vida de nuestro dramaturgo más venerado, parece muy sencillo a primera vista: una pequeña tarima de madera elevada salpicada de objetos —una espada, un globo terráqueo, una corona de papel, montones de libros y un tiovivo en miniatura adornado con duendecillos. A la derecha, hay cuatro sillas de madera apiladas.
Es en este espacio desnudo donde Callow entra con calma y comienza a hablar. Al principio parece limitarse a exponernos los hechos de la vida de Shakespeare, pero enseguida se transforma cuando empieza a interpretar. Callow encarna a reyes, madres, muchachos, amantes adolescentes, romanos, amigos y compatriotas; pasando de uno a otro sin esfuerzo y, con los cambios más mínimos, dando vida a cada personaje. Es una interpretación virtuosa.
Being Shakespeare es, sin embargo, más que una recopilación de sus grandes éxitos. Callow y el autor de la obra, Johnathan Bate, nos conducen por las siete edades de un solo hombre y subrayan cómo los detalles biográficos de su vida informan, reflejan y se representan en sus obras. Es una refutación sólida y fascinante para quienes sostienen que el hijo de un guantero de provincias no pudo haber escrito estas gloriosas piezas. Son un patchwork, un mosaico confeccionado con las múltiples y variadas influencias y experiencias de la existencia de Shakespeare. De hecho, Callow y Bate sostienen un argumento plenamente convincente: que este muchacho de campo en particular es el único hombre que podría haberlas escrito. La historia vital de Shakespeare es, como la de cualquiera de nosotros, completamente única. Y eso es lo que hace que su obra sea tan excepcional.
El decorado, concebido por el director Tom Cairns, revela sus profundidades ocultas a medida que Callow continúa: entre la penumbra emergen tres árboles a tamaño real, del suelo estallan llamaradas, el agua se refleja desde una trampilla abierta. La iluminación de Bruno Poet transforma el espacio, proyectando sombras majestuosas sobre las paredes o resplandeciendo desde una ventana como si Julieta fuera de verdad el sol. Esto, combinado con el diseño de sonido de Ben y Max Ringham, acompaña de forma magnífica nuestro tránsito de un lugar a otro, de una persona a otra, de una obra a otra; pero uno siente que Callow, como el propio Shakespeare, en realidad solo necesita el verso.
De hecho, Callow parece sentirse menos cómodo y menos fluido cuando no está recitando. De vez en cuando tropieza con las palabras, pierde por un instante el hilo, pero no tiene por qué restar. Te recuerda que se trata de una función en directo y que es un solo hombre quien te mantiene cautivado con este catálogo de personajes.
Esta producción es un auténtico festín: uno de nuestros actores más ilustres interpretando la obra de nuestro mayor dramaturgo. Si en ocasiones Callow podría haber seguido el consejo de Hamlet y hablar con más soltura, es un fallo fácil de pasar por alto entre tanta riqueza como la que él —y el hijo del guantero— nos brinda.
En cartel hasta el 15 de marzo de 2014 Más información
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