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RESEÑA: Cenicienta y el Frijol Gigante, Teatro 503 ✭✭✭✭

Publicado en

Por

stephencollins

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Cenicienta y la judía mágica

Theatre 503

5 de diciembre de 2014

La pantomima es una alegría muy particular de temporada. A su manera, la pantomima es para Inglaterra lo que Acción de Gracias es ahora para Estados Unidos: una celebración inmersiva, exagerada y sobrecargada, que se vive con la familia o con amigos (o con ambos), pero que tiene en su núcleo calidez, humor y el placer de compartir risas y recuerdos comunes. Ambas pueden incluir pavos.

A medida que comienza la cuenta atrás para Navidad, en todo el Reino Unido los teatros ponen en cartel su pantomima. La mayoría cuentan con alguna estrella, quizá más de una, una historia familiar pero con algún giro, música original (por lo general olvidable) y decorados y vestuarios chillones. Sin falta habrá un cómico con vestido, un mozo apuesto en mallas o satén (o ambas cosas), un villano al que te encanta odiar y una chica guapa —o veinte—. Las mejores tienen textos bien ajustados que conquistan tanto al niño boquiabierto como al padre/madre curtido, salpicados generosamente de dobles o triples sentidos, con la tradicional participación del público (ese viejo “¡Está detrás de ti!”) y grandes intérpretes cómicos que entienden el género.

Porque nada mata una pantomima más rápido que un actor pasado de rosca o intérpretes que se creen por encima del género. Una cosa es ver en carne y hueso a una estrella de la tele o del cine haciendo tonterías; otra, muy distinta, es ver una pantomima realmente bien hecha. A veces, eso sí, las grandes estrellas cumplen: vienen a la mente de inmediato la Widow Twankey de Ian McKellen o la Queen Rat de Joan Collins (con su séquito de macizorros bailando con taparrabos hechos de bolsas de basura rotas). Pero hay que decir que, hoy por hoy, ese tipo de acierto es poco habitual.

Las dos cosas que necesita una pantomima para triunfar de verdad son corazón e ingenio. Ninguna cantidad de dinero en decorados, vestuario o brillitos varios puede compensar la ausencia de cualquiera de los dos. En Theatre 503 se presenta ahora la producción de Tom Attenborough de la “pantomima familiar a tres” de Sleeping Trees, Cenicienta y la judía mágica, un montaje que demuestra este punto con una facilidad incontestable.

Está rebosante de corazón e ingenio; avanza con una energía inagotable gracias a los tres actores inventivos que idearon la pieza; cuenta con una narración sorprendente e inteligente que va tejiendo elementos de prácticamente todas las rimas infantiles y cuentos populares (a lo Grimm y Disney), y es de verdad para reírse a carcajadas: atractiva, participativa y gozosa.

Cenicienta y la judía mágica ofrece lo que promete el título: un cóctel de dos historias célebres y queridas. Las tribulaciones de Cenicienta, sus dos hermanas feas, el Príncipe Azul (guapo pero algo cortito) y el zapato de cristal se incrustan en el relato de Jack, su vaca, las judías mágicas, los huevos de oro en el cielo y la planta de judías que lo lleva hasta la guarida del Gigante. Añade un hada madrina, un malvado Rumpelstiltskin, una desdichada Caperucita Roja, un Lobo voraz, un genio astuto de la lámpara de Aladino y una docena larga de personajes más, y este patchwork cobra una vida efervescente.

Hay muchas sorpresas en el camino, y ahí reside parte de su atractivo intergeneracional. Abuelos y nietos reciben atención a partes iguales; hay humor con brío e interacción cercana que engancha a todo el mundo. Hay frases que aprender y gritar, canciones que aprender y cantar, bailes que aprender y hacer… no participes bajo tu propia responsabilidad. Y prepárate para lo inesperado: un niño metidísimo que grita pidiendo que paren la función o una abuela nerviosa improvisando en el momento y haciendo venir abajo el teatro con sus inesperadas dotes besuconas.

Lo mejor de Cenicienta y la judía mágica es lo que exige a la imaginación del público: esto no es una experiencia pasiva. Prestar atención da dividendos; si compras el juego, sigues los giros y dejas que tu imaginación ponga los adornos que este pequeño presupuesto no puede permitirse, tienes prácticamente garantizada una velada teatral genuinamente deliciosa.

Sleeping Trees es una colaboración extraordinaria entre tres cómicos con muchísimo talento: James Dunnell-Smith, Joshua George Smith y John Woodburn. Los tres son de verdad. Cada uno tiene esa capacidad de construir un personaje distinto con un simple cambio de voz, de postura o una mirada pícara; cada uno sabe cómo rematar una frase para el máximo efecto cómico o soltarla como quien no quiere la cosa para lograr lo mismo; cada uno puede mantenerse en personaje y romper la cuarta pared; cada uno transmite exasperación con entusiasmo y, a la vez, resulta absolutamente hipnótico en el instante que está creando.

George Smith está sencillamente soberbio. Su Hada Madrina, irónica y camp, es perfecta; su Rumpelstiltskin, un muñeco malvado, es una alegría sin paliativos (¡qué canción tan estupenda!); como la Vaca es desternillante y su momento sorpresa hace que el público se venga abajo. Personaje tras personaje, momento tras momento, todo perfectamente presentado y realizado. Pura técnica. Quizá el mejor ejemplo sea su Caperucita Roja, aterrada, casi muda, pero inolvidable.

Woodburn compone un Príncipe deliciosamente simple y, además, interpreta con gran destreza a los dos hermanos, muy distintos y repelentes, de Cenicienta. Las escenas en las que coinciden sus tres personajes son realmente espléndidas. Aporta una franqueza y una integridad abiertas que hacen brillar su trabajo. Su dúo con la Cenicienta de Dunnell-Smith es gloriosamente divertido.

De todos sus personajes, el que más me gustó de Dunnell-Smith fue su Genio taimado, pero casi igual de irresistible es su interpretación de los tres secuaces de Rumpelstiltskin que cruzan espadas con el Príncipe. Cargado de una fisicalidad maníaca, suya es una actuación de intensidad vibrante que encaja a la perfección con el planteamiento, en especial el arranque del segundo acto: una escena de parodia satírica tan brillante como cualquiera que puedas encontrar en una pantomima.

Mark Newnham aporta un excelente acompañamiento musical y efectos especiales, pero también suma mucho al tono cómico de la noche: domina el deadpan (el humor impasible) con auténtica finura. Y luego, en el segundo acto, tiene su propia sorpresa, que merece la pena esperar.

Aquí todo funciona, construyendo una atmósfera vertiginosa. El vestuario es tan tonto y sugerente como hace falta; los decorados y los atrezzos, igual. Mis respetos, Simon A Wells. Attenborough se asegura de que el ritmo no decaiga y de que el público esté constantemente implicado y fascinado. En cuanto captas que lo inesperado puede ocurrir, la chispa de la posibilidad se apodera de la sala.

La coreografía/movimiento de Polly Bennett y la iluminación de Ali Hunter suman placer. Las escenas de lucha de Keith Wallis aportan esa diversión clásica, a la antigua usanza.

No tengo muy claro por qué el trío se llama Sleeping Trees: aquí nadie está dormido ni un segundo. Esto no para, y con gran efecto. Entretenimiento de calidad, construido sobre grandes ideas y un trabajo de conjunto impecable.

Si esta temporada solo ves una pantomima, que sea esta. Y llévate a tu abuela y al más peque de la casa. Y mírate Solo en casa como preparación. No te diré por qué: tendrás que ver Cenicienta y la judía mágica para descubrirlo.

Tu niño interior te lo agradecerá.

Reservas: 020 7978 7040 o en la web de Theatre 503.

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