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RESEÑA: Algo de una Chica que Solía Conocer, Disponible en Línea ✭✭✭
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Por
rayrackham
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Ray Rackham reseña a Denise Van Outen en Some Girl I Used To Know, que se puede ver en streaming hasta el 1 de mayo de 2021.
Some Girl I Used To Know
En streaming
3 estrellas
Stephanie, una “chica de Chelmsford que ha triunfado”, es dueña de un negocio de lencería de alta gama y la conocemos en una habitación de hotel en Londres, la víspera del lanzamiento de su colección primavera/verano. Buen trabajo, marido, BMW en la entrada; parece tenerlo todo. Pero cuando un mensaje de texto de un amor perdido la deja clavada en el sitio, nos damos cuenta de que las apariencias pueden engañar. El negocio de lencería la está agotando, el BMW está comprado a plazos y el matrimonio “lleva en horas bajas desde el último Mundial”. ¿Qué puede hacer una chica?
No hay absolutamente ninguna duda de que Denise Van Outen es una gran actriz. Interpreta a Stephanie con una franqueza desarmante. Además, la pieza está dirigida con mucha sensibilidad por Tamzin Outhwaite. Entre las dos han sabido navegar los vaivenes del texto y manejan con soltura los ritmos esenciales de un monólogo. Es tremendamente absorbente, y los cerca de 90 minutos pasan volando.
La pieza se ha revisado desde la última vez que se vio en 2014. El texto de Van Outen y Terry Ronald sigue estando muy bien construido y tiene momentos de patetismo, comedia y alegría. Va directa al grano y está repleta de referencias que sitúan a la Stephanie de Van Outen en una edad, una época y un lugar muy concretos. Los guiños al bálsamo labial de cereza morello de The Body Shop, o a cómo una permanente y un abrigo maxi podían hacer que una chica pareciera Slash de Guns N’ Roses, nos dejan claro que sus años formativos son el lugar al que anhela regresar. Tiene todo el sentido dramatúrgico que Stephanie cante clásicos pop reversionados en este monólogo tipo jukebox. Steve Anderson ha reimaginado un trío de temas clásicos como canciones de desamor agridulces, que revelan con acierto una mayor carga de significado en las letras. El problema es que no hay suficientes: aunque se anuncia como musical, ya ha pasado más de un tercio antes de que Van Outen nos regale una segunda canción. Hay momentos del monólogo que piden a gritos ser cantados (un encuentro casual en una playa, por ejemplo) y, si Van Outen contara con una partitura original, esto podría rivalizar con Tell Me On a Sunday en cuanto a narración bien hecha.
Cuando Van Outen canta, Stephanie invariablemente regresa a finales de los 80 y principios de los 90, literal y figuradamente. En términos de estructura, tiene mucho de Follies, advirtiendo de los peligros de la nostalgia mediante una firma musical que sitúa a la protagonista en un tiempo y un lugar más felices; pero cuesta imaginar a Sally (Dorothy Collins) preocupada por perder la virginidad con unas bragas de Tesco. El humor es, desde luego, burdo, pero por cada mención a “chupar unos pies graciosos” o a competidoras del mundo de la lencería que quieren “arrancarme las bragas”, también hay observaciones ingeniosas que arrancan algo más que una sonrisa: Stephanie describe la lujosa habitación de hotel en la que está, a la que se ha arrastrado “entre minibotellitas de café marrón hirviendo, cama del tamaño de Bélgica”. Y quizá tenga razón. Filmada en Home House, con una cantidad aparentemente generosa de vaselina en la lente, la pieza tiene un aire muy TOWIE; y eso, sumado a la fotografía del Umbrella Room, consolida el aspecto de boutique pija de Epping que vende ese tipo de mobiliario “a medida” que más recientemente ha quedado atrapado al otro lado del canal de Suez.
Hay un feminismo soterrado en buena parte del texto que, por ejemplo, cuestiona por qué una de las principales críticas de Stephanie es tan despectiva (“¿de verdad cree que para eso es para lo único que sirven las mujeres, para hacer el té?”); también hay un recorrido precioso para un personaje al que nunca vemos, Slaggy Sue (a quien Stephanie acaba reconociendo que en realidad debería llamarse simplemente “Sue”). Lamentablemente, sin embargo, todo resulta un poco forzado y, a diferencia de Shirley Valentine (que lo hizo antes y mejor), el subtexto no termina de calar a menos que te lo restrieguen en la cara.
Es una pieza bien armada y chispeante, que encantará a cualquiera que recuerde una calle principal con Our Price y Knickerbox, que bailara al ritmo de Jam & Spoon o que haya amado y perdido en una playa de Ibiza. Su mayor baza es la interpretación honesta y directa de Van Outen. Le vendría bien más música, porque si le diera más espacio a Outen para cantar, de verdad podría despegar.
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