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RESEÑA: Animus, Teatro Laban
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Por
julianeaves
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El reparto de Animus. Foto: J K Photography
Laban Theatre
2 de diciembre de 2017
Esta fue una muy bienvenida segunda oportunidad de ver el extraordinario nuevo drama musical de Michael Webborn y Daniel Finn, ambientado en un trasfondo de intrigas en los muelles del Londres de mediados del siglo XVIII, donde la familia Donne, propensa a la tragedia, se gana la vida con su oficio. La música fue el gran punto fuerte de la propuesta en esta producción, con Louisa Green haciendo un trabajo sólido al proyectar desde el teclado una partitura de tonalidades sombrías, junto a Sandra Thompson (violín), Brenda Sancho (violonchelo), Greg Hagger (contrabajo) y Becky Brass (percusión). Y el canto de la joven compañía de intérpretes en formación fue espléndido. Webborn y Finn se han consolidado como una poderosa dupla de autores, tras el delicioso The Clockmaker's Daughter, con este melodrama familiar lleno de aventuras y apuros en el seno de las clases mercantiles.
Además, hay muchísima música que atravesar en esta pieza, concebida originalmente para ser interpretada por la MTA el año pasado en una producción magníficamente coherente y convincente en el Bridewell Theatre: todo el amplio elenco tiene su momento para brillar y lucir sus habilidades particulares. En parte de este reparto, como Laura Barnard, alternante como Lily Donne, estas cualidades ya están bien asentadas gracias a actuaciones con organizaciones externas como la NYMT: en la función que vi, se ganó los elogios de toda la sala por su aplomo sobre el escenario y por afrontar con seguridad los numerosos retos vocales de su personaje. En contraste casi en todo con su energía, Claire Kennan estuvo vibrante y cambiante como Charlotte Donne, con una dicción impecablemente clara y un gran sentido para abrazar las cualidades de cada instante a medida que pasaba. Mientras tanto, Danielle Whittaker aportó más que un toque de terrenal realidad a las vidas enrarecidas de los Donne, en el descarado papel de la matriarca del burdel, Fanny Penhaligon, un rol con abundante potencial cómico, y Lizzie Burgess fue una Eleanor Bray elegante y dulce. No debe de haber muchos musicales entre los que escoger en los que las cuatro protagonistas sean mujeres, una de las muchas características que hacen que esta obra resulte tan refrescante.
Entre los muchos otros personajes que componían un vívido patchwork de la vida metropolitana, vimos una excelente colección de jóvenes intérpretes. Philip Murch fue un interés romántico apuesto y carismático en la figura de Harland Manderville, mientras que Harvey Westwood resultó un Joe Grey de gran credibilidad, una presencia escénica a la que conviene mirar con cuidado y atención. Las fuerzas de la ley y el orden, algo presionadas en este entorno tórrido, quedaron encarnadas en el agente Farrow de Jonathan Barakat, mientras que Jochebel Ohene MacCarthy fue la representante de la iglesia, la Hermana Edith, y Becky Stockley destacó de verdad como la tenaz y decidida Periodista. Michael Karl-Lewis fue Mr Bolt y el Lighterman; David Sharp fue Mr Borage y Mr Erridge; Daniel-Thomas Forster fue Mr Quilt y Mr Fipps; Alex West interpretó a Earnest Donne y al Herrero, mientras que Aaron Gwilliam-Stone fue Adam Donne y Chrysanthemum. Martha Burke fue una encantadora Camarera y Christian Andrews fue Sir Walter Gladstone, y Elric Doswell fue el Transportista. También disfrutamos muchísimo de la presencia de Ciara Ennia como Daisy, Johanna Pearson-Farr como Jasmine y Eliza Roadnight como Violet, así como de Ella-Jane Thomas como la Vendedora de ostras y Lady Rutherford. El elenco alternante, que no llegué a ver, lo componían Molly Osborne como Charlotte, Simone Sullivan como Penhaligon, Lauren Poulson como Bray y Rebecca Wickes como Lily.
Hubo una coreografía vivaz de Fabian Aloise, el gran punto fuerte visual de esta producción. En cambio, la escenografía mínima de Amy Yardley resultó escasa y desnuda, mientras que sus elecciones de vestuario fueron eclécticas: el vestuario de época predominaba para los hombres, pero por motivos que no quedaban claros las mujeres llevaban chaquetas entalladas de los años 50 y largas faldas de gasa, mientras que la criada vestía de pleno estilo eduardiano y no habría desentonado en An Inspector Calls. ¿Por qué? Nadie parecía saberlo. En un espectáculo que, por lo demás, se esfuerza por crear una atmósfera de realismo áspero, estas escapadas hacia una interpretación caprichosa resultaban difíciles de entender. Simon Greiff, el director, podrá explicarlo todo, seguro.
De acuerdo con la práctica habitual, no se otorgan valoraciones con estrellas a las producciones estudiantiles.
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