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RESEÑA: Compañeros de Celda, Teatro Hampstead ✭✭✭
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Por
pauldavies
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Cell Mates. Hampstead Theatre.
12 de diciembre de 2017
3 estrellas
Con el paso del tiempo, Cell Mates se ha convertido en una curiosidad, en gran parte por los problemas que rodearon su producción en el West End en 1995. La estrella Stephen Fry abandonó la función tras sufrir una crisis, y el frenesí de la prensa sensacionalista que se generó eclipsó a la propia obra. Por suerte, Fry regresó por todo lo alto en más de un sentido, y la nueva puesta en escena de Edward Hall busca devolver el foco a la pieza; hay mucho que admirar en la escritura de Simon Gray, aunque hoy la obra se perciba algo anticuada.
Basada en hechos reales, cuenta la historia del espía y doble agente —y, para algunos, traidor— George Blake, quien, cuatro años después de iniciar una condena de 42 años por filtrar a los rusos algunos de los secretos de inteligencia más sensibles de Occidente, urdió un plan para fugarse de la prisión de Wormwood Scrubs. Recurrió al irlandés Sean Bourke para que le ayudara a escapar y, tras la exitosa fuga, Blake fue trasladado a Moscú en octubre de 1966. Bourke llegó a Moscú con la intención de pasar desapercibido unos meses hasta que se calmaran las aguas, pero la KGB lo retuvo durante 22 meses por diversos motivos. Pronto quedó claro que era el propio Blake quien lo mantenía allí por razones personales. En la práctica, ambos cambian Wormwood Scrubs por otra clase de cárcel: el sistema comunista que Blake llama hogar, pero que atrapa a Bourke.
El material es fascinante, y esta producción, muy bien interpretada, saca el máximo partido del texto. Geoffrey Streatfield está excelente como Blake, dibujando con precisión el viaje del preso “humilde” al defensor de la fe comunista: manipulador, esnob y agresivo; y, a través de su relación con Bourke, deja claro que el sistema de clases también los encierra. Como Bourke, Emmet Byrne ofrece una interpretación notable, especialmente en la segunda mitad, cuando comprende hasta qué punto ha estado atrapado; maneja muy bien el trasfondo emocional, aunque en ocasiones su acento resultaba algo difícil de entender, con una dicción demasiado apresurada. La obra es, en esencia, un duelo interpretativo, con algunos personajes poco perfilados, pero Danny Lee Wynter está muy eficaz como un hosco y amenazante oficial de la KGB; Philip Bird resulta igualmente convincente, y Cara Morgan hace un gran trabajo con Zinaida, la sirvienta.
Aun así, hoy la obra funciona como un retrato de época: el mundo del espionaje es muy distinto en la actualidad. La generación de escritores fascinados por los espías de la Guerra Fría ya ha desaparecido —o lo hará pronto—, y Alan Bennett, en Single Spies, escribió sobre desertores de alta formación con un estilo mucho más perdurable. (Blake es un personaje profundamente antipático, más aún que la versión que Bennett hace de Burgess, por ejemplo.) Con todo, esta producción segura y bien medida consigue rescatar la obra de Gray del “escándalo” que rodeó su estreno, y merece mucho la pena, aunque solo sea por las interpretaciones protagonistas.
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