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RESEÑA: Llamas, Teatro Waterloo East ✭✭✭
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Por
timhochstrasser
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Flames
Waterloo East Theatre
14 de mayo de 2015
3 estrellas
Un cementerio con unas cuantas lápidas desvencijadas y torcidas; algunos arbustos desnudos; el revoloteo y arrastre de hojas muertas; y el goteo constante y el chapoteo tenue de la lluvia invernal, instalada para todo el día, conforman el telón de fondo atmosférico de FLAMES, la última obra de Stephen Dolginoff, actualmente en cartel bajo el arco ferroviario del Waterloo East Theatre. Dolginoff es más conocido por Thrill Me, su estupenda versión musical de 2005 del caso Leopold & Loeb, que previamente inspiró películas como Rope y Compulsion. Sin embargo, un enorme estallido de trueno y octavas repicadas en un piano —más de honky-tonk que de Steinway— señalan desde el inicio que viajamos al cementerio de Highgate, en Londres, y no a Hyde Park, Chicago, hacia un mundo de escalofríos de cementerio en directo, más que hacia la búsqueda del Superhombre de Nietzsche y el asesinato perfecto.
Una pareja surge de las sombras para presentar sus respetos ante una tumba en el centro del escenario. Meredith (Abi Finley) llora la pérdida de su prometido, Edmund, que murió en un incendio hace exactamente un año. La acompaña Eric (David O’Mahony), el mejor amigo de Edmund y estrecho compañero de trabajo, que trata de tranquilizarla, con cierta insinuación, en un número de apertura: ya es hora de seguir adelante y quizá deberían confirmar su vínculo y empezar a salir. Sin embargo, las circunstancias del incendio y la muerte de Edmund siguen atormentándola y actúan como motor de todos los giros y vueltas que se desarrollan durante el resto de la velada. Cuando Eric regresa al coche, aparece otro hombre ((Bradley Clarkson) que afirma ser Edmund, regresado de una tumba en la que, en realidad, nunca llegó a entrar. Presenta una versión muy distinta de los hechos, según la cual escapó del incendio en el que supuestamente pereció. Quiere volver para limpiar su nombre del fraude de ahorros del que estaba acusado en el momento de su muerte, retomar su vida donde la dejó y enfrentarse a su presunto asesino. Este giro argumental establece el tema dominante y la principal fuente de tensión del musical, a saber: «¿Qué personaje, si es que alguno, está diciendo la verdad, y a cuál, si es que a alguno, debemos creer?» ¿Debería Meredith creer este relato, y son realmente los personajes quienes dicen ser?
Por tanto, es en las relaciones, más que en los delitos, donde se supone que residen las emociones fuertes. Esto se refleja en el equilibrio entre diálogo, música y acción. El escenario del cementerio es en gran medida decorativo: bocanadas retóricas de oxígeno líquido y truenos prolongados (con la ocasional aportación adicional de un tren que pasa por encima) puntúan cada nuevo giro de la trama, pero no llegan a helarnos la sangre. En su lugar, el foco está en los debates entre los personajes para convencerse entre sí y convencernos a nosotros de su culpabilidad o inocencia. Gran parte de la música adopta la forma de canciones solistas que se transforman en dúos de debate sostenidos con elaborada continuidad. En malas manos esto podría resultar bastante estático, pero el director Garry Noakes mantiene con habilidad la fluidez del movimiento, pese a la escenografía recargada; y, sin querer desvelar demasiado, en las escenas finales el director de lucha Cristian Valle logra que los tres intérpretes se enzarcen entre sí de manera muy verosímil. Dado que libreto, música y letras son obra del mismo autor, en realidad no pueden juzgarse por separado. Lo primero que hay que decir es que se trata de un trabajo muy sofisticado y diestro. El diálogo es conciso, ajustado e ingenioso, pero también plausiblemente naturalista y afectuoso cuando hace falta. Dolginoff sabe plantear los conflictos emocionales de un modo que hace que la transición de las palabras a la música resulte completamente natural. Las letras pueden ser bastante verbosas y conscientemente ingeniosas; pero la escritura musical soporta un despliegue verbal continuo sin tropezar consigo misma, en gran medida porque las letras están siempre al servicio de la trama, empujando la acción hacia delante en lugar de dejarnos demasiado tiempo varados en un mismo estado de ánimo. La música es, por lo general, impulsiva, destacando ante todo el texto más que abrumándolo, pero con remansos de quietud para cristalizar una idea y subrayar un matiz emocional. Predominan puntos pedal palpitantes, con un estilo de arioso flotando por encima en la voz. Hay secuencias de acordes impactantes e interesantes difuminados armónicos al estilo Sondheim, que señalan cambios de clima, y frases melódicas suspendidas que captan con fuerza las aspiraciones emocionales y líricas de los personajes. Sin embargo, hay una incertidumbre tonal en el conjunto que no termina de convencer. La velada comienza como un thriller directo, pero luego, a medida que los giros se multiplican, parece virar hacia una parodia consciente del género. No hay nada malo en ello, pero por momentos —sobre todo en las escenas finales, vertiginosas y casi farsescas— no quedaba claro qué enfoque debía prevalecer: si se suponía que debíamos empatizar o simplemente reírnos de los personajes. La noche en que asistí se escucharon claramente algunas risas en momentos poco oportunos, y el público no sabía muy bien qué hacer con el tono emocional. Si la obra anterior y más conocida de Dolginoff reflejaba muy bien los temas y tropos de Sweeney Todd, este thriller se sitúa, en última instancia, más cerca del desenfado gótico de Rocky Horror Picture Show. Si es así, ¿se debe más a las interpretaciones o al material? Creo que la respuesta está a medio camino. Es una obra menor que Thrill Me porque, sencillamente, intenta abarcar demasiado y, para cuando llegamos al final, peca de excesivamente lista. Pero para que funcionen esos cambios rápidos de tono también necesita intérpretes capaces de acelerar el ritmo del diálogo y ejecutarlo con esa seriedad fulminante y a toda velocidad que Noel Coward decía que era el secreto de la mejor comedia. Mi impresión es que, a medida que avance la temporada y el reparto gane confianza en el espacio y entre ellos, esto sucederá. Dicho esto, los tres actores cantaron con seguridad y expresaron, según lo exigía la trama, tanto intensidad emocional real como fingida. Junto a ellos, Mathew Eglinton hace todo lo necesario para imprimir ritmo cuando entra la música y crea al teclado una atmósfera inquietante, metálica y cargada de fatalidad. Flames estará en cartel hasta el 31 de mayo de 2015 en el Waterloo East Theatre
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