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RESEÑA: Holy Crap, Kings Head Theatre ✭✭
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Por
julianeaves
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Holy Crap King’s Head Theatre 13 de junio de 2017
2 estrellas
Desde luego. Esta es una obra a la que conviene acercarse tal y como – creo – pretende ser recibida: una gamberrada de mal gusto que se pasea por la religión, el sexo y los medios de comunicación, donde el objetivo es pasarlo bien cueste lo que cueste, sin importar el mérito artístico o dramático al que pudiera aspirarse, y que quizá se disfrute mejor bajo una devota bruma de alcohol y – muy posiblemente – de algo bastante más fuerte. Quiero decir: esto está en cartel en Islington. En la noche de prensa, alguien estuvo vapeando durante toda la segunda mitad, y quizá eso fuera indicio de ‘tendencias’ más amplias en juego. ¿Quién sabe?
Si, en cambio, buscas algo más sustancioso en esta propuesta de los ‘Heather Brothers’, entonces: «¡Abandonad toda esperanza, los que aquí entráis!». Desde hace años, los autores del libreto, la música y las letras de este entretenimiento estruendosamente vulgar se han especializado en cocinar parodias burlescas, chabacanas y superficiales que complacen al público tanto como irritan a los profesionales reflexivos del sector y a la crítica. Estoy bastante seguro de que esta pieza recibirá una respuesta similar a la que tuvieron trabajos anteriores, como ‘A Slice of Saturday Night’, un espectáculo que, según una nota del programa, ha acumulado «muy por encima de 400 producciones en todo el mundo y se ha traducido a 9 idiomas» (presumiblemente no todos representados a la vez, aunque si lo fueran, lo más probable es que no cambiara ni un ápice el impacto del show). Describir sus invenciones como ‘superficiales’ y ‘endebles’ no es más que afirmar lo evidente. Y así debe ser, porque sus obras se especializan precisamente en hacer exactamente lo mismo. Una y otra vez. ¿Sutileza? No. Eso no lo hacen.
Eso sí: esto es un material más ‘adulto’ que ‘A Slice’ (un espectáculo que estuvo tres largos años a bordo del SS Queen Elizabeth de Cunard). La diseñadora, Zahra Mansouri, claramente ha estado de compras en sex shops, y durante la función se agita ante las narices de un público tolerante, aunque no especialmente excitado, ejem, cierta parafernalia erótica que no parece precisamente muy usada. En su presupuesto no llega mucho más al escenario, salvo un conjunto de ropa de calle y, en el segundo acto, vestuario fetichista para un reparto siempre dispuesto al juego: John Addison es una personalidad televisiva ágil y enérgica; Bobby Del La Ray, cuya interpretación recuerda – muy, muy de cerca – a su reciente Jojo en ‘The Life’; Peter Bindloss interpreta un par de personajes secundarios muy parecidos a los que ya hizo en ‘Jerry Springer’ (un espectáculo al que esta propuesta se parece, aunque sea muy ligeramente); Letitia Hector nos trae a Destiny Jackson (nunca llegamos a saber qué fue de Harmony, Symphony y Melody: este no es un show que se complique con trasfondos verosímiles); y está Arvid Larsen, que nos sirve a alguien llamado Rex Bedderman (¿lo pillas?); Rachel Marwood tiene su alter ego en la forma de Clarissa LaFayette, algo que se acerca con titubeos a una femme fatale, o al menos a una vamp; Nuno Queimado tiene una breve pero agradecida oportunidad de brillar al estilo de la ópera italiana como Vinnie Ginelli; y, por último, Emma Salvo se supone que es la ‘Narradora’, pero esa función útil queda reducida a unos pocos comentarios al pasar (¡sin risitas!), y además es alguien llamado Victoria, no real, así como una especie de ‘coro’ unipersonal.
La partitura, aporreada sin rodeos por Ben Ferguson y Rickey Long a los teclados, con percusión y bajo, suele ser bastante funcional, a ratos pegadiza y muy, muy rara vez con alma y capacidad de involucrar; y compone un pastiche implacable de canciones pop de los 60. ¿Por qué los Sesenta? Ni idea. Absolutamente ninguna. Tales preguntas son irrelevantes. Harry Linden-Johnson amplifica los instrumentos lo bastante bien, pero no le hace NINGÚN favor al reparto, y casi todas las letras (poco distinguidas, la verdad) se pierden en un balbuceo casi, pero no del todo, ininteligible. Del mismo modo, Nic Farman parece tener instrucciones de su director – de quien hablaré en un momento – para armar mucho jaleo y no decir absolutamente nada con cambios de iluminación rápidos y caóticos. Es un glorioso desbarajuste. ¿Se supone que debe serlo? Pues la verdad es que no lo tengo claro.
La obra está tan mal escrita – jirones de motivación o caracterización pasan zumbando arrastrados por vientos de una docena de tramas, sin que ninguna permanezca lo suficiente como para que sintamos que debemos prestarles atención – que resulta difícil calibrar si Benji Sperring sabe lo que hace… o no. Me reservo el juicio. Nick Thompson, el productor y director general detrás de esta escapada espectacularmente barata y resultona, parece creer en el proyecto. Pero, salvo un breve momento en la segunda mitad, cuando se dejó de lado por un instante toda esa pose (sí, con suspensorios y todo) y el espectáculo se aventuró con cautela a dejar que se colara un pequeño destello de ‘verdad’, yo nunca llegué a creerme nada.
Para quien espere algo tan bueno como el ‘Shock Treatment’ de Sperring, le aguarda una decepción mayúscula; para quien, en cambio, no le importe demasiado, en un sentido u otro, si un espectáculo tiene sustancia o no, este no dejará de cumplir. Creo que, en algún lugar, en medio de toda esta ordinariez, hay un espectáculo bastante interesante luchando por salir, pero aún no lo han encontrado.
Hasta el 8 de julio de 2017
Fotos: Paul Dyke
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