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NOTICIAS

RESEÑA: Jane Eyre, Teatro Nacional ✭✭✭✭

Publicado en

Por

timhochstrasser

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Jane Eyre

17/09/15

Lyttelton Theatre, National Theatre

4 estrellas

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Este montaje nació como dos veladas completas en el Bristol Old Vic, que estrenó la obra en 2014. Llega ahora al National en una versión condensada que, aun así, sigue siendo una noche larga: 3 horas y 30 minutos, incluido el intermedio. La pieza ha sido creada colectivamente por la compañía a partir de la célebre novela de Charlotte Brontë (1847), bajo la dirección de Sally Cookson: en algunos momentos se permite interesantes desvíos del original, pero en lo textual, en muchos aspectos, es sorprendentemente fiel.

Lo primero que llama la atención al sentarte en el Lyttelton es la escenografía, obra de Michael Vale. El escenario queda abierto y enmarcado por cortinajes blancos que se elevan a toda altura. Rodean una compleja estructura de pasarelas, rampas y escalones de madera, con forma aproximada de U, a la que se accede mediante distintas escaleras de mano. De vez en cuando se introducen atrezzo y muebles de época, pero solo de manera fugaz. En conjunto, se trata de un espacio abstracto, pensado para generar una poderosa sensación de impulso y evocar una variedad de lugares.

Desde el inicio mismo de la acción, cuando la Jane adulta (Madeleine Worrall) gime y aúlla para simular su nacimiento, los personajes van y vienen, corren, trepan, se aferran y se encaraman por toda la estructura. Cada actor —son siete, más los músicos— debe recorrer literalmente kilómetros a lo largo de una noche en la que se supone que debemos sentir el enorme viaje emocional que atraviesa Jane: desde la miseria y el abandono de su infancia con sus parientes crueles, pasando por las distintas opresiones y disciplinas punitivas del colegio Lowood, hasta su decisivo e intenso periodo como institutriz en Thornfield Hall y su huida hacia un refugio junto a St John Rivers y su hermana.

¿Qué nos ofrece entonces la producción que pueda cambiar nuestra percepción de una novela tan conocida del canon? La respuesta más evidente es que se trata de una versión marcadamente feminista de la historia, que se centra tanto —si no más— en las luchas de la crianza de Jane como en el melodrama de Thornfield. Vemos a Jane plantar cara a su odiosa familia, afirmarse frente al acoso y la mezquindad del régimen del colegio benéfico y defender los derechos de los más desfavorecidos. Estos elementos siempre estuvieron en el relato, pero el dramaturgo Mike Akers le hace aquí un gran favor al texto al despojarlo de la reticencia victoriana y de la ansiedad ante la autoafirmación femenina.

Tenemos la historia sin barnices ni pátina, y eso la mejora por completo. Además, se nos ofrece una paleta más amplia y rica de personajes secundarios: el santurrón y cruel Mr Brocklehurst, la enfermiza y casi santa Helen Burns y la tía arpía, Mrs Reed. Es un planteamiento refrescante, oportuno y muy bien pensado, que aporta dureza al relato y hace florecer a los personajes, desterrando el recuerdo de tantas versiones más sentimentales que han dominado hasta ahora el escenario y la pantalla.

Ayuda mucho apreciar que, para cuando Jane llega a Thornfield Hall como institutriz de la pupila de Mr Rochester, ya es una profesora con experiencia y una persona plenamente formada, no una ingenua tímida e impresionable. En consecuencia, la relación con Rochester es igualitaria y chispeante desde el primer momento, lo que hace que su interacción resulte, en conjunto, mucho más viva e interesante.

Aparte de Jane y Rochester, el reparto asume múltiples papeles y sale airoso diferenciándolos con enorme soltura. Craig Edwards casi se lleva el espectáculo por completo como Pilot, el perro de Rochester: una imitación canina tan inquietantemente convincente como cualquiera que haya visto en un teatro, basada en la certera intuición de que un perro puede expresar las emociones que Rochester, demasiado enredado en la ansiedad y la culpa, no logra articular. Laura Elphinstone aporta un estoicismo apagado a Helen Burns, una vivacidad contrastada y un encanto enérgico a Adèle, y un rigor santurrón a St John Rivers: cuesta creer que sea la misma intérprete en cada uno de esos roles. Simone Saunders aprovecha al máximo las oportunidades de los papeles más acotados de Bessie, Blanche Ingram y Diana Rivers, y Maggie Tagney contrapone con acierto a la entrañable ama de llaves Mrs Fairfax con la tía celosa, Mrs Reed.

¿Y qué hay de Jane y Mr Rochester? Worrall ofrece una interpretación llena de brío, dureza y matices, aunque sin mostrar demasiado una vertiente más vulnerable. Destaca como una solucionadora enérgica de problemas más que como alguien que expone sus propias emociones. Felix Hayes resulta sorprendentemente divertido como Rochester… con una ironía consciente de sus propias contradicciones y de su áspera encrucijada, a la vez que las encarna. Y desde luego tiene la actitud desenvuelta y algo hosca, casi de oso, que encaja con las expectativas físicas del papel.

Por muy impresionante que sea en general la interpretación, tanto mérito corresponde también al amplio equipo creativo, cuyos nombres ocupan más espacio en el programa que el equipo de escena. Cookson merece grandes elogios por idear un concepto sólido y aplicarlo con rigor y detalle a lo largo de toda la velada. Una y otra vez, el diseño de iluminación de Aideen Malone transforma un momento cotidiano en algo especial, y el vestuario de Katie Sykes afirma con claridad la época, manteniendo a la vez la flexibilidad necesaria para cambios rápidos y adaptaciones.

Todavía no he dicho nada sobre la música en esta producción, que en algunos sentidos es el aspecto más destacable del trabajo. En el centro de la escenografía se encuentra un piano, un set de percusión y espacio para una violinista y un acordeonista. Benji Bower y un par de músicos más aportan una sutil mezcla de jazz, folk y un acompañamiento minimalista encantador que añade con destreza atmósfera y ritmo al conjunto. Más en concreto, acompañan a Melanie Marshall, vestida con un llamativo vestido escarlata y deambulando por la acción. Su voz suntuosa nos conduce a través de varias canciones, conocidas y menos conocidas, hasta que poco a poco se revela que ella misma es Bertha Mason.

Es un verdadero acierto concederle a Bertha una voz propia, cuando a menudo se la reduce a la mujer loca e inarticulada del desván. Aunque no es el personaje tal y como lo imaginó Jean Rhys en su célebre precuela Ancho mar de los Sargazos, sigue siendo una interpolación muy convincente dentro del drama, y su interpretación de ‘Mad about the Boy’ fue, de verdad, el gran número que se robó la función.

¿Qué le priva entonces a esta magnífica producción del reconocimiento de una última estrella? La respuesta es sencilla: la brillantez técnica a veces se interpone en el camino de una plena encarnación imaginativa del personaje. Los intérpretes están tan centrados en ofrecer un tour de force que algunos momentos de reposo —en particular, para crear química romántica entre Jane y Rochester— se resuelven con demasiada prisa. Percibimos la viveza y el carácter combativo de la conexión entre ambos, y también la atracción sexual; pero incluso al final eché de menos el romance y la ternura en toda su plenitud que esta novela realmente exige.

Parece ocurrir con bastante frecuencia en el National últimamente que, cuando la compañía se concentra tanto en exhibir todo el abanico de recursos técnicos de que dispone, se queda corta en esos aspectos más tradicionales de la caracterización que no deberían darse por sentados. Necesitamos ver no solo toda la fuerza del carácter independiente de Jane y la gruñona excentricidad de Rochester, sino también a dos personas inevitablemente atraídas la una por la otra pese a sus mejores esfuerzos por apartarse. A veces los actores creen que es demasiado obvio desplegar escenas románticas de manera generosa y sin reservas. No basta con insinuarlo, añadir ironía o darlo por hecho: el sentimiento, en ocasiones, todavía necesita representarse a lo grande en los momentos culminantes. Cuando se utilizaba con detalle el texto original, de forma natural se pisaba el freno y los ritmos de la autora volvían a imponerse; esto tenía que haber ocurrido más a menudo.

Es una noche de teatro absolutamente absorbente. No se hace larga y solo cabe admirar la manera en que el reparto encuentra nuevos significados en un material que todos creemos conocer al dedillo. Es una auténtica producción de conjunto, con espacio para que brillen individualidades y para que el todo resuene con algo mayor que la suma de sus aportaciones. Me impresionó enormemente, me hizo reír a menudo, pero en la segunda mitad rara vez me conmovió como debería.

Jane Eyre estará en cartel en el National Theatre hasta el 10 de enero de 2016.

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