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Crítica: Stephen Ward, Teatro Aldwych ✭✭

Publicado en

Por

douglasmayo

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Alexander Hanson y Charlotte Blackledge en Stephen Ward. Foto: Nobby Clarke Tras ser fan de los musicales de Andrew Lloyd Webber durante muchos años, esperaba con interés Stephen Ward. La publicidad previa al estreno sugería que podría tratarse de un giro respecto al Lloyd Webber más habitual. La historia de Ward era interesante y, con el telón de fondo del Swinging London de los sesenta, ofrecía un sinfín de materiales para que el equipo creativo los aprovechara.

Sin embargo, en algún punto del proceso de “horneado” este musical salió horriblemente mal.

Stephen Ward fue un osteópata y artista de éxito en los sesenta. Entabló amistad no solo con figuras clave del establishment, sino también con personalidades del Soho y con unas cuantas jóvenes atractivas que fueron introducidas en su esfera de influencia. Intrigas políticas, ego y vendettas se combinaron para convertir a Ward en el chivo expiatorio, mientras los gobiernos se veían envueltos en un escándalo de proporciones hasta entonces desconocidas, justo cuando la prensa sensacionalista empezaba a imponerse por primera vez. Era una historia con muchísimo potencial, pero como espectáculo Stephen Ward devuelve muy poco.

Alexander Hanson como Stephen Ward es un personaje de lo más cool. Narra su historia y expresa su asombro por haber acabado como pieza de una Cámara de los Horrores en un museo de cera de Blackpool. Charlotte Blackledge y Charlotte Spencer resultan convincentes como Mandy Rice Davies y Christine Keeler, y el resto del elenco hace todo lo posible con un material bastante trillado. Algunas escenas de interrogatorio policial del segundo acto aportan algunos de los momentos más dramáticos, y me atrevo a decir que no verás una cena de sociedad que derive en una orgía sadomasoquista en un musical de Andrew Lloyd Webber en mucho tiempo.

Solo en el segundo acto Joanna Riding consigue que Stephen Ward despegue. Su mágico solo I’m Hopeless When It Comes To You muestra el Lloyd Webber clásico, pero, por desgracia, dura apenas unos instantes antes de desvanecerse. Stephen Ward es Andrew Lloyd Webber “ligero”. Hay poco que recomendar en esta partitura. Es banal, insípida y carece de la magia melódica habitual de Lloyd Webber. Sus letras también son torpes y están muy por debajo del nivel necesario para que este musical funcione.

La partitura repetitiva está plagada de un recitativo mal encajado, acompañado por lo que quizá sea la orquesta de foso más pequeña que haya tenido jamás una producción de Lloyd Webber. Es un desorden electrónico, tosco, orquestado por el propio Lloyd Webber.

El diseño de producción es, en su mayor parte, elegante, con una serie de telones que se deslizan suavemente y cambian las escenas con rapidez, junto a proyecciones genéricas de paisajes campestres que dan una sutil indicación del lugar. A medida que avanza el espectáculo, las proyecciones se vuelven más intrusivas sobre la acción, pero fracasan estrepitosamente cuando arruinan por completo el momento final de la historia de Ward. Una nota para diseñadores de proyecciones debería incluir que no se puede proyectar texto (en este caso, un titular de periódico) sobre telas ondulantes. Unos segundos de silencio conmovedor se convirtieron en lo que parecieron minutos de silencio incómodo, mientras nos preguntábamos si se trataba de un fallo técnico.

En conjunto, da la impresión de que Andrew Lloyd Webber necesita que Robert Stigwood o Cameron Mackintosh vuelvan a entrar en escena, sin miedo a decirle “NO” a un compositor que quizá se ha vuelto demasiado exitoso para su propio bien artístico. No puedes evitar preguntarte si Andrew ha sucumbido a una multitud de aduladores. Es una auténtica injusticia que un gran espectáculo como Top Hat se apartara para dejar paso a esta pobre excusa de musical. En un momento en que los productores aseguran que hay una escasez crónica de espacios teatrales para nuevos montajes, cuesta creer cómo este llegó a colarse.

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