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RESEÑA: La situación de las cosas, Brockley Jack Studio Theatre ✭✭✭✭
Publicado en
Por
julianeaves
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El estado de las cosas
Brockley Jack Studio Theatre,
14 de septiembre de 2017
4 estrellas
Esta es una de las partituras debut más potentes que he escuchado jamás, enmarcada en una historia encantadora sobre aspirantes al GCSE de Música que atraviesan su particular rito de paso de la infancia a la juventud. Elliot Clay —un nombre que conviene recordar— ha escrito un conjunto de canciones de lo más pegadizas y que invitan a marcar el ritmo, con melodías siempre oportunas y absolutamente cautivadoras. El libreto de Thomas Attwood ofrece una mirada fresca y hábilmente escrita a las alegrías y penas adolescentes de siempre, mientras siete chicos y chicas reaccionan al inminente cierre de su asignatura de música; pero el mayor sello distintivo de su texto es la forma totalmente singular en que integra pasajes musicales dentro del texto hablado, repartiendo partes cantadas y diálogo en configuraciones constantemente sorprendentes, variando el tono y la intensidad dentro de un episodio músico-dramático con una seguridad asombrosa y un brillante sentido del control teatral. De Attwood y Clay vais a oír hablar mucho más en el futuro.
¿Cómo puedo estar tan seguro? Pues bien, con toda su madurez e imaginación, este es apenas su segundo espectáculo, y además lo escribieron deprisa: tras haber realizado, de forma privada, un taller de su primer intento, 'Our Season's End', en el Arts el invierno pasado, este montaje surgió de manera inesperada cuando se liberó de repente un hueco en la programación del Jack; los autores son amigos de la directora artística del teatro —la siempre emprendedora Kate Bannister— y su llamada llegó en mayo, ofreciendo una temporada de 3 semanas para un nuevo musical de ambientación contemporánea. Siguieron tres intensos meses de escritura que dieron como resultado esta historia original y agradablemente bien construida; su gran triunfo, sin embargo, es, posiblemente, la mejor partitura nueva de estilo «pop» que he escuchado en mucho tiempo. No hay un solo número del espectáculo que no quiera volver a escuchar una y otra vez. Quería poder comprar el CD después de la función en el mostrador de merchandising, y la camiseta, y la gorra y la bolsa tote y la alfombrilla de ratón. Y no recuerdo la última vez que me ilusionó tanto una partitura nueva.
Attwood también dirige (y diseña) el espectáculo con notable destreza y un alto nivel de acabado profesional, y Clay ha realizado la mayor parte de los arreglos para los intérpretes-músicos, mostrando un dominio magnífico de matices y estados de ánimo, utilizando con infinita inventiva los distintos instrumentos del «aula de música» que sirve como marco general de la acción. Además, han reunido a un elenco muy bien elegido para encarnar a un grupo de amigos del colegio. El propio Clay interpreta a Adam, a los teclados, el serio pilar sobre el que se sostiene la «banda» a la que vamos conociendo durante la función; James William-Pattison es el batería, Will, su grosero contrapunto de antaño; Toby Lee es Beefy, el guitarrista alto y afable que, de todo el grupo, es el único que mantiene una relación con Jaz, interpretada por Rosa Lukacs, una soñadora sensible pero con agallas; y luego están el relajado Sam de Peter Cerlienco y la pensativa Kat de Nell Hardy. Sin embargo, el espectáculo pertenece de verdad a la arrolladora interpretación de Hana Stewart como Ruth, la chica que tiene que madurar más deprisa, dejando muy atrás a sus antiguos amigos en el proceso: su presencia escénica es electrizante, y su registro vocal y su expresividad son soberbios. El magistral diseño de iluminación de Ben Jacobs —casi exclusivamente con perlas y blancos sobre una escenografía prácticamente monocroma— les permite entrar y salir del presente y del pasado, alternando entre sucesos «recordados» y el ahora. La dirección incorpora algo de «movimiento», pero, como es habitual en los montajes con intérpretes-músicos, las posibilidades de «coreografía» son algo limitadas.
Y, sin embargo, la energía, la pasión y el brillo de la partitura claman por fuerzas más grandes y espectaculares que le hagan justicia. Este es un montaje que debería ver cualquier productor o director que se precie, y que quiera encontrar y desarrollar una gran nueva pieza de escritura para el teatro musical británico. Probablemente no encontrarán muchas propuestas mejores este año, ni el siguiente. El guion, construido con ingenio y escrito con una economía y elegancia notables, crea personajes sólidos e instantáneamente reconocibles. Y las canciones —esas melodías maravillosas—, entre ellas: la estupendamente medida 'Welcome'; la parodia a lo Barry White, 'Maggie'; la seña de identidad (Clay es originario de Stoke-on-Trent) 'In This Town...'; el himno disco ochentero 'Victory'; y el corazón emocional del espectáculo en la devastadoramente eficaz 'The Invisible Girl'; sin olvidar el número que da título a la obra, un llenapabellones de estadio a lo Oasis-meets-Beatles, 'The State of Things'.
Hacía mucho tiempo que no recibía una partitura con tantas ganas y tanto placer, una que conecte de forma tan inmediata y amplia, y que además cree al instante una poderosa sensación de carácter y actitud. La obra todavía está creciendo y desarrollándose. El guion, aunque está muy bien escrito y maneja con acierto el humor contemporáneo, aún no tiene el mismo centro emocional y la misma fuerza que la partitura, y los autores son conscientes de ello y quieren seguir puliéndolo. Cualquiera que se sume a estos chicos y a su gran proyecto en su recorrido se lo va a pasar en grande con ellos. El espectáculo está en cartel hasta el final de la semana que viene, el sábado 23 de septiembre. ¡No os lo perdáis!
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