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RESEÑA: Whisper House, The Other Palace ✭✭✭
Publicado en
Por
julianeaves
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Whisper House
The Other Palace
Martes, 18 de abril de 2017
3 estrellas
La idea de un musical de historia de fantasmas en un ‘faro encantado’ debió de resultar irresistible para los autores de esta pequeña obra, con música y letras de Duncan Sheik (‘Spring Awakening’, ‘American Psycho’), libreto y letras de Kyle Jarrow, y concebida por Keith Powell. ¿Y por qué no? Siguen la senda, ya muy transitada, de creadores como Henry James, Virginia Woolf, Benjamin Britten y Jack Clayton. Nombres con los que invocar, por así decirlo.
Aquí nos encontramos en la costa de Maine, salpicada de faros tan queridos e inmortalizados por Edward Hopper —ese poeta del aislamiento introspectivo—, y de forma muy deliberada en los propios confines de Estados Unidos. Estamos en 1942, el primer año completo de EE. UU. en la Segunda Guerra Mundial, con U-boots acechando la costa y cazas rasgando el cielo. Uno de esos aviones de guerra, en llamas y con el padre del pequeño niño huérfano, Christopher (Fisher Costello-Rose o Stanley Jarvis), se estrelló en las aguas del océano, sumiendo a su madre en un estado de colapso nervioso permanente y llevándola al manicomio local. Así, a través de los ojos de este Inocente, nos acercamos al límite entre la vida y la muerte, a la frontera entre el mundo racional y lo que hay más allá. Se convierte en material perfecto para la atención de un par de espíritus lacónicos que habitan en la torre (Simon Bailey y Niamh Perry) y que, tras haber encontrado la muerte tiempo atrás por no encender la luz del faro la tía Lily, ahora se especializan en asustar a este nuevo inquilino. Mientras tanto, Lily se gana la vida como puede en compañía de un manitas niponestadounidense, Yasuhiro (Nicholas Goh), que aporta a la historia un toque de exotismo melvilliano, para gran y persistente irritación del sheriff local (Simon Lipkin), quien termina teniendo la misión de darle caza como fugitivo del internamiento. Y, a grandes rasgos, eso es todo. Hay bastante exposición (además, extensa), mucho repaso de acontecimientos pasados y poca acción: lo que ocurre —como Christopher quedándose atrapado en el agua salobre— resulta repetitivo y cíclico. El reparto hace un trabajo magnífico intentando humanizar y dramatizar la situación. Sin embargo, es una historia que en realidad no va a ninguna parte.
Simon Bailey, Dianne Pilkington, Nicholas Goh, Niamh Perry en The Whisper House
El diseñador Andrew Riley ha convertido este aspecto de la obra en su principio rector y ha creado un concepto escénico deslumbrante, materializado en círculos concéntricos de tarima de madera que descienden hacia el foso del escenario principal de The Other Palace; en los niveles superiores se sitúan la banda de 7 músicos (un cuarteto rock de admirable disciplina con trompa, trompetas y maderas, todo ello dirigido por el director musical Daniel A Weiss, con un sonido perfecto de Gregory Clarke) y unas sillas para comodidad del reparto, que permanece en escena durante los dos actos. Sumad a esto las proyecciones llenas de oficio de Mark Holthusen —incluidas animaciones ondulantes ligeramente surrealistas— y la iluminación de ambiente de Alex Drofiak, y tendréis una de las producciones más vistosas que han pasado por este escenario en mucho tiempo. Posee una sencillez y una coherencia realmente maravillosas, disfrutables por sí mismas. El director Adam Lenson mueve a su reparto por este espacio con precisión magistral, sincronizándolo todo con las ondulaciones de una partitura con ecos de country y folk-rock, mediante movimientos en espiral, giros y vaivenes, una y otra vez, arriba y abajo por sus niveles. Todo se presenta con un cuidado impecable y un respeto afectuoso por cada sílaba y cada nota del texto.
El reparto, a la altura de las exigencias que se le plantean, ofrece interpretaciones igual de meticulosas, de cuidado minucioso y matiz controladísimo. Siempre resulta agradable de escuchar, y se mantiene firmemente convencido del valor de sus personajes y de la sencilla no-historia que le toca contar. Y, momento a momento, el texto parece pedir precisamente este tipo de atención. El diálogo, por lo general, está bastante bien escrito, y los números musicales están concebidos con inteligencia; los arreglos de Jason Hart y, especialmente, las aportaciones de metales y vientos de Simon Hale son magníficas y hacen que la música suene realmente exquisita y absorbente. Debería funcionar. De verdad que debería.
Nicholas Goh, Simon Lipkin y Dianne Pilkington en The Whisper House
Y, sin embargo, no lo hace… no del todo. Aunque admiramos la destreza y la belleza de la propuesta, somos también constantemente conscientes de que nos la mantienen a cierta distancia. El tono sardónico de unos fantasmas fríamente burlones y la infalible capacidad de los personajes humanos para evitar cualquier interacción reveladora y abierta (en lugar de revelaciones calculadas que tienden más a desinflar que a avivar la tensión) se combinan para desconectar el corazón y, de hecho, también la mente del público. Somos conscientes de estar presenciando ‘algo’, pero parece que siempre lo vemos de soslayo, con el rabillo del ojo, por así decirlo. Nunca podemos enfrentarnos a ello de frente. Puede que esa sea la intención deliberada de los autores, o quizá de quienes la interpretan, o tal vez de ambos, pero el efecto es enfriar nuestro entusiasmo por los personajes y anular cualquier posibilidad de empatizar con ellos, y mucho menos de que nos importen.
En cuanto a la música en sí, está bien escrita, pero cuanto más la escuchas, más piensas que ya la has oído en otra parte, en una forma más emocionante. El propio número de apertura, tan claramente reminiscente de The Eagles, es un indicador contundente de una fuente creativa que se encuentra en otro lugar. Cada número musical consigue lo mismo: dirigirnos lejos de este espectáculo y hacia cualquier cantidad de otras ‘inspiraciones’. Esa cualidad ‘de segunda mano’ en la partitura es otro factor que hace que desconectemos y dejemos de prestar atención. En conjunto, es un experimento interesante, una desviación novedosa de las ‘normas’ del teatro musical. Si no llega a cumplir del todo sus ambiciones, bueno, no es lo peor del mundo, ¿verdad?
Hasta el 27 de mayo de 2017
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