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RESEÑA: An Oak Tree, Teatro Nacional ✭✭✭✭
Publicado en
Por
stephencollins
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Tim Crouch en An Oak Tree. Foto: Greg Veit An Oak Tree
Temporary Theatre, National Theatre
29 de junio de 2015
4 estrellas
Qué diferencia puede marcar un día.
Es una verdad demasiado olvidada que cada función de una obra teatral es distinta. La forma y la sensación general pueden ser parecidas noche tras noche, pero, siendo humanos como somos, siempre se producen pequeñas variaciones según la energía, la concentración, la salud y otros muchos factores que se acumulan. Esto puede jugar a favor o en contra, dependiendo del día en que veas la función.
Es realmente raro que el propósito de una obra sea ser diferente cada noche. Pero esa es precisamente la premisa de la pieza de Tim Crouch, An Oak Tree, que ahora se presenta en el Temporary Theatre del National. Se trata de una reposición por el décimo aniversario, codirigida por Karl James y Andy Smith, y con un actor distinto cada noche. No solo un actor distinto, sino uno que, según nos dicen, no ha ensayado ni ha visto el texto.
La obra gira en torno a un hipnotizador (interpretado por el propio Crouch) que presenta su número de segunda categoría en un pub, un año en el futuro, y que pide —y consigue— que algunos parroquianos suban al escenario para ser hipnotizados. Todos esos parroquianos son imaginarios, excepto el que interpreta el actor invitado. Los intercambios entre el hipnotizador y el actor invitado componen el cuerpo de la obra y se centran en la culpa y la pérdida que siente el personaje del invitado por la muerte repentina e inesperada de su hija, atropellada por un coche cuando, imprudentemente, se metió en la calzada sin mirar, con los auriculares puestos.
Revelar más sobre los giros y revueltas de la trama arruinaría por completo la experiencia, sobre todo porque resulta fácil imaginar cómo distintos intérpretes podrían —o pueden— sacar a la luz aspectos diferentes de la situación mediante énfasis distintos. Baste decir que se recompensa al espectador que presta mucha atención a lo que se dice y a lo que se hace.
Con unos 85 minutos la noche a la que asistí, la obra de Crouch es un ejercicio interesante. La presencia del actor invitado define la función, y la capacidad de ese intérprete para improvisar y empatizar con Crouch con muy poco margen, además de ganarse la confianza y la simpatía del público, es crucial.
Hasta ahora, en esta temporada, el papel invitado lo han asumido Conor Lovett, Maggie Service, Kate Duchêne, Philip Quast, Stephen Dillane y Naomi Wirthner. En la función que vi, el turno le tocó a Samuel Barnett.
Barnett tiene una calidez y un encanto natural en escena que hacen que sea fácil identificarse con él y comprenderlo. Sin aparentar ni un día más que cuando saltó a la fama como Posner en The History Boys, aquí Barnett iba a contracorriente: un hombre casado mucho mayor, padre de dos hijos, consumido por el dolor, vacío y perturbado. Al mismo tiempo, la pieza exige que Barnett sea él mismo a ratos, y sus reacciones ante el texto que se despliega suenan auténticas. Un humor contagioso impregnó su planteamiento, lo que hizo aún más poderosas las secuencias en las que la incertidumbre, el dolor o la ira eran la clave. La afabilidad y la cordialidad volvieron más profundo el desgarro y el remordimiento, y además sirvieron tanto para distraer como para complementar la forma en que Crouch manipula al público.
Hay mucho artificio aquí, que Crouch fusiona con maestría en una pieza inventiva de teatro creado a partir de la improvisación y (todavía) sorprendentemente original. Crouch se calza el papel del hipnotizador destrozado como un guante muy usado, y el efecto de su interpretación es similar: familiar, un poco suelta en algunos momentos, algo gastada en otros, pero extrañamente reconfortante. Desde luego sabe perfectamente lo que hace y, con el magnífico apoyo de Barnett, los pasajes clave resultan incómodos en el mejor sentido y absorbentes.
La música se utiliza con un efecto excelente, cambiando y modelando el estado de ánimo con facilidad. Al principio, parte del manoseo del equipo de sonido irrita, pero una vez que se establece el patrón de comportamiento deja de molestar y pasa a formar parte del cutre número de hipnosis de pub. Crouch se ha sumergido de lleno en el mundo que el público imagina y los resultados son impresionantes.
A Crouch le entusiasma el teatro que descoloca y empuja los límites, y An Oak Tree no es una excepción. Por momentos es brillante y nunca deja de ser cautivadora; al menos, así fue cuando Barnett era el actor invitado. En otros días, podría ser diferente: mejor, casi igual o peor. La dinámica entre los intérpretes, que normalmente se afina en los ensayos, aquí está esencialmente en bruto, y o funciona o no. Con Barnett y Crouch bailando esta tarantela de culpa, duelo y algún que otro engaño, es un ejercicio peculiar, original y fascinante en los extremos de la forma teatral.
Si puedes, no te la pierdas… y cruza los dedos para que tu actor invitado sea tan bueno como Barnett, o mejor.
An Oak Tree estará en cartel en el National Theatre hasta el 15 de julio de 2015
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