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RESEÑA: Cream, Teatro Canal Café ✭✭✭
Publicado en
Por
julianeaves
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Cream Canal Café Theatre
2 de julio de 2017
3 estrellas
La gente que se sentó a mi mesa para este suflé hipercalórico de primera hora de la tarde me dijo que les había atraído al teatro por dos cosas del texto de presentación: la promesa de algo «desternillante» y que incluía «comedia musical». Dicho y hecho. Sabían lo que querían, y lo tuvieron a raudales. Cuatro curtidos profesionales del espectáculo –Danielle Morris, Brendan Matthew, Katriona Perrett y Daniel Mack Shand– se subieron a la tarima junto al excelente director musical, Aron Clingham, para despachar una hora larga de ingenio y calidez en un concierto-catálogorepleto de temas de musicales de antaño olvidados, condenados, desestimados o ninguneados. Y la encantadora pareja joven a mi lado quedó completamente satisfecha con lo que vio.
El número de apertura –con una pequeña excepción– es «It’s A Musical», del nada vapuleado «Something Rotten», y además es muy agradable volver a escucharlo. Con dirección y también coreografía a cargo del aparentemente inagotable Tim McArthur, el tema rebosa encanto y, de algún modo, marca el tono del espectáculo. Enseguida pasamos a «I’m Ev’rybody’s Girl», de «Steel Pier» (Kander y Ebb), cargada de rimas triples perfectas y una amoralidad descarada; luego otra joyita, «Blue Crystal», del igualmente vapuleado «The Rink»; y después «It’s A Business», del «Carmen» del mismo tándem, casi borrado por completo de la memoria colectiva.
Volviendo a este lado del charco, descubrimos los placeres ocultos de la partitura de Tom Jones (sí, ESE Tom Jones) para «Matador», un espectáculo probablemente más conocido por su cartel que por las funciones que alguien haya llegado a ver: «The Boy From Nowhere» tiene una letra preciosa y una melodía muy bien trazada, injustamente ignorada. Bueno, en realidad, Michael Ball la grabó. Ya se sabe: los artistas con buen criterio saben mantener vivas estas cosas; y eso se aplica a buena parte del repertorio de este bolo.
La cómicamente encantadora «Hobbits’ Song» de «El Señor de los Anillos» está –francamente– más allá de la parodia, al ser una celebración exuberante del galimatías. (Y el galimatías no es un idioma hobbit oficial: es el efecto creado por la –sin duda, deliberadamente– horripilante ineptitud verbal de Matthew Warchus y Sean McKenna). Da un vuelco el corazón al descubrir a grandes artistas capaces de grandes pecados; y aún –te alegrará saberlo– queda más por venir…
Un popurrí de musicales jukebox o de catálogo de los 80 y 90 trae material para marcar el ritmo con el pie de «9 to 5» (un espectáculo que funciona perfectamente en escena, y me pelearé con cualquiera que lo niegue hasta la muerte con programas enrollados en el aparcamiento, ahora mismo), «Flashdance» –algo más discutible– y el realmente terrible «Viva Forever». Aun así, esto es suave comparado con los horrores del grotesco «Sherlock Holmes» de 1989: una obra de lo más chabacana, cursi y hecha de material de derribo.
Compitiendo con eso, «March of the Falsettos» sigue dividiendo opiniones. «Four Jews in A Room, Bitching» suena fatal, pero es que en realidad pretende sonar así. Y tengo que decíroslo, gente: este espectáculo no va a desaparecer. De hecho, vuelve. Cualquier día de estos. Repasad el Talmud. Y ya que estáis, refrescad también conceptos de fuga y contrapunto, porque la partitura, si algo es, es neuróticamente «sofisticada».
Y luego, vuelta al Reino Unido, y a aquel aparatoso accidente de ascensor que fue «Metropolis». ¿Fue? ¿Es? ¿Fue? ¿Es? Lo están reponiendo en el emprendedor Ye Olde Rose and Crowne (director musical residente: nada menos que el propio Maestro Clingham), en octubre de 2017: ¡¡entradas ya a la venta!! Es cierto: el principal motivo para detestar este espectáculo era la aparición de Brian Blessed en el papel dominante. Lo vi tres veces y, a día de hoy, no sabría deciros qué se suponía que estaba haciendo, pero sí puedo deciros que estaba en casi todas las escenas. O al menos eso parecía. En realidad, creo que simplemente estaba «mal elegido»: hizo lo que pudo para hacerlo bien, pero no terminaba de ayudar. El espectáculo está injustamente olvidado. Por ejemplo, tiene uno de los mejores –de los mejores de verdad– arranques del segundo acto que he visto jamás, sobre todo con la glamourosa coreografía y el vestuario que le dieron en el Piccadilly; pero, por desgracia, ni siquiera eso bastó para resucitar a una criatura ya difunta. Qué pena. Un tema como «It’s Only Love», incluido en esta reseña, merece la pena escucharlo.
La escena de construcción del barco de «Moby Dick», en cambio, no. Es un número flojo de un espectáculo que tiene material mucho mejor. Sin embargo, si el objetivo de este brebaje es también, de vez en cuando, echar un poco de sal en las heridas de entretenimientos abatidos, nada podría escocer más que esto. Es espantoso.
No así la gran canción de amor de «Les parapluies de Cherbourg». ¿Cómo? ¿No hablas francés? ¡Zut alors! El espectáculo se llama –en inglés– «The Umbrellas of Cherbourg» («Los paraguas de Cherburgo»). Es una delicada golosina, hilada con el azúcar de las almibaradas melodías de Michel Legrand y sostenida por nada más que la fe en sí misma a la francesa. Si le quitas el elemento francés, se desmorona en un polvo intragable. Aquí «I will wait for you» se estira hasta la enésima potencia, mucho más allá del punto de ruptura del público, y se presenta como una farsa cruel y despiadada. Ay. Michel, perdona que te hagan esto.
Y aun así, «Out, out, out!» de «Batboy» está aquí para recordarnos… ¿qué, exactamente? El espectáculo es una sátira –más o menos– y disfruta de una notoriedad de culto que parece haber sido su objetivo principal desde el estreno. Es como quedar atrapado en una película de serie B, de la que no va a haber salida. Bueno, sí hay un final –bien jacobeo– y las canciones hay que escucharlas en ese contexto espeluznante. Vale: lo admito, tengo debilidad; a mí este espectáculo me gusta. Bueno, vale, me gusta mucho. Muchísimo. Del mismo modo, «Glitterboots», del increíblemente desastroso –pero eternamente repuesto– «Saucy Jack and the Space Vixens», es otro número que, una vez lo has oído interpretado por gente como Jamie Birkett y compañía, es imposible sacarte de la sangre. Te infecta. Y aquí incluso tenemos la coreografía original (¡reto a cualquiera, a cualquiera, a montar este espectáculo sin ella!). ¿Qué no va a gustar? Es como un número de baile no demasiado bueno de «Top of the Pops». ¿Eso es un delito?
Bueno, ¿y qué hay de «Dance of the Vampires»? Un espectáculo que no se ha atrevido a asomarse a la luz de un teatro del West End y, sin embargo, se representa una y otra y otra vez en la mayoría de países germánicos y magiares como si nada pudiera destronarlo. El tema de Jim Steinman, «Total Eclipse of the Heart», al parecer se usa en este espectáculo, pero ¿dónde? No lo encuentro en la lista. «¿Y por qué estás intentando averiguarlo?», os oigo preguntar… No diré ni una palabra, salvo para señalar lo terriblemente graciosa que es la puesta en escena que le dan aquí; y –no, no, no– ni la tortura ni el dinero me sacarán más detalles. Id a verlo por vosotros mismos. Es el punto álgido del espectáculo, el momento en que la magia sucede de verdad. (Estaría bien que hubiera unos cuantos momentos más así en la hora larga que pasamos con esta gente tan encantadora, pero es lo que hay).
Ah, y hay una coda. Cerramos con el precioso número de marca registrada, muy al estilo de Liza, de «See-Saw» de Cy Coleman: «It’s Not Where You Start, It’s Where You Finish». Y no podría estar más de acuerdo. Sí, todo este espectáculo –montado a la carrera en apenas una semana– podría brillar un poco más con algo más de ensayo y pulido, pero el final rebosa un optimismo lleno de brío y buen humor. Y aún no se ha acabado. Seguid escuchando, y seguid mirando al escenario. No os arrepentiréis.
Todos los domingos hasta el 23 de julio
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