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RESEÑA: En algún lugar de Inglaterra, New Wimbledon Studio ✭✭✭✭

Publicado en

Por

julianeaves

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Somewhere In England

New Wimbledon Studio

15 de octubre de 2016

4 estrellas

Este es el redescubrimiento más importante y emocionante de un musical británico ‘perdido’ desde el reestreno de 1982 en el King’s Head Theatre de ‘Mr Cinders’, de Vivian Ellis (una producción que después se trasladó al West End, donde estuvo en cartel quince meses y ha seguido disfrutando de reposiciones por todo el mundo).  Escrito originalmente en 1987 para el excelente grupo amateur Questors Theatre de Ealing, con música del relativamente poco conocido Gordon Caleb, letras de Caleb y Vincent McQueen, y libreto de Jean Caleb, se representó durante una sola semana y, increíblemente, no se ha repuesto desde entonces. Aun así, ha seguido fascinando a muchos de los 27 integrantes de la compañía original, y una de ellos —Sheila Daniels— ha logrado ahora producir y dirigir (con encanto) una muestra profesional, que acaba de agotar localidades en su breve estancia en el emprendedor Studio del New Wimbledon.

Se entiende perfectamente por qué gusta tanto al público. Desde el número de apertura, con los habitantes de un pequeño pueblo ‘en algún lugar de Inglaterra’ (como decía aquella frase impersonal de los partes de guerra) despidiendo a sus jóvenes para luchar contra los alemanes —y, al mismo tiempo, recibiendo una base del ejército estadounidense y su población de GIs—, la música, bellamente construida, es de inmediato melódica y encantadora, cálida en sus armonías y ágil en su ritmo; y las letras, perfectamente cinceladas, resultan directamente seductoras.  Por el resumen del número inicial, también se puede intuir que la narración del espectáculo es técnicamente muy hábil: con los mínimos recursos se condensa la máxima cantidad de historia en los números musicales, expuesta con claridad gracias a la siempre inventiva coreografía de Madeline Eaton-Belton (a la que contribuyen con solvencia dos miembros del reparto, mayoritariamente joven, Ryan Ferrie y Aaron Jenson).

Hasta aquí, todo funciona de maravilla, pero es en el segundo número, un vals nostálgico y a la vez ingenioso para dos de las matronas del pueblo (Patsy Blower y Olivia Maffett), ‘What Went Wrong?’, cuando nos damos cuenta de que Gordon Caleb es un melodista de primera, capaz de tocar el corazón con —como diría Cole Porter— un estribillo constantemente sorprendente, utilizando las dos voces femeninas para crear armonías exquisitas.  La comparación viene al caso.  Esta partitura evoca con brillantez los estilos musicales de la época en un pastiche magistral que, aun así, nos convence de que realmente pertenece a su tiempo y suena siempre ‘auténtica’, nunca impostada; pero es que Caleb vivió aquellos años y sirvió en la RAF: ese es su sonido.  Lo mismo puede decirse de las letras, que —aunque asombrosamente pulidas y elegantes— siempre tienen un poso de verdad: creemos en los personajes que las cantan y, cada vez más, nos importan.  El libreto logra el mismo efecto sencillo de ser inmensamente luminoso y agradable, y también absorbente: aunque el argumento es finísimo, está escrito con tal destreza y con una comprensión tan perfecta de la forma elegida —la comedia musical— que hay que aceptar sus personajes y situaciones tal como son y, de hecho, terminar viendo en sus frivolidades de algodón de azúcar tantos rasgos de nosotros mismos.

El tercer número, una pieza de lucimiento para la llegada de los GIs, ‘Me! Me! Me!’, es una canción-lista a lo Porter cuyas letras deslumbran y deleitan hoy con la misma frescura que cuando se escribieron por primera vez, o, en realidad, cuando el genio cómico de Cole brillaba en los años 40.  La inteligencia de la escritura halaga al público; el espectáculo nos dice que estamos a la altura de su brillantez literaria y sofisticación, y la producción hace todo el trabajo para que el sentido del texto quede claro.  A estas alturas lo estamos pasando realmente bien, pero —como siempre aquí— lo mejor todavía está por llegar.

La secuencia en la que escuchamos a algunos vecinos hostiles, ‘Yanks, Go Home!’ (a cargo de los entrometidos NIMBY, Mr Crowe (Derek Elwood) y Mrs Johns (Annie Aldington)), seguida de un coro femenino diegético que anima el té de la tarde organizado por el vicario (Tony Barber, recreando brillantemente su caracterización original de 1987) con una parodia pastoral, ‘In the Country’, y rematada por las quejas de los soldados frustrados, ‘We Wanna Go Back Home’, es donde Caleb demuestra un dominio absoluto de su forma.  En un golpe de genio completamente inesperado, las tres canciones no solo se apilan una sobre otra, sino que se entretejen con una habilidad sencillamente mozartiana, con las voces entrando y saliendo como en el final de una sinfonía: es un número de conjunto magnífico.

A continuación lo remata con un dúo amoroso ligero y encantador, ‘Funny Old You’, para Marjorie (la reprimida maestra de Stephenie De Whalley) y Chuck (el afectuosamente desenfadado Sam Landon).  Luego cambia de ánimo con gusto para su número de ‘chica mala’, ‘Eva’, que es otro tipo de dúo para otra pareja de casi amantes (o no): la traviesa pero buena, al estilo Barbara Windsor, que da título a la canción (una Hannah Ponting magníficamente cómica y vivaz), que no se conforma con un solo chico (el cabo Frizelli, interpretado aquí por un auténtico yankee, Matt Fulbright… y no, no sé si tiene alguna relación con el famoso fundador de las becas transatlánticas) —quiere la libertad de elegir entre todos, exhibiendo una independencia llena de brío que lleva con total aplomo.  Es un mundo, un poco como el de Mozart, en el que las mujeres siempre salen ganando.

Después volvemos a escuchar a los chicos; las quejas habladas de Joe (el espléndido tenor con voz a lo Dick Haymes de Ryan Ferrie) y del tercer GI, Elmer (el caballero sureño, Jensen), se funden sin costuras en otra canción perfectamente caracterizada, ‘Will She, Won’t She?’, que resulta ser un número de transición increíblemente bien construido: empieza en mitad de una escena y nos deja, al terminar, en mitad de la siguiente, sin la menor sensación de corte, mostrando una vez más la asombrosa capacidad técnica de Caleb.  Y luego, para concluir el Acto 1, presenta otro número de conjunto para toda la compañía con un jive impulsivo que resuena frenéticamente en los oídos y la mente del público durante todo el intermedio.

He dedicado tanto tiempo a analizar las piezas individuales de la primera mitad por una razón de peso: quiero poder responder a la pregunta: ‘¿Por qué un musical tan bueno como este ha sido ignorado durante tanto tiempo?’   Y si un espectáculo así se queda olvidado y desatendido, ¿cuántos otros grandes títulos habrá ahí fuera esperando a ser descubiertos?  Quién sabe.

Baste decir que la segunda mitad reparte deleites a partes iguales.  Abriendo el acto, el número titular para los británicos es una pieza preciosa que podría haber sido un éxito de Vera Lynn.  Está el juguetón ‘Compatability’, el reflexivamente maduro ‘Growing Up’, que explora los compromisos morales que surgen de las respuestas pragmáticas a la separación y a la brevedad de la vida en tiempos de guerra (Patsy Blower está brillantemente dividida en esta escena, como madre del chico que fue el predecesor de Joe en el afecto de Phyllis antes de que él apareciera y le causara a ella también tan buena impresión), y luego llega el espectacularmente atlético ‘Do It For Uncle Sam!’ para los GIs, una canción que a Irving Berlin le habría encantado firmar como propia (aquí encabezada por el magnífico tenor de Fed Zanni, como el sargento Meyer).  Dividida entre dos chicos, Phyllis (Kluane Saunders, de voz dulce) tiene que escribir una carta de ‘Dear John…’ en ‘I Don’t Know How To Tell You’.  Luego, en un giro que recuerda a los dramas de Noël Coward, donde la tentación se pone delante de los ojos de una inglesa respetable y esta, a menudo en el último momento y gracias a alguna intervención externa afortunada, se resiste, el tiempo avanza: llega una carta rara del enamorado y, antes de que nos demos cuenta, los GIs se marchan para abrir el segundo frente en Normandía.  Y, sin embargo, bajo la ligereza y la alegría del mundo de la comedia musical que habitamos, operan emociones más oscuras, y aterrizan con elocuencia, otorgando a esta obra profundidad y resonancia.

La banda permanece en el escenario todo el tiempo, y vestida con prendas de GI encaja a la perfección, sobre todo cuando se le pide estar ‘en personaje’ como conjunto en la escena de baile: los deliciosos arreglos del director musical John Spanyol son en gran parte improvisados por él y su combo de estilo jazz, Diccon Cooper (bajo), Dave Tandy (batería) y George Millard (cañas y maderas: ¡hay algunos momentos a lo Tommy Dorsey para el clarinete!), y esa espontaneidad aporta una frescura adicional al sonido.  Y el vestuario —del que hay MUCHÍSIMO para las chicas— es precioso.  Pero la puesta en escena en sí solo requiere cinco bancos inmensamente versátiles, un panel y una silla, lo que da una velocidad y una fluidez a las transiciones que se sienten muy contemporáneas.  La iluminación es de Jed Brook, y Christopher Gadd crea un paisaje sonoro muy útil, y la dirección técnica general corre a cargo de Stuart French.

Daniels ha ajustado con eficacia el guion original y aquí presenta la historia como una acción fluida para solo 13 intérpretes: aunque en la trama pasan varios años, consigue que los saltos temporales parezcan invisibles, manteniendo siempre nuestra atención en la importancia de las relaciones entre los personajes.  Con el enorme éxito de este taller a sus espaldas, bien podría querer volver a revisar el guion o la interpretación, quizá con la idea de ir aún más lejos, especialmente en el segundo acto, cuando las emociones quedan más a flor de piel y expuestas: puede que el público de hoy quiera y necesite escuchar más del conflicto que viven los personajes —entre los amantes que han cedido, por ejemplo—, y la ira de Elmer podría ser más furiosa de lo que permite actualmente el arreglo de su ‘I Get The Run Around’. En un espectáculo con tanta dulzura, también necesitamos una buena y contundente dosis de sal.  Basta pensar en cuánta intensidad dramática sacó el National Theatre del texto de Hammerstein para ‘Oklahoma!’, un título que no destaca precisamente por su aspereza, para apreciar que bajo la sonrisa de los años 40 suele haber mucho dolor humano.  Son, no obstante, detalles relativamente menores en un espectáculo que está en muy, muy buena forma.

Otros trabajos de Gordon Caleb incluyen obras realizadas para el City Varieties de Leeds, entre ellas ‘Strike a Light’, sobre la huelga de las cerilleras de Bryant and May, que se trasladó al Piccadilly de Londres, y ‘Dearest Dracula’, producido en Dublín.  A la vista de esta excelente recuperación, desde luego merece la pena conocerle mejor.   Mientras tanto, aquí tenemos esta estupenda producción de una gran comedia musical, perdida durante mucho tiempo y ahora recuperada.  ¿Quién se apunta?

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