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CRÍTICA: Stephen Ward, Teatro Aldwych ✭
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stephencollins
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Alexander Hanson y Charlotte Blackledge en Stephen Ward. Foto: Nobby Clarke Stephen Ward
Teatro Aldwych
20 de diciembre de 2013
1 estrella
Admito encantado que soy fan del trabajo inicial de Andrew Lloyd Webber (Joseph; Superstar; Evita; Cats; Song and Dance; Starlight Express; Phantom) e incluso de buena parte de su producción posterior (Beautiful Game; Whistle Down The Wind; Aspects of Love; Sunset Boulevard). Es un compositor capaz de melodías realmente notables y de un ingenio musical admirable. En cartel actualmente en el Teatro Aldwych está su último trabajo, Stephen Ward, dirigido por Sir Richard Eyre. El libreto y las letras corren a cargo de Christopher Hampton y Don Black y a ambos habría que azotarlos públicamente: es el peor libreto y las peores letras de cualquier espectáculo que haya visto jamás.
La pieza no tiene idea de lo que está haciendo: no cuenta ninguna historia bien ni con emoción. Sabes lo mismo sobre Stephen Ward y su papel en el escándalo Profumo cuando cae el telón final que cuando suenan las primeras notas en la orquesta.
No sabes qué motivaba a ninguno de los principales implicados en el escándalo, cuáles fueron los puntos clave, por qué cayó el gobierno, por qué el establishment se volvió contra Ward, qué fue de Keeler y Rice-Davies o qué provocó la caída del propio Profumo. Hay mucho ir y venir esbozado, pero ninguna línea clara, ningún impulso narrativo. Y ninguna sensación de que haya un artificio o un concepto completo sosteniéndolo.
El lamentable decorado y vestuario de Rob Howell no ayudan en nada; el diseño trabaja activamente en contra de cualquier sensación de época o de drama. Hay cortinas y proyecciones y paneles planos sin relieve, y algún que otro sofá, silla o mesa. Es lo más deslucido posible; el Rooty Hill RSL se avergonzaría de este decorado.
Hay cinco melodías realmente buenas: Super-Duper Hula-Hooper; This Side of the Sky; You've Never Had It So Good; I'm Hopeless When It Comes To You y Too Close To The Flame, pero ahí termina todo. El resto de la partitura es risible en casi todos los sentidos. Y mortalmente aburrida. Y pretenciosamente engolada y derivativa.
Sin embargo, resulta difícil saber si eso se debe sobre todo a las orquestaciones, que son bastante lamentables y que, para más señas, son cortesía del propio Sir Andrew. Por lo general deja las orquestaciones en manos de otros, una decisión sabia, francamente. Y aunque aquí a la orquesta no se le puede reprochar nada, y Graham Hurman dirigió con brío y una conexión clara y resonante con la música, el simple hecho es que las orquestaciones le roban a la mayor parte de la música su mayor potencial, y parte de esa música, para empezar, tampoco es que tenga tanto.
Hurman ve lo que la música podría ser y reacciona a ello; verlo en el foso sugiere una música más funk, más viva, más emocionante que la que te llega desde el escenario. Uno preferiría oír lo que Hurman está sintiendo a lo que realmente está escuchando. La sensación irresistible es que esto es una buena partitura, sin letras, para una serie de televisión o una película, pero no puede sostener un empeño teatral.
El reparto sobreactúa cantando y gritando con demasiada frecuencia, lo cual es curiosamente incomprensible, porque todos pueden cantar claramente… y muy bien. A veces están tan altos que las letras quedan ahogadas, lo cual quizá sea una bendición, pero lo mejor es que el público decida por sí mismo.
La dirección de Eyre hace que avance a paso de glaciar: el primer acto parece de tres horas cuando solo dura una. Aunque también cuesta creer que cualquier director pudiera hacer que esta narración, estas letras, chispeen y brillen.
La coreografía de Stephen Mears es tan encantadora e ingeniosa como cabe esperar, y esto se nota especialmente en la secuencia de orgía de You've Never Had It So Good, pero también en cada momento en el que se aprecia su mano.
Del reparto, quienes más destacan son la Valerie concisa de Joanna Riding y el Profumo pomposo, guiado por el instinto de entrepierna, de Daniel Flynn. El solo de Riding en el segundo acto es lo más cerca que esta partitura llega a la magia de Lloyd Webber pero, ay, en realidad no llega lo suficiente.
Alexander Hansen es elegante pero, en última instancia, tibio como Ward, en parte por la escritura y en parte porque no energiza lo suficiente al personaje. Uno nunca sabe por qué hace lo que hace. Aun así, es difícil no sentir lástima por él, porque está claro que lucha con valentía por cargar con el imposible peso que el equipo creativo le ha echado encima.
Charlotte Spencer tiene algo del aspecto de la joven Diana Rigg, pero su parecido con la Dame termina ahí; su Christine Keeler es un lienzo en blanco, como Patrick Bateman en American Pyscho. Cero calidez y aún menos empatía. Canta bien al comienzo de la pieza, pero se desinfla rápidamente. Charlotte Blackledge está estridente y desafinada como Mandy Rice-Davies, un personaje que llega sin presentación y cuyo papel en los acontecimientos nunca se explica del todo. Es como una producción de Gypsy en la que nunca te dicen que Tulsa quiere bailar: simplemente no tienes ni idea de por qué forma parte del espectáculo.
Hay buen trabajo de apoyo por parte de Anthony Calf, Martin Callaghan, Kate Coysten, Wayne Robinson y Emma Kate Nelson. La mayor parte del resto del reparto necesita contenerse, encontrar algo de verdad en las secciones de villano de bigote retorcido o en los segmentos de caderas en constante empuje.
Los musicales no se vuelven interesantes solo porque alguien diga «Fuck», otra persona simule sexo y alguien más aparezca desnudo. Tiene que haber un hilo narrativo, por endeble que sea, un propósito, un punto y, lo más importante, un corazón.
Stephen Ward no tiene corazón y aún menos un concepto o un artificio que lo sostenga. Como primer taller, se calificaría de aventurado pero equivocado, con muchísimo trabajo por hacer en el libreto, las letras, la orquestación y la partitura (en ese orden). En el West End, a 67,50 £ la entrada, es una aberración. Viva Forever! era mejor que esto, en todos los sentidos.
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