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RESEÑA: No te lo puedes llevar contigo, Teatro Longacre ✭✭✭✭
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Por
stephencollins
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Annaleigh Ashford, Reg Rogers, Elizabeth Ashley, Kristine Nielsen, Mark Linn-Baker, James Earl Jones y Patrick Kerr. Foto: Joan Marcus You Can't Take It With You
Longacre Theatre
29 de octubre de 2014
4 estrellas
George S Kaufman y Moss Hart fueron en su día los reyes de Broadway. Eran maestros de su oficio: escribían guiones ingeniosos y elaborados para grandes comedias, colaboraban con otros dramaturgos y compositores, y dirigían su propio trabajo y el de otros. Su única colaboración que obtuvo un Premio Pulitzer, en 1936, fue You Can't Take It With You, un plano en tres actos para el disfrute sin complicaciones y quizá la comedia “chiflada” por excelencia.
En cartel en el Longacre Theatre de Broadway está el deslumbrante reestreno de You Can't Take It With You dirigido por Scott Ellis, una producción que, a lo largo de tres actos y 150 minutos, te recuerda lo divertido, encantador y contagioso que puede ser el buen teatro a la vieja usanza. Puede que no sea el reestreno más desternillante, ni el mejor interpretado, ni el más reinventado o vanguardista que Broadway vea este año, pero sin duda es un firme candidato a la reposición más encantadora. Y eso está bien, porque Kaufman y Hart escribieron esta obra para ser encantadora, no solemne.
Ellis lo entiende a la perfección. Su dirección es fluida y segura, con infinitos destellos de alegría en cada rincón del espacio donde transcurre la acción. Hay risas forzadas, risas naturales, risas suaves, carcajadas y, durante toda la función, muchísimas sonrisas. Sin embargo, al llegar al acto final, te das cuenta de que Ellis tenía un propósito claro desde el principio: un truco de magia que ejecuta con una finura admirable.
La obra gira en torno a la salvaje y maravillosa familia Sycamore. La mayoría, en realidad, no tiene trabajo, y decir que cada uno es idiosincrático sería quedarse corto. Son una colección de adorables extravagantes: el Abuelo abandonó la carrera de ratas hace 35 años y vive para el placer; el Padre juega con juguetes y diseña fuegos artificiales para vender, así que las explosiones desde el sótano son de lo más; la Madre escribe obras porque un día le entregaron por error una máquina de escribir, y antes de eso “pintaba”; la Hermana quiere ser una estrella del baile, lleva zapatos de claqué todo el tiempo y adopta poses vistas en el cine mudo, y su marido es amanerado (de una forma que hace que Julian Clary parezca un machote) y está obsesionado con las imprentas y con “causar impresión” al saludar a alguien por primera vez; y Alice, supuestamente la “normal”, tiene un poco de todos ellos y adora profundamente a su familia.
Y por el camino van sumando a otros, de modo que la extravagante “fauna” Sycamore resulta aún más variada de lo que sugieren los miembros centrales de la familia. Cuando Alice se enamora perdidamente de Tony Kirby, un respetable aspirante a magnate de Wall Street, se da cuenta de que no tienen futuro: su familia, rica y con credenciales impecables, nunca aceptará a sus parientes eclécticos. Así que Tony lleva a su madre y a su padre a conocer a sus futuros suegros, y a partir de ahí se encadenan el caos, la indignación, el encarcelamiento, el desamor y el autodescubrimiento. Por no hablar de fuegos artificiales que explotan, actrices borrachas y una aristocracia rusa imposiblemente grandilocuente.
Todo está trazado con mimo, los personajes están magníficamente escritos y las situaciones resultan sorprendentemente frescas pese a haber pasado casi 80 años. Si esta reposición demuestra algo, por encima de todo, es el genio de Kaufman y Hart.
El primer acto presenta al público las excentricidades extremas de la familia. Ellis lo aborda sin ningún tipo de contención, y el resultado es que a veces las cosas parecen un pelín forzadas. Pero la verdad es que Ellis se asegura de que el público comprenda lo extremos que son estos personajes, lo frenéticas y extrañas —y, aun así, completamente serenas— que son sus vidas en común, y lo acogedores y tolerantes que resultan. La leche de la bondad humana no les corre por las venas: les recorre a la velocidad de la luz.
El efecto es que, en el segundo acto, cuando llega la familia de Tony, el público ya está acostumbrado a los extremos de la familia y de sus satélites, de modo que la altiva repulsión de los padres de Tony parece comprensible, pero injusta, carente de decencia. Es un trabajo inteligente tanto de Ellis como del magnífico reparto. Y hace que las resoluciones del tercer acto estén sostenidas por una emoción real y por la esencia de lo humano. Nunca cae en lo ñoño, pero termina siendo bastante conmovedora: la excentricidad y el individualismo se imponen a la sumisión ciega a una norma dictada por la presión social. Resulta que hay un mensaje en medio de la locura, un mensaje con mucho que aportar en este siglo.
El reparto, repleto de estrellas, está soberbio. Rose Byrne, en su debut en Broadway, está preciosa y chispeante como la “normal” Alice. Sus ojos delatan las tendencias salvajes de su familia y tiene momentos de comedia física deliciosos. Y su relación con el apuesto Tony de Franz Kranz es totalmente convincente: torpe, floreciente y real. Él es una alegría cómica, especialmente en la escena en la que le pide la mano, pero también —de forma constante— en sus reacciones silenciosas ante las rarezas que se encuentra en la casa Sycamore.
Kristine Neilsen está maravillosamente chalada y, a la vez, sincerísima como la madre cariñosa de Alice. Tiene una voz estupenda y aquí la utiliza a la perfección, encontrando siempre que puede esa bruma de vaguedad que potencia la comedia. Frente a ella, su marido inventivo y explosivo, interpretado por Mark Linn-Baker, lleva el timón del buen barco de la contención, y eso da muchos réditos cómicos. Su desenfreno es interior, cerebral; Neilsen exterioriza de maravilla las excentricidades de su personaje: forman un tándem estupendo.
Annaleigh Ashford está desatada como la obsesionada con el baile, fabricante de caramelos y estudiante de ruso; tan desatada que casi podría estar en órbita. Pero es una interpretación de gran coherencia, y consigue cada risa que se propone. A la altura de su extremismo —y quizá explicándolo en parte o, como mínimo, complementándolo— está Ed, su marido, interpretado por Will Brill: amanerado y bobalicón. Al principio parecía demasiado ridículamente extremo, un exceso de pluma; pero la energía incansable y el compromiso que mantiene con esa extremidad a lo largo de los tres actos demuestra que sus elecciones interpretativas eran acertadas. Forman una pareja dispar fabulosamente memorable.
Hay cameos maravillosos de Julie Halston (su ascenso borracha a cuatro patas por una escalera mientras recita un limerick que a ella le parece graciosísimo es uno de los grandes momentos de la noche), Elizabeth Ashley (hilarante como la aristócrata rusa que ahora cocina en un diner de Times Square) y Johanna Day (su dama de la alta sociedad con querencia por la lujuria es una delicia absoluta).
Y, en lo más alto, con una elegancia natural y un brillo travieso en la mirada, está James Earl Jones, totalmente cómodo como el patriarca de los Sycamore. Su voz única y su carisma palpable ayudan a que cada momento funcione, ya sea aleccionando a un funcionario sobre los males del impuesto sobre la renta, dando permiso a su nieto político para formar una familia o poniendo en su sitio al altivo señor Kirkby (una magnífica interpretación de Byron Jennings). Es una alegría absoluta en el papel y uno de esos raros ejemplos en los que el reparto “ciego al color” funciona de verdad.
El resto del elenco también está encantador y realiza un trabajo excelente. Nadie busca el protagonismo de manera impropia ni recurre a recursos que no encajen. Hay un hermoso sentimiento de unión en todo el conjunto, algo, por supuesto, crucial en un vehículo como este.
La escenografía de David Rockwell es espectacularmente buena. Primero, un exterior de calle, donde una casa colorida queda encajada entre otras más aburridas y convencionales; luego gira y se revela el interior recargado y excéntricamente colorido de la residencia Sycamore. Las paredes y las superficies están repletas de cachivaches y objetos —incluso un tanque con serpientes vivas— y no hay tiempo suficiente para absorber todo el detalle. Maravilloso. El espléndido vestuario de época de Jane Greenwood es perfecto y precioso, especialmente para Byrne, Nielsen y Ashley. Hay unos zapatos de morirse.
Jason Robert Brown aporta una deliciosa música incidental que nunca estorba, pero siempre refuerza esa sensación de alegría contagiosa.
You Can't Take It With You es un paquete de alegría made in Broadway, capaz de iluminar hasta el ánimo más sombrío. Y, al contrario de lo que dice el título, lo que sí puedes llevarte de esta producción es esa sensación feliz que la comedia amable puede crear y sostener.
You Can't Take It With You estará en cartel hasta el 22 de febrero de 2015.
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