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NOTICIAS

RESEÑA: Drunk Shakespeare, Roy Arias Stages ✭✭✭✭

Publicado en

14 de abril de 2015

Por

stephencollins

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Drunk Shakespeare

Roy Arias Stages

10 de abril de 2015~

4 estrellas

La excelencia teatral adopta todas las formas y tamaños, en distintos lugares y de diferentes maneras. Puede encontrarse en una escritura luminosa y vibrante, en una interpretación desafiante y llena de bravura (actuación, danza, canto, mimo, la lista continúa), en la espléndida materialización de la imaginación de un diseñador (de escenografía, vestuario, iluminación o sonido) o en la forma en que la combinación de algunos o todos esos elementos produce resultados inolvidables gracias a un director con una visión especial.

A veces aparece en lugares inesperados y de maneras sorprendentes.

Muchas noches hoy en día, en cualquier semana en Nueva York —a veces incluso dos veces en la misma velada—, un pequeño espacio en una de las plantas superiores del Roy Arias Stages, en la calle 43 Oeste, acoge los encuentros de The Drunk Shakespeare Society, «un club de bebida con un problema con Shakespeare». Son veladas picantes, brutas y desternillantes, en las que un puñado de talentosos intérpretes corretean a través de aproximaciones bastante libres a los textos del Bardo, más o menos contando las historias de sus obras, pero con el énfasis puesto en la diversión tontorrona más que en el estudio complejo del personaje.

El resultado es una gamberrada teatral fresca, frívola y algo interactiva. Parece improvisada y poco sofisticada, pero en realidad es fruto de un trabajo cuidadoso y meditado, de una excelencia en la improvisación y de un profundo entendimiento de las dinámicas y las cualidades de cada integrante de la troupe.

Hay dos cosas que hacen que esta troupe resulte especialmente impresionante. En primer lugar, todo lo que hacen ocurre con el espectador más cercano a menos de un brazo de distancia y con el público ya borracho, bebiendo o, como mínimo, alegremente familiarizado con el alcohol: al entrar, todo el mundo recibe un chupito de licor fuerte para tomárselo de un trago, y durante toda la función se compran y consumen bebidas (y se anima a hacerlo).

Esto significa que, a medida que avanza la noche, la imprevisibilidad de la tendencia del público a interrumpir o incluso participar en la jocosa comedia interpretativa aumenta en proporción directa a cómo se dispara la intoxicación en su torrente sanguíneo. En cierto modo, por supuesto, esto es auténticamente shakespeariano: el público de Shakespeare podía ser muy vocal durante las funciones y podía (y de hecho) beber durante ellas. En situaciones así, los actores deben estar en plena forma, para evitar que se pierda el ritmo, que la narración se desvíe o se vuelva confusa, y para impedir que el público se ponga demasiado alborotador.

Lo cual nos lleva al segundo punto diferencial. Normalmente, un intérprete debe estar alerta y vigilante en situaciones de improvisación como esta. Pero la complicación única aquí es que al menos uno de los actores inicia la función tomándose, como primer paso de su actuación, una serie de cinco chupitos en rápida sucesión y, conforme avanza la noche, bebe más alcohol durante la propia función. Al final, ese actor puede haber consumido suficiente alcohol como para tumbar a un rinoceronte (especialmente en un día de doble función como el que yo vi) y, aun así, se le exige que diga el texto con coherencia y eficacia y que reaccione a las circunstancias cambiantes a su alrededor.

Es una medida del compromiso de los actores (o quizá de su tolerancia al alcohol) lo bien que son capaces de desempeñar coherentemente y de forma atractiva una miríada de tareas, pese a la interrupción constante y al consumo de alcohol.

La función que vi contó con cinco actores —cuatro hombres y una mujer— que ofrecían un resumen etílico de Macbeth. A pesar de todas las trastadas (y fueron muchas), la línea general de Macbeth se contó con una claridad convincente: quien no conociera la historia no se habría perdido. Y, lo que es más importante, quienes sí la conocían podían disfrutar de las tonterías empleadas para adornar el texto de Shakespeare o burlarse de él.

Momentos clave que se quedan en la memoria incluyen: elegir a Duncan entre voluntarios del público dispuestos a pagar dinero de verdad para ser coronados rey; reducir a Lennox a la categoría de marioneta de guante, a la vez crítica del papel y solución ingeniosa a un problema derivado del tamaño del reparto; el momento en que el Macbeth, ya bastante perjudicado, se dio cuenta de que no tenía su daga de utilería justo cuando iba a lanzarse al asesinato de Duncan; el debate con el público sobre qué nombre darle a Fleance en vez de Fleance, porque el actor se negaba a interpretar a un personaje con un nombre tan ridículo (Denis fue la solución); la parodia de Sleep No More; y que el combate final entre Macbeth y MacDuff se resolviera con un concurso de baile.

Hay imitaciones, retos físicos, llamadas al orden, intervenciones, algún que otro masaje o beso con lengua para el público, actores intentando hacer que otros actores se rían en escena o que los espectadores se sonrojen. Parece un sálvese quien pueda, pero es evidente que es un trabajo bien ensayado y muy pensado. Los números dentro del texto expurgado se han pulido con precisión, pero el azar y la respuesta idiosincrásica de un público concreto pueden mandar al traste los planes más hábiles: aquí, por ejemplo, la necesidad de Duncan de ir a orinar frustró durante un rato los planes de Macbeth.

Parte del reparto son claramente los que vigilan —los destinados a que el espectáculo no descarrile—. Caitlin Morris y Whit Levenberger cumplieron ese cometido admirablemente, además de interpretar una gama de personajes con finura y alegría. Otros miembros están para provocar, agitar las cosas, crear nuevas posibilidades cómicas. Josh Hyman y Damiyr Shuford se lo pasaron en grande: tardaré en olvidar el Moondance shakespeariano de Shuford.

En el corazón de este espectáculo en particular (da la impresión —quizá equivocada— de que distintos miembros del reparto encarnan distintos personajes centrales en diferentes obras; que los protagonistas van rotando), Adam Thomas Smith estuvo excelente. Hacen falta buenos —o grandísimos— actores para resultar convincentes como malos. Smith mostró su pericia al recitar, a modo de desafío, el soliloquio «Ser o no ser» de Hamlet.

La experiencia completa es muy divertida. Abre el apetito —tanto por ver una producción de Macbeth donde lo que está en juego sea real, como por ver a estos actores en un montaje con una agenda distinta, no impulsada por el alcohol—. Además, te deja con ganas de ver más de estos devotos borrachines de Shakespeare: si han conseguido que Macbeth sea así de graciosa, ¿qué no podrían hacer con La comedia de los errores?

MÁS INFORMACIÓN EN WWW.DRUNKSHAKESPEARE.COM

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