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NOTICIAS

RESEÑA: Encounter, Above The Stag ✭✭✭✭✭

Publicado en

Por

timhochstrasser

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De izda. a dcha.: Penelope Day,  Alexander Huetson, Adam Lilley.  Crédito de la foto: Scott Rylander Encounter

Above The Stag, Vauxhall

25/10/15

5 estrellas

Comprar entradas Above the Stag, bajo los arcos ferroviarios de Vauxhall, es bien conocido por su cuidada programación de repertorio de temática gay, pero igual de importante para su reputación creciente y su éxito es el hecho de que Peter Bull y su equipo producen todos los espectáculos internamente. Esto garantiza unos valores de producción consistentes, que priorizan una mezcla de nueva dramaturgia impactante, reposiciones estratégicas de montajes injustamente olvidados y musicales o panto divertidos y desenfadados. Las limitaciones de espacio, presupuesto y tiempo de ensayos se convierten con frecuencia en oportunidades creativas que ofrecen al público una experiencia continuamente gratificante, estimulante, divertida y, a la vez, íntima. Todas estas cualidades se aprecian claramente en el magnífico nuevo espectáculo, Encounter, que toma como inspiración la película de posguerra de Noel Coward y David Lean Brief Encounter y luce un guion sólido y unas interpretaciones sobresalientes. A menudo se sostiene que las obras de Coward, Rattigan y Tennessee Williams son casos de estudio de sexualidad desplazada, en los que el dramaturgo sumerge su propia homosexualidad en las vivencias de parejas heterosexuales para explorar, de forma oblicua, encuentros que en aquel momento nunca podrían haberse representado directamente. Aunque algo hay de cierto en esta interpretación (especialmente en el caso de The Deep Blue Sea de Rattigan), por lo general es mucho más complejo que eso.

Alexander Huetson, Adam Lilley, Christopher Hines. Crédito de la foto: PicsByGaz.com Ciertamente, en este caso los personajes de Coward estaban plenamente perfilados, primero como vehículos para él mismo y Gertrude Lawrence en la obra breve Still Life, y más tarde en los papeles que la película hizo famosos en manos de Celia Johnson y Trevor Howard. Pero eso no significa que convertir a los personajes en dos hombres gais sea en modo alguno ajeno a la estética del original, que aquí se recrea con fidelidad.

Porque el drama es tanto un relato de las presiones imposibles que sufría la gente corriente al final de la guerra, en 1947, como una simple historia de amor frustrado. El racionamiento, la austeridad impuesta, la mala salud pública, las enormes desigualdades de clase y riqueza y las oportunidades educativas son temas que atravesaban el original y que regresan aquí en la sutil relectura de Phil Willmott. La victoria parecía apenas mejor que la derrota. A eso súmese la camisa de fuerza de matrimonios infelices, de los que un nuevo amor ofrece una repentina esperanza de escape gozoso, y se obtienen exactamente las circunstancias tentadoras necesarias para presentar una relación gay transgresora y, a la vez, redentora dentro de un marco contemporáneo verosímil.

Es, en gran medida, el mismo mundo y el mismo conjunto de cuestiones que J. B. Priestley explora en An Inspector Calls, y la dirección (también de Phil Willmott) evoca en algunos aspectos el estilo de la célebre producción de Stephen Daldry. Si no era lo que Coward escribió, desde luego era fiel a la textura de la vida que se vivía y experimentaba en no pocas estaciones, parques y sacristías de la posguerra… y ahora puede evocarse y documentarse…

Willmott subraya que se trata de un homenaje de época colocando un motivo moderno a modo de marco alrededor de la historia principal, de modo que vemos a una pareja gay contemporánea reaccionar al material conservado en un diario que aparece de pronto, abandonado, en un quiosco. A partir de ahí regresamos de un plumazo a la estación de Vauxhall en 1947 entre nubes de vapor, una iluminación expresionista y rotunda, y una escenografía magníficamente evocadora, bañada en tonos sepia que remiten a la película. El diseñador David Shields (a quien entrevistan en el programa de mano) cuenta con una gran trayectoria en este teatro, donde el reto consiste en aprovechar al máximo la anchura de la embocadura escénica dando, al mismo tiempo, una ilusión de profundidad.

Alexander Huetson y Adam Lilley. Crédito de la foto: PicsByGaz.com

Esta escenografía es de las mejores que ha firmado: hay muchísimo metido en un espacio reducido: el quiosco del vendedor, la forja y la moldura recortada y con filigranas de una estación victoriana, carteles de época, una sala de espera gótica que también funciona como sacristía, y el hogar con chimenea de una casa familiar en Surbiton. Aun así, la visibilidad es clara, y los intérpretes se mueven con absoluta soltura dentro de ella. El público disfruta tanto de una proximidad real como de la ilusión de distancia respecto a la acción, y el ambiente de época es impecable. Lo mismo ocurre con el vestuario.

Hay cuatro intérpretes, dos de los cuales doblan personajes. Adam Lilley interpreta al doctor Lawrence Marsh, destinado temporalmente a una clínica en Vauxhall un día a la semana. Alexander Huetson es Arthur Hollis, el jefe de estación, que conoce al doctor Marsh por primera vez como paciente. Penelope Day interpreta tanto a Sarah, la esposa de Marsh, como a la vendedora de periódicos Mavis Madden. Completa el reparto Chris Hines, que encarna tanto a un policía como al vicario local, y figura además como ayudante de dirección.

Aunque hay algunos momentos de melodrama, igual que en el original, quedan confinados al entramado de la trama más que a la interpretación, que destaca por su sutileza y contención. Lo que no se dice, o lo que se expresa con el lenguaje corporal más que con palabras, ofrece una elocuente demostración de que menos suele ser más, y más aún tratándose de los personajes británicos, súper reservados y constreñidos, de aquella época. En particular, los dos hombres gais están tensos como muelles a punto de saltar, y si no se percibe esa tensión, la obra no funciona.

La relación entre Marsh y Hollis está desarrollada con enorme cuidado. Remite a la película —una matiné de cine, una música recurrente de melancolía y anhelo; Schubert, no Rachmaninov esta vez; interrupciones descolocadoras de terceros en momentos clave—, pero traza su propia trayectoria en términos totalmente verosímiles. Marsh es a la vez el más elocuente y el más dividido de los dos, y quien está mucho más preso de las convenciones de clase y de las ansiedades morales. Este contraste angustiado lo retrata muy bien Lilley, oscilando entre el miedo y una fanfarronería de autoafirmación, reacio a admitir el poder del amor y de la atracción sexual. En última instancia, esto es un estudio sobre el ensimismamiento y sobre cómo, bajo presión, puede conducir a una crueldad involuntaria y al sacrificio de la autorrealización. Marsh tiene más que perder, según juzga la sociedad, pero en el proceso renuncia a la mejor oportunidad que tendrá jamás de ser fiel a sí mismo. Lilley nos transmite el remolino de arrepentimiento y pérdida, además de la seguridad aparente y el aire bravucón.

De izda. a dcha.: Christopher Hines, Adam Lilley, Alexander Huetson. Crédito de la foto: Scott Rylander

Arthur Hollis es, técnicamente, un papel exigente porque es mucho menos articulado que Marsh. Aun así, Huetson realiza un trabajo magistral y conmovedor al convertirlo en el barómetro emocional de la obra, pasando de un optimismo chispeante a un estoicismo apagado. En parte mediante el lenguaje corporal y, en parte, gracias a un detallado trabajo interpretativo más allá del texto, Huetson encuentra para su personaje una elocuencia, ternura y dignidad que resultan muy emotivas. Y cuando por fin encuentra su voz —en un monólogo sobre la realidad del prejuicio y la persecución, y en una potente declaración sobre el poder transformador del amor—, el resultado es verdaderamente irresistible.

Los papeles de Penelope Day son una pieza importante del anclaje estructural y emocional de la obra. El cónyuge que se queda en casa, como en la película, es un papel más bien ingrato, pero para que funcione necesita una interpretación perfecta de bondad cotidiana, sensata y sin aspavientos, y eso es difícil de lograr. Debe ser una buena persona por derecho propio para que la trama resulte más dolorosa: Marsh no debería tener ninguna razón de peso, más allá del amor, para dejar a su esposa. Mavis Madden es una creación más de trazo grueso, mitad la señora Pike de Dad’s Army y mitad la señora Malaprop de The Rivals. Sirve para aligerar y rebajar el tono, a la vez que aporta una comprensión discreta y cómplice del romance y cumple una función casi coral.

Del mismo modo, el policía es más un estereotipo cómico que un papel de peso, pero la interpretación de Chris Hines muestra bien las contradicciones y paradojas entre su vida personal como donjuán itinerante y su rol oficial de guardián de la moral. El vicario, en cambio, es una creación mucho más inquietante y siniestra: una demostración del poder malévolo del auto-odio gay y de los celos sexuales, barnizados con una falsa empatía, especiosa y aceitosa.

Las evocaciones de películas famosas pueden deslizarse hacia la parodia o una comicidad involuntaria con mucha facilidad, pero gracias a la pericia de la escritura y a una interpretación cuidadosamente graduada y plenamente habitada, esta producción es un triunfo en todos los frentes y merece una temporada muy exitosa. Encounter ahonda en el daño de las distinciones de clase y expone los efectos de la privación —sexual, emocional o social— en un drama conmovedor y nada dogmático, capaz de llegar a cualquiera que se sienta atrapado en la brecha entre una realidad comprometida y una aspiración largamente anhelada. También hay mucho humor, tanto desatado como irónico.

Es una de las dos o tres obras que más me han impresionado este año. Imprescindible.

Encounter se representa en el Above The Stage Theatre, Vauxhall hasta el 15 de noviembre de 2015

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