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RESEÑA: Girlfriends, Teatro Union ✭✭✭✭
Publicado en
Por
stephencollins
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Girlfriends
Union Theatre
9 de noviembre de 2014
4 estrellas
Howard Goodall tiene un nuevo musical en el horizonte: el muy esperado Bend It Like Beckham del año que viene. Esa perspectiva ha hecho que la retrospectiva del Union Theatre sobre la obra de Goodall (tres producciones seguidas: The Dreaming, Love Story y Girlfriends) llegue en el momento justo y que los resultados finales merezcan de sobra los riesgos inherentes. Una de las grandes virtudes del Union Theatre (y del Landor, ya puestos) es que el público tiene la oportunidad de ver musicales que rara vez, o nunca, tienen posibilidades de volver al West End. Además, el público puede descubrir jóvenes estrellas en ciernes, a veces en sus debuts, y vivir la emoción de estar allí cuando algo especial sucede por primera vez.
Goodall es, en cierto modo, un héroe poco celebrado del musical británico. Su trabajo es ambicioso, interesante y a menudo muy poderoso, pero nunca ha recibido la atención que, por ejemplo, Alan Bennett o David Hare han tenido por parte del National Theatre. Y, sin embargo, su obra es tan importante como la de ellos y abarca un abanico amplio de registros y estilos, igual que la suya. Esto no quiere decir que Goodall no haya tenido grandes éxitos —los ha tenido—, pero ¿cuánto más podrían haber logrado sus obras si el cuidado y el presupuesto dedicados a The Light Princess se hubieran empleado en pulir y afinar su repertorio?
Como demuestra de sobra la producción de Girlfriends que ahora se representa en el Union Theatre (dirección de Bronagh Lagan, dirección musical de Freddie Tapner y coreografía de Iona Holland), Goodall posee un dominio de la melodía y la composición poco habitual hoy en día en el teatro musical. La partitura tiene una visión y una unidad absolutamente absorbentes y deliciosas; y rebosa de voces femeninas, algo que ya de por sí es un lujo poco frecuente.
En el programa, Goodall apunta:
Mi experimento musical consistía en ver si podía —en escena— convertir ese mundo en una polifonía contrapuntística; es decir, un tapiz vocal compuesto por líneas de voz entrelazadas, de múltiples capas, unas sobre otras, como cabría esperar en la música coral del siglo XVI.
El experimento de Goodall funciona, sin ninguna duda. La partitura es rica en melodía y en textura contrapuntística y, en las manos expertas de Freddie Tapner, se interpreta con seguridad y se canta con pasión, claridad y propósito musical. Tapner debuta con esta producción y su irrupción es un magnífico augurio para el futuro del teatro musical en esta ciudad. Con buen criterio, y utilizando dos pianos, reforzados con maderas y contrabajo/violonchelo, Tapner logra que el acompañamiento sea lo mejor posible en un espacio pequeño como el del Union.
También ha cuidado muchísimo a los cantantes. El balance es bueno y, tanto en lo solista como en lo coral, hay gran atención al detalle, a las luces y sombras y a un estilo general que garantiza que la riqueza de la partitura no se pierda en un aire contemporáneo y que cada nota reciba la atención que merece. El resultado, musicalmente, es electrizante.
Goodall también firma las letras, y también son excelentes. No queda claro quién es responsable de los fragmentos de diálogo que sirven de enlace y de las interacciones; en una versión temprana de la obra, Richard Curtis aportó un libreto, pero aquí no aparece acreditado. Aunque el material se ha revisado y reordenado para esta producción, aún queda trabajo por hacer en el plano narrativo. Algunas escenas pueden desaparecer sin problema y ciertos momentos podrían ajustarse más.
La dirección de Lagan resulta bastante estática, y eso es una dificultad seria, aunque en parte tiene que ver con las limitaciones del espacio. Un escenario giratorio resolvería al instante algunos de los retos que plantea la pieza. Pero eso no significa que Lagan no consiga momentos de gran teatralidad: el uso de un paracaídas convertido en gasa, tras la cual unos amantes furtivos se entrelazan en sombras, es una idea inspiradísima y el momento de la revelación funciona con gran inteligencia teatral. Y el sentido de época está firmemente asentado en el vestuario, en la manera de caminar e interactuar del reparto, en los peinados y en esa sensación general de incertidumbre y tragedia que se cierne constantemente.
El diseño de Nik Corrall es sencillo, pero eficaz. Me gustó especialmente el mural de la pared del fondo, que en un momento se transforma en la vista de un piloto sobre el terreno, y la escena en la que las mujeres usan bengalas para guiar a un piloto cegado por la niebla es realmente ingeniosa.
No hay nadie en el reparto mal elegido ni incapaz de estar a la altura de lo que exige la obra, pero algunas luces brillan más que otras. La pieza observa a personas muy distintas —principalmente mujeres— reunidas a la fuerza en una base aérea durante la Segunda Guerra Mundial. Procedentes de entornos y lugares diferentes, y con temperamentos también distintos, se hacen amigas en este inusual crisol.
Catherine Mort está sencillamente magnífica como Jane. Canta con aplomo y con una voz empapada de emoción y sentido; su timbre, luminoso, es un auténtico placer. Tiene el papel más difícil: la chica que ama al apuesto oficial, Guy, que a su vez ama a su mejor amiga, Amy.
Cuando Amy se niega a acostarse con Guy y rompe con él, Guy se vuelve hacia Jane. Jane se acuesta con él porque lo quiere; él lo hace porque no quiere morir en combate sin saber lo que es la intimidad sexual. Jane sabe que Guy en realidad ama a Amy, pero no puede resistirse. Casi pierde su amistad con Amy por ello.
Es una historia conocida y profundamente verdadera, y está bien contada sobre el telón de fondo claustrofóbico de personas obligadas a convivir en los barracones por culpa de una guerra. Mort traza a la perfección todos los sentimientos y vivencias de Jane, en una interpretación de gran precisión.
Tom Sterling, alto, atractivo y con un tenor firme y puro, hace que interpretar a Guy parezca fácil, aunque quizá podría subrayar más el egoísmo del personaje. Guy, en última instancia, no resulta simpático, y Sterling no debería tener miedo de ello. Como Amy, Corrine Priest está dulce y delicada en el papel de la chica buena que no está dispuesta a perder la virginidad, aunque necesita relajarse más y dejar que el personaje respire y vuele.
Catriana Sandison estuvo encantadora como Jas, y su canción sobre la muerte de su hermano fue uno de los puntos culminantes en lo dramático, interpretada con belleza e inteligencia. Sarah Harlington está excelente como la chica fiestera, Sally, y también hay muy buen trabajo por parte de Jessica Hern (Karen) y Perry Lambert (Lou).
Michael Rees, en el papel de Gareth, amigo de Guy y juerguista por excelencia —la idea arquetípica del aviador salido—, necesita trabajar para que su personaje resulte más completo y menos a base de retazos. Hace un trabajo excelente en algunos momentos, pero en otros parece no tener claro quién es Gareth. Su voz es segura y potente, y no tiene ninguna dificultad con el humor de la pieza.
Todo el reparto canta muy bien; la dicción es excelente, igual que la afinación. No es una partitura fácil de cantar y plantea grandes exigencias vocales, pero la compañía las afronta con constancia y solvencia. Los grandes números de conjunto son una auténtica gozada de escuchar.
Es la más sólida de las tres propuestas de Goodall que el Union ha presentado este año. La dirección musical de Tapner, un reparto excelente encabezado por Catherine Mort, y una partitura vibrante, melódica y polifónica se combinan para ofrecer un auténtico regalo teatral. Es una de las mejores producciones musicales del Union Theatre de los últimos cinco años, y su nivel y su valor subrayan la importancia de que el Union Theatre siga existiendo.
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