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RESEÑA: Kingmaker, Above The Arts, ✭✭✭✭
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Por
timhochstrasser
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Laurence Dobiesz, Alan Cox y Joanna Bending. Foto: Jeremy Abrahams Kingmaker
Above The Arts Theatre
4 estrellas
Kingmaker es una obra para tres intérpretes, estrenada el año pasado en el Festival Fringe de Edimburgo con notable reconocimiento y ahora repuesta en el íntimo espacio de Above the Arts coincidiendo con las Elecciones Generales. Un escritorio y una silla de aire ominoso, una alfombra persa y un sillón bastan para sugerir el despacho de un político en el Palacio de Westminster; el resto queda en manos de los actores. Nos movemos de lleno en el mundo interior, conspirativo y mental de House of Cards, donde no hay amistades, solo lealtades temporales; donde se abren abismos entre declaraciones pulidas y brillantes y las intenciones internas (a menudo malévolas); donde la política consiste en triunfar a costa de los compañeros y solo rara vez en ideales; donde lo mejor de la naturaleza humana se desprecia como ingenuo y el cinismo escéptico marca la pauta. Este es el universo moral del Satanás de Milton, inagotablemente fascinante, y de un Dios impotente y poco interesante…. Sin embargo, la obra pretende ir más allá de los presupuestos de Francis Urquhart en los años noventa y ofrecer una mirada desde dentro a la política —o, más concretamente, a la política tory/conservadora— en la era moderna. En el centro está la figura de Max Newman (Alan Cox), que debe no poco a la persona de Boris Johnson. También exalcalde de Londres, Max es un bon vivant con gran encanto y carisma, hábil en lo retórico, que adopta un aire relajado y despistado para ocultar mejor unos instintos políticos implacablemente decididos. Se sugiere que su atractivo político radica en su franca aceptación de imperfecciones y manías, lo que lo hace a la vez más simpático y más elegible que sus rivales, y más propenso a quedar, de algún modo, inmunizado frente a las maniobras de los whips y otros operadores de despacho que trafican con la turbia moneda de los escándalos ocultos. Con un guiño a un posible escenario postelectoral, ahora pospuesto por los acontecimientos de la vida real, Newman prepara su candidatura al liderazgo justo cuando el primer ministro se dispone a dar un paso atrás y dimitir. Para su sorpresa, lo convocan a una reunión con Eleanor Hopkirk (Joanna Bending), una whip junior, junto con el único hombre que se presenta contra él en la contienda: un diputado raso, Dan Regan (Laurence Dobiesz). Cada uno cree que va a encontrarse con Hopkirk a solas, y poco a poco, en una tensa secuencia de revelaciones, descubrimos que ella tiene una agenda muy distinta y un desenlace para la elección del liderazgo que responde plenamente a su voluntad.
Sería muy improcedente desvelar mucho más de la trama, pero baste decir que, a lo largo de los setenta y cinco minutos de la obra, se exploran todas las combinaciones posibles de lealtad y enemistad, salpicadas por monólogos de cada personaje en los que aportan un comentario irónico sobre sus propias motivaciones y los posibles desenlaces de la acción. El equilibrio de poder entre los personajes oscila de un lado a otro con muchos giros y cambios inesperados. Es una fórmula conocida, y para que funcione bien se necesita una escritura ajustada y un desarrollo de personajes muy controlado. En términos generales, eso es lo que tenemos. El diálogo reúne muchas frases ingeniosas y memorables, casi inevitablemente en boca de Max Newman (por ejemplo: «Nunca le des poder a quien no tiene sentido del humor». «En un escándalo, lo importante es el relato, no las pruebas»). Pero esto no resta naturalidad al flujo de los intercambios, y los tres personajes quedan bien diferenciados: Newman con abundante grandilocuencia oratoria; Regan con una jerga política más inmadura y aspiracional; y Hopkirk con maquinaciones precisas que encubren una fragilidad emocional. Alan Cox transmite bien la capacidad proteica de Newman para pasar del fanfarroneo a la bravuconería, de ahí al desconcierto, a la zalamería y a la ira abierta. Por aspecto y maneras, acerca su personaje más al encanto campechano de Kenneth Clarke que al de nuestro alcalde actual. Laurence Dobiesz muestra cómo la inicial inexperiencia e inseguridad de su personaje va cediendo para revelar instintos políticos agudos y una ambición tan desatada como la de Newman. Joanna Bending tiene, en muchos sentidos, el papel más exigente. Logra mostrar el esfuerzo y el coste de ser una mujer obligada a ser aún más implacable que sus colegas varones si quiere tener alguna posibilidad de prosperar en un marco político esencialmente diseñado por y para hombres. En las escenas finales, además, deja aflorar una vulnerabilidad conmovedora que aporta un anclaje emocional a una comedia por lo demás bastante despiadada, calculadora y fría.
La obra parece dejarnos con dos moralejas. La más inmediata es que Kingmaker reconoce hasta qué punto las recompensas en política van a quienes mantienen sus prioridades firmemente ancladas en las reglas del juego y no a quienes persiguen resolver objetivos humanos personales, desordenados e imprevisibles, ajenos a esas reglas o subordinados a ellas. No es el viejo argumento de que la política va de ganar más que de aplicar políticas, sino el punto más acotado de que, al final, los políticos se mantendrán y se apoyarán entre sí porque se sienten cómodos sabiendo que entienden y hablan el mismo idioma. El outsider impulsado por una agenda distinta para corregir agravios fuera del juego político nunca será reconocido. La segunda moraleja, también conocida, es que tenemos los políticos que nos merecemos: quienes llegan a la cima y resultan hoy más elegibles son quienes encarnan el antídoto de la política, más que sus encarnaciones tradicionales. A medida que nuestra élite política se aleja cada vez más del electorado en riqueza, origen y experiencia, los políticos que conectan con los votantes son los que pueden simular y asumir una especie de encanto popular para sustituir una conexión genuina. Sean cuales sean sus convicciones políticas de fondo —si es que las tienen—, Boris y Blair triunfaron y triunfan gracias a sus dotes interpretativas al presentar caras distintas a públicos distintos, rozando con ligereza y habilidad los temas serios y prefiriendo las payasadas divertidas o los tópicos tranquilizadores a la gravitas. Los autores han observado con acierto que, en un mundo donde gran parte de la política consiste ya en interpretar una variedad de papeles, el teatro tiene cada vez más la necesidad de desempeñar un papel reflexivo como comentario. Kingmaker se representa en Above The Arts hasta el 23 de mayo de 2015
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