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RESEÑA: Moby Dick El Musical, Teatro Union ✭✭✭
Publicado en
20 de octubre de 2016
Por
julianeaves
El reparto de Moby Dick. Foto: Pamela Raith Moby Dick The Musical
Union Theatre
18 de octubre de 2016
3 estrellas
Reservar entradas «¡Llamadme Ismael!» es un título musical que está pidiendo a gritos —y quizá también a pisotones, y a revolcarse por el suelo— que lo conviertan en espectáculo. Y puede que ya lo haya sido… Las palabras de apertura de la magistral epopeya de Herman Melville sobre el Hombre en su lucha eterna contra la Naturaleza se prestan deliciosamente a una parodia musical, y aquí reciben una buena ración en este estupendo musical de Hereward Kaye (música, letras y libreto) y Robert Longden (libreto, música y letras), que por fin tiene la merecida oportunidad de celebrarse por su 25º aniversario en el siempre ingenioso laboratorio del teatro musical de Union Street. Entre sus muchos atractivos, sin duda la mejor razón para ir a verlo es su magnífica partitura: dos docenas de números (el espectáculo está compuesto en un 80% de forma continua) de una energía poco común y una contagiosa vitalidad que, al escucharlos, se sienten como flores abriéndose por dentro y llenándote de alegría. Anoche, en el estreno oficial, el propio Kaye estuvo presente para comprobar lo fresco y seductor que sigue sonando el score y —en efecto— también lo estuvo el productor original del montaje en el West End, Cameron Macintosh. El reparto, de 11 intérpretes, defendió los números con un compromiso brillante, respaldado por una avispada banda rock de cuatro músicos (bajo la dirección magistral del as del MD, a los teclados principales, Lee Freeman).
Anton Stephans y Brenda Edwards en Moby Dick. Foto: Pamela Raith
La premisa del espectáculo es graciosa y se explica con sencillez. Estamos en la Academia femenina St Godley’s, sentados en el gimnasio y —con la dirección y coreografía del exuberante y enérgico Andrew Wright— las primeras filas se encaraman a bancos mientras se dirigen a nosotros la extravagante directora, Dame Rhoda Hottie (Anton Stephans, travestido hasta las cejas de rímel, y con un sentido de la costura de lo más flamboyante —Juliette Craft, vestuario, con la ayuda de Amber Harding). Se anuncia que el colegio está amenazado con sanciones por el temible Ofsted; se exige «una mejora drástica»; así que la directora, tomando al pie de la letra a los inspectores, anuncia la presentación de un musical en el gimnasio. Lo escribe «a medida» una de las alumnas, Miss Dinah Sores (¿se intuye por estos nombres el tipo de universo que evocan los autores?). Es un encantador recurso de encuadre, y funciona mejor cuando se mantiene bien a la vista, justo delante de nuestros ojos.
Sin embargo, los motivos precisos para escoger esta fábula filosófica estadounidense de mediados del siglo XIX sobre la caza de ballenas (inmortalizada en el título) se me escaparon un poco, y quizá ese sea uno de esos pequeños duendecillos sueltos del libreto que esta producción podría enfocar con mayor nitidez y permitir que futuras reescrituras los ahuyenten. Hay algunos más. En el patio de butacas nos esperaban, sobre los asientos, folletos que resumían la trama de la historia y la lista de personajes. Posiblemente, esa información también podría integrarse de manera útil en la exposición, aportando mayor sensación de estructura lineal y claridad. Tal como está, el espectáculo sigue pareciéndose más a una puesta en escena de un «álbum conceptual» que a un drama capaz de sostenerse por sí mismo en el escenario.
Aimee Hobson y el elenco en Moby Dick. Foto: Pamela Raith
En cuanto al reparto, podemos aceptar un cambio de género a lo Miss Frinton para la severa maestra del colegio, pero ¿por qué algunas de las «chicas» estaban interpretadas por chicos? De nuevo, se podría sacar mucho partido cómico y entretenido a eso. Y quizá se haga, pero si es así, las palabras que lo explicaban se perdieron entre el jolgorio desatado de la función. Claro que este espacio teatral aún está en sus inicios, y hará falta tiempo y un cuidado paciente para pulir cualquier desajuste en su funcionamiento. Aquí, el diseño de sonido de Gareth Tucker avanza en la resolución de algunos problemas de audibilidad detectados recientemente, aunque la claridad verbal en letras amplificadas a veces sigue sin ser todo lo deseable, con cuestiones de equilibrio entre músicos y cantantes que, por ahora, siguen siendo fascinantemente complejas. La iluminación de Tim Deiling, en cambio, resultó más segura.
Dejando a un lado estas cuestiones técnicas, el reparto es excelente y, al menos vocalmente, sacó mucho partido al material. El rico barítono de Stephans calentó el corazón en sus numerosos números dramáticos. Después, segunda en el cartel, Brenda Edwards (como Miss Mona Lott, que interpreta a Esta, la esposa de Ahab) nunca ha sonado mejor: de todos, su voz era quizá la que mejor se ajustaba al estilo y la sensibilidad particulares de la partitura de Kaye y Longden, y sus números le ofrecen tal vez el abanico más amplio (aunque la trama la hace desaparecer durante bastante tiempo a mitad de la historia). La narradora aquí es Rachel Ann Raynham (como Dinah, interpretando a Ismael). En lugar de usar la función del narrador como un bienvenido y sereno respiro frente al frenesí disparatado del relato, aquí queda enredada en sus redes, clavada por sus arpones y varada en sus orillas: al difuminar las líneas entre la historia y quien la cuenta, tendemos a perder la valiosa distinción entre ambas. Piénsese en lo maravillosamente que el narrador de «The Rocky Horror Show» equilibra la idiotez de la narración con una calma imperturbable, haciendo que disfrutemos mucho más de las dos cosas. Aquí, la «parodia dentro de la parodia» quizá esté cargando un pelín la mano.
Sam Barrett y Brenda Edwards en Moby Dick. Foto: Pamela Raith
Hay otros compañeros a bordo del barco perseguidor de ballenas, el Pequod: Perola Congo es Miss Charity Case, interpretando a Queequeg; Laura Mansell es Amanda Poker como Starbuck; Glen Facey es Miss Buster Cherry como Pip; Rebekah Lowings es Daisy Mae Blow como Tashtego; Aimee Hodnett es Fonda Cox como Stubb; Grant McConvey es Wayne Kerr como Elijah; Sam Barrett es Mr Earl Lee Riser como Coffin; y la voz del propio Moby Dick la puso, en espíritu, el presente Russell Grant. Lo interesante del formato de obra dentro de la obra es que, en su mejor versión, suele alternar entre las dos historias, para que recordemos sus diferencias y también sus similitudes. El ejemplo clásico de ello es posiblemente «Kiss Me, Kate», y podría servir como una guía útil para aclarar cómo equilibrar aquí el libreto. Tal como está, el regreso a la «normalidad» del colegio, donde todo el mundo tiene nombres sacados del universo de Benny Hill o de las películas de Carry On, llega con cierta sorpresa.
La puesta en escena de Andrew Wright hace lo que puede para que nos concentremos en las muchas virtudes del espectáculo. Sin embargo, puede que haga falta algo más que una dirección enérgica y un movimiento vivo para aportar una mayor sensación de cohesión a este conjunto todavía bastante suelto de magníficas piezas. Estoy seguro de que el equipo creativo está a la altura del reto, y los intrépidos productores, Amy Anzel y Matt Chisling, están listos para llevarlo a la siguiente etapa de su recorrido.
Hasta el 12 de noviembre de 2016
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