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NOTICIAS

RESEÑA: Punkplay, Southwark Playhouse ✭✭✭✭

Publicado en

Por

julianeaves

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Punkplay

Southwark Playhouse

9 de septiembre de 2016

4 estrellas

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El punk ya no es lo que era. O, mejor dicho, tal y como se sirve en este brebaje —a la americana—, nos lleva a un gueto retro de tedio suburbano propio de los horribles años ochenta y a un punto geográficamente situado en algún lugar más cerca de Maine que de Florida, en la costa este de Estados Unidos. Pasamos hora y media en compañía de dos adolescentes terriblemente mal educados y bastante obtusos (el desgarbado Matthew Castle y el agresivo Sam Perry), cuyos intercambios recalentados constituyen los cimientos fragmentarios de este alocado desfile de “momentos adolescentes”. Hay un hombre mayor (Jack Sunderland) y una chica (Aysha Kala) que aparecen en distintos disfraces, conectando a ratos a estas bestias juveniles tan desconectadas del zoo que siempre las espera más allá de las puertas de la aburrida conejera suburbana que habitan (diseño de Cecile Tremolieres). Cada escena vibra con la energía fervorosa y errática de una juventud frustrada, captada a la perfección en la producción segura y ecléctica de Tom Hughes.

Gregory S. Moss es un dramaturgo ingenioso que ha creado una secuencia de cuadros, cada uno de los cuales puede entenderse como una “versión” de una “pista” musical distinta en una cinta de casete personalizada, de las que solían hacerse los amigos entre sí en los ya lejanos años ochenta. Las escenas son, de hecho, “riffs” a partir de grabaciones reales, y los más frikis entre nosotros (¡mano arriba! —¡culpable!) se lo pasarán en grande rastreando sus orígenes, analizando la creación del autor como si fuera el producto de una especie de T. S. Eliot de Walmart. En los días anteriores a que las “listas de reproducción” pudieran exportarse e importarse digitalmente con un toque en la pantalla, estos artefactos solo podían existir gracias al laborioso proceso de sacar discos de vinilo, dejar caer el brazo del tocadiscos en el surco correcto, para que la aguja captara —con su característico siseo y crepitar de superficie— el tema requerido; al terminar, había que volver a mover el brazo manualmente y detener la cinta antes de pasar al siguiente. ¡Diversión inmensa! Si se quería, se podía dedicar a esto un fin de semana entero.

Esa misma sensación de esfuerzo tedioso y quisquilloso impregna cada momento de transición entre escenas. Del mismo modo, cuando la pista ya está en marcha, puede deslizarse con la sorprendente suavidad de los patines (y otras ruedas) de los intérpretes, que los llevan de un lugar a otro en este mundo post-‘Xanadu’.

Ningún interior burgués respetable de la época estaría completo sin sus cortinas bellamente colgadas (¿los yankees las llamarían “drapes”?), y desde luego aquí las hay de sobra. Cuelgan, dominando majestuosamente el centro del escenario en toda su gloria de suelo a techo. Esperamos, como público, a que surjan cosas desde detrás; y surgen. Seguimos esperando, expectantes, el momento mágico en que se abran; y se abren. Y al abrirse revelan precisamente lo que cabría esperar que revelasen, y es maravilloso. Los actores pueden hacer lo que cualquier drama sobre la “Bewegung” punk les exige, y lo hacen de forma muy entretenida. No, no voy a estropearos la emoción desvelando hasta el último detalle. Es sencillamente genial. Todos los detalles están en su sitio, son echt. Incluso los programas con estética de fanzine.

¿Acabo de usar otra palabra alemana? Bueno, quizá sea porque hay montones y montones de influencias teutonas en este análisis, tan cuidadosamente pensado y ensamblado con arte, de un retroceso ya pasado. Aquí se muestra que el rescoldo ochentero de “le style punk” en EE. UU. es —entre otras cosas— una artimaña expresionista. Mientras avanzamos a trompicones por este 40.º año de aniversario del “Aufbruch im Westen” de los chavales mugrientos con joyería de imperdibles, pelo teñido y terriblemente mal cortado, y una alta costura de retales encogida hasta no quedar bien (las cremalleras no son opcionales), asistimos al surgimiento de toda una moda de revivalismo anárquico. El regreso de la cresta. Amphetamines-R-Us.

¿Alguien que lea esto se arrepiente de su pasado punk? ¿Alguien desearía tener un pasado punk del que arrepentirse? Pues yo crecí en un pueblo bastante parecido al que se retrata aquí, cuyo único acontecimiento distintivo fue que, una semana ya olvidada, unos amigos míos fueron al típico concierto pop en el polideportivo local y volvieron al colegio al día siguiente para contar que habían visto a una banda en particular que “no era muy buena” y que se llamaba The Jam. Una semana después, ya teníamos nuestra propia banda “punk”: The Royal Family (todavía de gira).

El resto, como se suele decir, forma parte de La Historia de la Degeneración de la Civilización Occidental. Curiosamente, Estados Unidos no iba en cabeza en este juego, sino que tuvo que ponerse al día con esta moda británica (igual que le pasó a Broadway cuando fue atacada por aquellos alborotadores, Andrew Lloyd Webber y Cameron Mackintosh). Podríamos seguir diciendo muchas cosas interesantes sobre esta revolución estética, pero, para mí, una de las mayores señas de identidad del punk era que siempre supo exactamente cómo y cuándo parar.

PUNKPLAY SE REPRESENTA EN SOUTHWARK PLAYHOUSE HASTA EL 1 DE OCTUBRE DE 2016

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