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RESEÑA: Stitching, Teatro White Bear ✭✭✭
Publicado en
6 de octubre de 2015
Por
matthewlunn
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Stitching
White Bear Theatre
1 de octubre de 2015
3 estrellas
NOTA: Esta crítica contiene spoilers.
En 2009, Stitching fue prohibida en Malta por los siguientes motivos:
La obra blasfemaba contra la religión del Estado (el catolicismo).
La obra mostraba un desprecio obsceno por las víctimas de Auschwitz.
La obra ofrecía una “reseña enciclopédica de peligrosas perversiones sexuales que conducen a la servidumbre sexual”.
Uno de los personajes de la obra pronunciaba un “elogio” a Fred y Rose West.
La obra hace referencia a secuestros, agresiones sexuales y asesinatos de niños.
Basta con leer esa lista para que te entren ganas de bañarte en lejía. Pero no se limita a impactar por impactar. Los abandonos de la sala durante la temporada de 2002 en el Edinburgh Fringe llevaron a su autor, Anthony Neilson, a decir:
“Me siento mal porque el público se marchara, pero no puedo escribir para cobardes. Si algo me conmociona, no me limito a apartarme; me pregunto por qué me conmociona. No es mi trabajo decirle al público que una rosa es bonita. Todo el mundo lo sabe. Mi trabajo es ver si hay alguna manera de hacer bonito un mojón.”
El “mojón” en cuestión es la relación disfuncional de una pareja joven, Abby (Sarah Harkins) y Stu (Adam Howden). La acción alterna entre dos etapas de su vida: una en la que deliberan sobre si quedarse o no con el bebé que Abby está gestando; y otra en la que se enzarzan en una lucha sexual cada vez más intensa, con Abby actuando como trabajadora sexual y Stu como su cliente, cada vez más obsesionado.
Fue este último periodo el que atrajo la ira del Gobierno maltés, ya que Abby y Stu exploran el poder y la perversión sexual a través de una serie de conversaciones intensas y encuentros físicos. El juego que se traen entre manos es devastador, pero adictivo, y estos momentos sirven para establecer la negrura existencial en el corazón de ambos personajes. Con cada zambullida en su caótico campo de batalla emocional dejan entrever lo mucho que desean que todo termine. Termina, sí, pero solo después del acto de automutilación al que alude el título de la obra.
En la otra etapa de sus vidas, Abby y Stu diseccionan los problemas de fondo de su relación, a menudo con un efecto de comedia negrísima. En la escena inicial, escriben afirmaciones y se plantean preguntas mutuamente en grandes blocs de papel —se sugiere que es una estrategia habitual en ellos—, hasta culminar con Stu escribiendo que “todos nuestros problemas se reducen a la comunicación”. Más tarde, Stu vive un raro instante feliz cuando canta y baila con ‘I Want To Break Free’ de Queen, solo para que Abby apague la música sin previo aviso, calificándola de “mierda”.
Stitching está en su mejor momento cuando explora la banalidad de los fracasos de la pareja como compañeros: discuten por las respuestas de un cuestionario de compatibilidad y se preguntan si sus peleas constantes los convertirán en unos padres horribles. Cuesta asociar a estas versiones de Abby y Stu con sus contrapartes, empujando tabúes y a menudo pesadillescas. La diferencia se aclara con un giro en el último tramo, que revela que su extraño juego tiene un carácter expiatorio. Contra lo que se había dado a entender, sus encuentros sexuales tienen lugar después del nacimiento de su hijo, Daniel, que murió en un accidente del que Abby se siente responsable.
Mucho depende de lo verosímil que resulte esta revelación y, en concreto, de la idea de que la dinámica inventada de trabajadora sexual/cliente ofrece una ventana al duelo de la pareja. Sin embargo, no se aclara la causa de la muerte de su hijo, no se comentan los orígenes del juego y nunca vemos a la pareja mantener una conversación lúcida sobre su trauma compartido. En consecuencia, el duelo aparece como poco más que una fuerza malévola que se aprovecha de sus psiques fracturadas, idea reforzada por una inquietante secuencia onírica en la que Stu revolotea por el escenario proclamando que es “la hora de Daniel”. A su vez, el planteamiento de que las sórdidas hazañas sexuales de Abby y Stu eran una interpretación plantea varias dudas sobre la sinceridad de sus oscuras confesiones, lo que resultó más frustrante que fascinante. Los temas de la escalada y la obsesión quedan fuertemente atados al concepto de duelo de la obra, que, a mi juicio, se asienta sobre unos cimientos poco satisfactorios.
Sarah Harkins y Adam Howden son presencias escénicas fascinantes; bajo la dirección de Pip Minnithorpe se mueven como animales enjaulados, merodeando alrededor de la cama mugrienta donde transcurre la mayor parte de la acción. La escenografía minimalista y la cercanía entre público e intérpretes —se representa en arena y nunca estás a más de unos pocos metros de los actores— le hacen un gran favor a la obra, porque nos arrastra sin esfuerzo al ciclo irrevocable de reproches e ira. La iluminación de Jack Weir fue eficaz a la hora de crear un aura de oscuridad que se va cerrando, y la música utilizada en las transiciones entre escenas estuvo muy bien elegida, aunque la popularidad de algunas canciones a veces parecía desentonar con el aislamiento autoimpuesto de la pareja.
La Abby de Harkins pisa una línea creíble entre lo impulsivo y lo pragmático, convirtiéndola en una figura atractivamente errática. Por su parte, Howden resulta muy convincente como el Stu emocionalmente atrofiado, y en sus mejores momentos insinúa con habilidad la infancia problemática que condiciona su manera de entender el sexo y la paternidad. Quizá haya demasiado pocos intercambios tiernos entre ambos, teniendo en cuenta la revelación final de la obra, y a ratos la intensidad de sus discusiones es un poco estática. Aun así, no puedo sino admirar la pasión y la entrega con la que Harkins y Howden afrontaron varias escenas muy difíciles. En particular, un tramo prolongado en el que se tiran del pelo mutuamente y se susurran con amargura al oído debió de resultar absolutamente devastador, y sin embargo fue un recurso muy eficaz para deconstruir la actitud de ambos ante la servidumbre sexual. En definitiva, aunque salí algo irritado por las ambigüedades que sostienen el comportamiento de Abby y Stu, las interpretaciones de calidad te darán motivos para intentar descifrarlos.
Stitching es una obra interesante y exigente, lastrada por un giro tardío, pero aun así absorbente. Hay varios momentos que dejarán a más de uno desconcertado, y una o dos frases buscarán la polémica, algo nada sorprendente dada la accidentada historia escénica de la obra. Con todo, el sólido reparto y la magnífica puesta en escena bastan para justificar darle una oportunidad, aunque no hay duda de que la obra provocará un amplio abanico de reacciones. Stitching estará en cartel en el White Bear Theatre hasta el 17 de octubre de 2015
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