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RESEÑA: El león, la bruja y el armario, West Yorkshire Playhouse ✭✭✭✭✭
Publicado en
Por
jonathanhall
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Alan Francis, Lucy Tuck, Cora Kirk, Michael- Jean Marain y Patricia Allison. El león, la bruja y el armario
West Yorkshire Playhouse
Cinco estrellas
Llega al Bridge Theatre de Londres en Navidad de 2019
Parte de la magia de la Navidad tiene que ver con contar historias, desde Scrooge y «¡Qué bello es vivir!» hasta «El muñeco de nieve» y el especial navideño de «Llama a la comadrona»: relatos que se cuentan al calor del fuego mientras, fuera, ruge la oscura noche invernal. Y en un mundo en el que esas historias, al menos para los niños, parecían lanzarse en ráfagas cada vez más cortas y frenéticas de hechicería CGI, permitiendo que la imaginación se encoja y se deje alimentar a cucharadas, la producción de Sally Cookson de «El león, la bruja y el armario» en el West Yorkshire Playhouse ofrece un cambio refrescante y absorbente; y no solo para este crítico ya algo curtido, sino a juzgar por la atención embelesada de todo el público joven (y no tan joven) que llenaba la Quarry Theatre del Playhouse.
Carla Mendonca como la Bruja Blanca
La producción mágica de Cookson —volveremos a esa palabra más adelante— nos lleva de la mano a un mundo de relato e imagen: el relato es la historia hábilmente trazada por C. S. Lewis sobre Narnia y su magia, buena y mala; y las imágenes conectan directamente con ese lugar de nuestro imaginario infantil colectivo donde se crean mundos con cajas, sillas y sábanas. Como público entramos en esos territorios desde los primeros instantes del espectáculo, con unos funcionarios de los años 40 que nos increpan mientras comprueban nuestras etiquetas de evacuación y nos dan la bienvenida a un tren fantástico hecho de maletas a modo de vagones y una locomotora de juguete, que serpentea por encima y alrededor de colinas, estableciendo a la perfección la convención por la cual un paisaje narniano de ventiscas, árboles y bancos de nieve se conjura con telas, papel y actores milimétricamente coreografiados; una convención que deja en evidencia incluso al CGI más sofisticado. Conocemos a todo un abanico de criaturas —tejos, zorros y castores con cárdigans y camisetas de tirantes— que son transformadas cruelmente en estatuas de piedra envueltas en sudarios blancos; aparece también un Papá Noel de aire pagano con sus renos; y, además, todo un ejército de demonios burlones, enormes y envueltos en sombras.
Ira Mandela Siobhan como Maugrim
La implicación del público no se olvida en ningún momento dentro de todo este despliegue; en varios puntos del espectáculo se requiere participación, y resulta especialmente destacable una secuencia en la que las ya mencionadas etiquetas verdes de evacuación se agitan como si fueran nuevo follaje, anunciando una primavera que señala la condena final del malvado gobernante de Narnia.
Por supuesto, todos estos números de magia escénica serían huecos sin el sostén de un elenco coral de intérpretes, uniformemente sólido, que crea, coreografía y habita este mundo. Destacan Patricia Allison, Cora Kirk, Michael Jean-Marain y John Leader como los cuatro niños, que aciertan de lleno con el tono de la infancia gracias a una mezcla perfectamente calibrada de asombro y energía torpe, sin el más mínimo atisbo de ñoñería. Carla Mendonca es una Bruja Blanca imponente que encuentra un rival a la altura en el Aslan de Iain Johnstone, pero ambas interpretaciones quedan casi eclipsadas por la magnífica marioneta gigantesca que se alza sobre él: parte león, parte arboleda de flores paganas. Cookson, junto con Adam Peck, se asegura de que su adaptación del relato del libro de Lewis no quede nunca sepultada por el espectáculo; la historia sortea con inteligencia los saltos del texto original, manteniendo un ritmo ágil y atrayente; y una banda en directo aporta una energía adicional, sutil y envolvente, a este cuento.
Carla Mendonca (la Bruja Blanca) e Iain Johnstone (Aslan)
Se canta, se grita y se twerkean mil cosas sobre la magia de la Navidad, pero, en el fondo, la magia se encuentra cuando lo ordinario y cotidiano se transforma de pronto en algo distinto, bello y extraño: un truco que esta producción consigue con eficacia y constancia. En las notas del programa, Sally Cookson habla de su propio asombro al descubrir por primera vez el mundo de Narnia de Lewis; en esta puesta en escena, ha permitido que ese asombro lo compartan muchos más.
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