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RESEÑA: El pueblo contra la democracia, Free World Centre ✭✭✭✭✭
Publicado en
Por
timhochstrasser
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El pueblo contra la democracia
Free World Centre
5 estrellas
Las recientes elecciones nacionales, con un desenlace ajustado largamente anticipado pero, al final, erróneo, han generado más comentarios dramáticos de lo habitual; pero costaría encontrar uno más insólito y, en última instancia, más adulto y estimulante que El pueblo contra la democracia, de Jamie Harper, que aún se representa en Clerkenwell durante una semana más. Aunque algunos ni siquiera lo considerarían teatro, a mí me ofreció el reflejo indirecto más convincente sobre el estado actual de nuestra política de entre la hornada de montajes que andan examinando la situación del país. Estamos acostumbrados a obras políticas que explotan las emociones fuertes —y las caídas— de la escalada por el «palo enjabonado», y es difícil no mirar esos escenarios con un cinismo curtido por Yes, Minister y House of Cards, y madurado con The Thick of It. Por eso resulta una sorpresa auténtica y refrescante encontrarnos aquí no con el choque de personalidades políticas interpretadas por actores, sino con el proceso de negociación política y elaboración de políticas públicas, encarnado por nosotros: por el público, como agentes políticos y votantes. Al final de la velada somos muy conscientes de que lo personal es político, y no al revés, al tomar conciencia de nuestra propia participación directa en las acciones políticas y sus consecuencias. En lugar de ser meros espectadores de maniobras estrafalarias protagonizadas por egos más grandes que la vida, nos enfrentamos a las consecuencias interconectadas de nuestras aportaciones, en apariencia a pequeña escala. El cuerpo político recupera una conciencia de sus tendones y capilares constituyentes, de un modo que, en la práctica, nos hizo a todos los presentes más conscientes de cuánto está en juego en unas elecciones y de por qué es tan importante implicarse en el proceso.
Jamie Harper, que concibió y (en calidad de alto funcionario) dirige la velada, se toma en serio los paralelismos entre el teatro y la teoría de juegos. No hay un guion fijo, ni actores en papeles rígidamente definidos por un autor. En su lugar, a nosotros, el público, se nos asigna un trabajo o estatus social y un conjunto de aspiraciones del mismo modo que a un personaje dramático se le da una personalidad o una red de relaciones familiares o sociales. Después debemos trabajar para alcanzar esos objetivos mediante negociación, debate, apaños y (en algunos casos) cierta astucia para moverse por el sistema. Todo el mundo empieza con algún activo que otros necesitan o desean. A esos activos se les asigna un valor en puntos que actúa como moneda de negociación. Unos poseen energía que pueden vender; otros tienen terrenos que quieren urbanizar, mientras que otro grupo busca construir viviendas, en algunos casos vivienda social y, en otros, promociones inmobiliarias sin regulación. Hay vendedores de comida y gestores de residuos: en otras palabras, una pequeña sociedad moderna, hecha de productores ambiciosos, consumidores y proveedores de servicios. Aquí el papel de los actores es facilitar y dinamizar a cada uno de los sectores del público a lo largo del recorrido, aunque cada espectador actúa de forma independiente y no como miembro de un equipo. Cada ronda del juego se ve interrumpida por debates comunitarios en los que todos nos reunimos en un parlamento en miniatura para discutir decisiones políticas (por ejemplo, construir una planta de reciclaje de residuos o fijar los niveles de impuestos) que afectan a la ciudadanía de maneras distintas. Esos debates se afinan con dos actores en el papel de periodistas y están presididos por un alto funcionario (Harper). Entre las variaciones adicionales se incluye el pago de impuestos al final de cada ronda y un chequeo de salud para asegurarse de que has gastado lo suficiente en comida (consumo), además de en ganar dinero y producir. A quienes han evitado con picardía gastar en cuidarse les toca luego ejercicio físico de verdad. También puedes «comprar» educación para adquirir las habilidades que te lleven al siguiente nivel de tus objetivos. La velada podría prolongarse indefinidamente, pero termina con un recuento: quién ha logrado sus metas iniciales y cuántos puntos ha acumulado.
Al resumirlo así, soy consciente de que este juego interactivo suena más a trabajo duro y muy loable que a entretenimiento; más a examen de acceso a la Función Pública que a una noche de teatro. Sin embargo, esa impresión sería equivocada. En cambio, todos los que participamos lo vivimos como una experiencia enriquecedora y que te obliga a estirar la mente, y que además entronca con las mejores tradiciones del teatro. Al vernos lanzados al cuerpo a cuerpo de la toma de decisiones individuales en un contexto grupal, recuperamos la complejidad del debate político natural que tan dolorosamente faltó en Question Time y en otros foros de discusión previos a las elecciones. La esencia de la obra —y del compromiso del público con el tema— estaba en las conversaciones improvisadas que surgieron entre los participantes mientras intentábamos alcanzar nuestros objetivos en el mercado. El nivel y la calidad de las reflexiones en el mini-parlamento fue alto y mucho mejor informado de lo que habría sido si nos hubiéramos sentado en un plató a debatir, en abstracto, sobre opciones de financiación y asignación de recursos escasos. El formato ofreció así una encarnación maravillosamente adulta de la interconexión de las decisiones sociales: de cómo una decisión en un ámbito tendrá múltiples ramificaciones indirectas para otros grupos que no son evidentes de inmediato. Como tantos debates políticos en época electoral giran en torno a la consecución de objetivos individuales, fue saludable que nos recordaran cómo esos objetivos a menudo solo pueden lograrse dentro de un marco comunitario y suelen alcanzarse mejor cuando somos plenamente conscientes del impacto de nuestras acciones en los demás.
La noche a la que asistí, los temas que surgieron de forma espontánea incluyeron cuánta intervención del Estado debería haber para resolver bloqueos del mercado, las ventajas e inconvenientes de la privatización (especialmente en educación), los tipos impositivos, los niveles salariales de los funcionarios (¡les recortamos el sueldo!), y el equilibrio entre vivienda social y mansiones (en ese caso, dejamos que lo decidiera el mercado). La mejor solución emprendedora llegó de un grupo de personas muy formadas y desempleadas que reunió financiación y terreno suficientes para organizarse como comuna, lo que todos consideramos una manera muy astuta e ideológicamente pura de capear los peligros de la austeridad….. Más en serio, creo que todos nos fuimos con una mejor idea de la enorme dificultad de diseñar políticas públicas cuando, en gran medida, se trata de repartir recursos escasos entre bienes en competencia, y todos ellos igualmente legítimos. Filósofos políticos, además de políticos partidistas, siguen lidiando con ese rompecabezas, y nosotros tampoco llegamos a conclusiones nuevas y sorprendentes, salvo reconocer que los mercados son necesarios e inevitables, pero deben moderarse con recordatorios constantes de que conviene ampliar nuestro campo de simpatías más allá de nuestros objetivos egoístas inmediatos; y de que, de hecho, quizá logremos más de nuestras propias metas mediante ese ensanchamiento de la imaginación y el compromiso. Los intereses y la empatía pueden coexistir, como el Adam Smith real (y no demonizado) dijo hace ya mucho tiempo.
Y por si te preguntas cómo me fue a mí… bueno: este crítico empezó la noche como minero vendiendo unidades de energía, compró la educación necesaria para diseñar vivienda social y terminó dirigiendo un imperio de viviendas sociales, combinando pureza ideológica y una considerable riqueza. ¿Quizá me equivoqué de vocación? Todo el mérito para Jamie Harper y su equipo exuberante y enérgico por una velada magnífica, divertida y muy sugerente. Aprovecha para verla mientras siga en cartel: te devolverá un poco de fe en las posibilidades del proceso político, sea cual sea tu opinión sobre el nivel del debate en la vida real.
El pueblo contra la democracia estará en cartel hasta el 22 de mayo.
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