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CRÍTICA: The Shark Is Broken, Ambassadors Theatre ✭✭✭✭

Publicado en

Por

rayrackham

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Ray Rackham reseña The Shark Is Broken, actualmente en cartel en el Ambassadors Theatre de Londres.

Ian Shaw (Robert Shaw), Demetri Goritsas (Roy Scheider) y Liam Murray Scott (Richard Dreyfus). Foto: Helen Maybanks The Shark Is Broken

Ambassadors Theatre

4 estrellas

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La producción arrolladora del director Guy Masterson de la nueva obra de Ian Shaw y Joseph Nixon comenzó en 2019 en un teatro de 90 butacas en Brighton, ha pasado por todo el año pasado y ha encontrado un hogar perfecto en el West End. Una ráfaga de música da la bienvenida al público, mientras una selección de canciones publicadas por primera vez en 1974 (de artistas como The Rubettes y ABBA) casi llega a sobreamplificar el Ambassadors Theatre. Se alza el telón y la versión de Duncan Henderson del «Orca» (quizá el barco más famoso de la historia del cine, salvo tal vez su primo mayor, el Titanic) se posa impasible en el escenario y queda bellamente iluminado por el diseño lumínico atmosférico de Jon Clark; la imponente presencia del navío se ve reforzada por el ingenioso encuadre de vídeo de Nina Dunn del mar que rodea Martha’s Vineyard, situando al público de lleno en el Atlántico, justo al sur de Cape Cod, en un tiempo lo bastante lejano como para resultar nostálgico y, a la vez, tan familiar que se siente plenamente actual. No hay camiones que entren con otras localizaciones que conocemos tan bien de la película. No hay elementos de escenografía que desciendan desde la parrilla. Tenemos el barco, las olas proyectadas y una sensación de inquietante contemplación. Lo que sigue es un examen estimulante y entretenido de tres egos masculinos; un diálogo de un momento concreto sobre el oficio de hacer cine; y un espejo puesto ante ambos en 2021.

Liam Murray Scott (Richard Dreyfus) e Ian Shaw (Robert Shaw) Foto: Helen Maybanks

Las interpretaciones de los tres actores son electrizantes. Demetri Goritsas encarna con afinación perfecta la presencia segura de un Roy Scheider cansado y «curtido», casi replicando en el tiempo el papel que el sheriff Brody tenía en el guion original. Liam Murray Scott aporta una precisión a la energía inagotable con la que interpreta a Richard Dreyfuss que es una clase magistral de cómo representar a una persona real. Tan acertado es su retrato entrañable de la irritante arrogancia de Dreyfuss que hay momentos en los que se queda a un paso de hacernos desear que Goritsas o Shaw lo empujen por la borda. En cuanto a Shaw (interpretando a su propio padre, el brillante, inquieto y dependiente del alcohol Robert Shaw), no quedan superlativos por usar. Es un retrato increíble de un hombre que no desentonaría en una tragedia shakespeariana. Se ha puesto mucho empeño en no imitar a los actores y las interpretaciones que llevan casi cincuenta años tejidas en el tapiz de la cultura popular; sino en convertirse en personajes sólidos y con los pies en la tierra; arrojados a las profundidades del Atlántico, flotando sin rumbo mientras el equipo intenta arreglar un tiburón mecánico llamado Bruce; quizá el único otro personaje de la obra; invisible y, sin embargo, implacable. Estas interpretaciones son de lo mejor que se puede ver en un escenario del West End y los tres encarnan un tiempo y un lugar en la frágil existencia de los actores de Hollywood; y el final de la Edad de Oro del cine. La interpretación de Shaw, que representa una escena clave de la película, pero como epílogo de la obra (y cualquiera que haya visto la película puede imaginar cuál es) provocó un escalofrío colectivo en la espalda de todos los presentes en el Ambassadors. Mención especial merece el trabajo de coaching dialectal de Kara Tsiaperas.

Liam Murray Scott (Richard Dreyfus), Ian Shaw (Robert Shaw) y Demetri Goritsas (Roy Scheider). Foto: Helen Maybanks

El texto de Shaw y Nixon se ha retocado en cierta medida para ajustarse a los nuevos 90 minutos de duración de esta versión del West End. La obra es divertida y hay muchos momentos de carcajada. Que Dreyfuss se queje de que pueden poner a un hombre en la Luna y, sin embargo, han construido un tiburón mecánico que no funciona en agua salada provocó quizá la primera risita de la noche; mientras Scheider lee los titulares del New York Times sobre Nixon. Hay, quizá, alguna que otra mirada cómplice de más hacia el futuro. Las referencias a lo inevitable de que Nixon pueda verse «superado» por Trump como el presidente más corrupto en el futuro, por ejemplo, o la exclamación sobre el estado de la industria del cine al embarcarse en una película de tiburones tipo slasher rematada con un «¿y después qué? ¿Dinosaurios?», rozan esa fina línea entre la risa y el gemido. Y, al menos para el gusto de un espectador, ampliar la obra a sus nuevos 90 minutos de duración supuso perder la oportunidad de ofrecer un arco algo más sólido en la relación entre Shaw (que cree que está acabado a los 47) y Dreyfuss (frustrado porque ni siquiera ha empezado a los 27), lo que podría haber dado más impacto a sus ya legendarias discusiones y peleas dentro y fuera del set. Dicho esto, lo que se nos ofrece es una colección de viñetas divertidas, interesantes y, sobre todo, sugerentes; una oportunidad de asomarnos entre bambalinas y explorar la realidad de esperar a que funcione un tiburón mecánico para poder «actuar» junto a él.

Demetri Goritsas (Roy Schieder) y Liam Murray Scott (Richard Dreyfus). Foto: Helen Maybanks

Toda la acción transcurre en el Orca, el «set» flotante del tercer acto de la película Jaws; y, como en el tercer acto del filme, para cualquier fan de Jaws, el diseño del Orca de Henderson vale por sí solo el precio de la entrada. Está cortado por la mitad, permitiendo al público presenciar momentos clave que tuvieron lugar durante un rodaje que fue especialmente tenso. Casi parece destripado, un recurso de diseño muy acertado dado el material, y la atención al detalle de Henderson es exquisita. La claustrofobia que recorre el texto se encarna físicamente en el diseño; mientras se ven y se oyen gaviotas volando alrededor y por encima de tres interpretaciones en solitario. The Shark Is Broken es ese hallazgo poco común, un magnífico ejemplo de cómo una producción puede convertirse en mucho más que la suma de sus partes; incluso cuando —creativamente— todo el mundo está rindiendo por encima de lo esperado.

Puede que el tiburón esté roto, pero la obra parece indestructible.

Actualmente en cartel en el Ambassadors Theatre

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