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RESEÑA: White Christmas, Teatro Dominion ✭✭✭✭
Publicado en
Por
stephencollins
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White Christmas
Dominion Theatre
12 de noviembre de 2014
4 estrellas
Por si acaso a alguien por ahí que produce teatro musical le hace falta aprender la lección de que fichar “estrellas” nunca le sienta bien a un montaje teatral —a menos que esas estrellas realmente den la talla—, no hay mejor oportunidad para entenderlo que la producción de Morgan Young del White Christmas de Irving Berlin, que ahora se representa en el Dominion Theatre. Los grandes nombres del cartel son Aled Jones y Tom Chambers, pero son lo menos destacable del talento, la pericia y la capacidad que se exhiben aquí. White Christmas, por supuesto, es una película famosa, un vehículo de lucimiento para Danny Kaye, Bing Crosby y Rosemary Clooney. Irving Berlin, en la cima de su inspiración, aportó una partitura y unas letras deslumbrantes. Esta es una adaptación de aquella película, y el material se ha modificado y ampliado para ajustarse a un montaje escénico. La versión teatral ha pasado por varias encarnaciones, y la producción del Dominion es superior a la que se vio en Broadway hace unas temporadas.
La historia es tontorrona, absurda en realidad, pero es hija de su época y hay una amabilidad suave y bonachona en la narración que resulta conmovedora. Es el cuento de tres parejas de enamorados que casi no acaban juntas (cuatro, si contamos a Mike y Ezekiel), con un telón de fondo de malentendidos, artimañas, la necesidad de montar un espectáculo para recaudar fondos por una buena causa y, al final, nieve. Brilla con optimismo, patriotismo y escepticismo de esa manera que solo los musicales estadounidenses saben manejar: aquello de “cursi como Kansas en agosto” nunca tuvo tanto sentido. La verdad es que el libreto, de David Ives y Paul Blake, es en gran medida irrelevante.
White Christmas es un auténtico espectáculo de canción y baile. Su razón de ser es brindar la oportunidad de lucir números espectaculares y un canto fabuloso. Aquí esa misión recibe un empujón de verdad gracias al director musical Andrew Corcoran y la orquesta de (aproximadamente) veinte músicos que dirige: interpretan la música de Berlin de forma impecable, con una facilidad envolvente o con un apoyo de metales contundente, según lo que se requiera. El sonido es suntuoso, pleno y muy de agradecer.
Cuando la orquesta completa entra en faena, junto con todo el reparto cantando en los grandes números, el efecto es verdaderamente delicioso. Se captura y se sostiene esa sensación del Broadway de antaño. Corcoran cumple de sobra en lo musical.
La coreografía de Randy Skinner es espumosa y divertida. Hay grandes números de claqué, además de momentos más íntimos de placer. Las rutinas de Sisters (la versión femenina), The Best Things Happen When You Are Dancing, Blue Skies, I Love A Piano y White Christmas chisporrotean de alegría y encanto contagioso. Las protagonistas y el conjunto son una maravilla de ver en estos números.
Al ser un espectáculo navideño, es inevitable que haya un gruñón cascarrabias y un niño luminoso y feliz y, como era de esperar, White Christmas cumple en ese sentido. Como Susan, la nieta precoz pero encantadora del héroe de guerra, el general Hank (Graham Cole), Sophia Pettit estuvo perfecta. Saltarina, curiosa, alegre y sincera, se metió al público en el bolsillo con su número del segundo acto, Let Me Sing And I'm Happy. Es una interpretación cálida y muy lograda.
Cole está perfecto como el irascible Hank, un hombre que necesita un ejército para sentirse completo, o cree que lo necesita. Es un gruñón soberbio, un abuelo entrañable y, cuando hace falta, da la talla en términos de emoción en el punto álgido de las maniobras de la trama. Encapsula por completo ese singular orgullo militar nacional estadounidense y consigue que funcione.
Cuenta con una ayuda más que solvente de la Wendi Peters, a lo Ethel Merman, que está sencillamente triunfal como la ruidosa (bueno, muy ruidosa, y como debe ser) Martha, la veterana de Broadway que hace girar la vida de Hank, pero a la que él —al menos hasta el final— no considera una bendición. Peters no deja pasar ni un instante: es muy graciosa, canta de maravilla y lo da todo. Diga lo que diga el cartel, esto es un auténtico lucimiento.
Brendan Cull saca petróleo de lo que podría ser el ingrato papel de Mike, el regidor del granero donde debe levantarse el espectáculo. Es una sorpresa estupenda: su regidor disparatado, algo desquiciado pero absolutamente adorable. Y encaja a la perfección con el lacónico y lúgubre tramoyista “Yup” de Phil Cole, Ezekiel. Juntos preparan una de las risas más inesperadas de la noche. (Tiene que ver con sirope de arce, pero tendrás que verlo por ti mismo).
Como la Judy que recuerda ligeramente a Mitzi Gaynor, Louise Bowden está casi perfecta en todos los sentidos. Es guapísima, baila como una diosa, canta con elegancia y un timbre precioso, y resulta totalmente veraz como la más romántica de las hermanas Haynes. Su trabajo en I Love A Piano es de quitar el aliento. Otro auténtico lucimiento.
Igualmente impresionante es Rachel Stanley, que interpreta a Betty, la hermana de Judy. Es la mayor y la más complicada; mientras Judy se enamora perdidamente, a Betty hay que convencerla de que el amor está en el aire. Stanley lo maneja con gran aplomo; su calidez es genuina y consigue que el comportamiento algo disparatado de su personaje parezca perfectamente comprensible. Está magnífica con Bowden, y de verdad resultan creíbles como hermanas; su número de presentación, Sisters, es una delicia absoluta. También arrasa cantando en el segundo acto con Love, You Didn't Do Right By Me.
Cuatro grandes lucimientos femeninos en un mismo espectáculo. ¡Vamos, chicas!
Aled Jones y Tom Chambers se parecen un poco al David Cameron y Nick Clegg del teatro musical: están bien, cumplen, se nota que parecen sinceros y que quizá mandan, pero queda esa molesta sospecha de que algo no encaja del todo, de que no son tan amigos y de que salen airosos por inercia más que por hacer realmente el trabajo.
No hay absolutamente ninguna química entre los dos hombres, y dado que todo el espectáculo se construye sobre la base de su gran amistad, esto es un problema serio. Pero es que tampoco hay química entre Jones y Stanley ni entre Chambers y Bowden, y eso no es por falta de esfuerzo por parte de ellas.
A ninguno de los dos les sobra la soltura, el estilo y la elegancia que aquí necesitan los protagonistas masculinos. Ninguno puede bailar tan bien como debería; en ese terreno, ambos quedan eclipsados por el trabajo del conjunto masculino que les apoya. Los dos son, en realidad, actores bastante flojos, y ninguno es un cantante que domine las exigencias de una partitura de Berlin.
Y, sin embargo… los dos se salen con la suya. Aunque no estén en la misma liga que sus compañeros en lo que a interpretación de teatro musical se refiere, son excelentes impostores. Jones canta mejor que Chambers y Chambers baila con más seguridad que Jones. Su versión de Sisters, que debería ser una obra maestra cómica en el segundo acto, resulta sosa y plana, lo que demuestra que son las mujeres quienes encienden el escenario a su alrededor.
El conjunto es fantástico, con aportaciones destacadas de Jonny Labey, Karen Aspinall, Stuart Winter, Matthew Whennell-Clark y Jennifer Davison.
La escenografía de Anna Louizos funciona razonablemente bien, aunque hay muchos momentos “delante del telón” y algunos cambios de escena se hacen muy largos. La revelación de White Christmas merece la espera, y el efecto casi de teatro de marionetas del diseño general funciona de maravilla. Especialmente buenas son la escena del tren y la elegante escena del club nocturno neoyorquino. Complementan soberbiamente el trabajo de Louizos los diseños de vestuario de Carrie Robbins: son tan camp y brillantes como cabría esperar, especialmente los vestidos de piano para el inicio del segundo acto.
Es un estupendo entretenimiento navideño para toda la familia. Al primer acto le vendría bien algo más de ritmo, pero el segundo pasa volando y, en conjunto, hay tanta alegría y tanto talento que prácticamente todo el mundo —salvo el más acérrimo aguafiestas— encontrará muchísimo que amar, y quizá incluso una o dos lagrimitas, en este espectáculo navideño.
Pero ¿cuánto más delicioso sería el regalo si las dos “estrellas” fueran más Danny Kaye y Bing Crosby y menos David Cameron y Nick Clegg? Con todo, las mujeres, los otros protagonistas masculinos y el conjunto sostienen la noche felizmente. De verdad: ¿quién necesita “estrellas”? ¿No deberían elegir a quienes sí pueden brillar?
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