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RESEÑA: Abyss, Teatro Arcola ✭✭✭✭

Publicado en

Por

timhochstrasser

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Abyss

Arcola Theatre, Studio 2

4 estrellas

Hace muchos años visité Berlín poco después de que cayera el Muro. Siempre me han interesado los hogares y lugares de trabajo de escritores y compositores, así que, tras agotar los reclamos más evidentes, decidí visitar el Museo Brecht-Weigel, donde la pareja teatral más poderosa de la RDA pasó sus últimos años. Fue un momento deprimente para ir: la financiación del museo y del propio Berliner Ensemble estaba en entredicho, y el leal conservador llevaba meses sin cobrar. Y, sin embargo, la casa seguía hablando con elocuencia de las contradicciones de su célebre propietario. Allí estaban, desde luego, las obras y ensayos que habían intentado desconcertar al público para empujarlo a pensar de nuevo sobre el papel social del teatro, desterrando la dependencia cansada de la mera narración y del desarrollo textual del personaje. Pero cuando entrabas en el austero dormitorio de Brecht, allí, para mi asombro, sobre la estrecha cama individual, había una larga hilera de novelas de bolsillo muy manoseadas: thrillers, wésterns y relatos detectivescos, guardados como un alijo secreto de bombones, un homenaje fuera de servicio a la primacía de la trama. Esa experiencia me volvió a la cabeza durante la reciente temporada de ABYSS en el Arcola, Studio 2, donde la cuestión del papel de la narración frente a la emoción abstracta está muy presente. Esta obra nació hace unos años en el Deutsches Theater de Berlín como Brandung. Allí sigue en cartel, pero entretanto también ha pasado por Toronto con algunas revisiones, y de ahí ahora a Londres. Ha incorporado por el camino algo más de relleno narrativo, pero sigue siendo esencialmente una pieza de teatro de regisseur, donde el foco está tanto —si no más— en transmitir los estados emocionales de los intérpretes mediante movimiento, sonido y texto, que en la palabra en sí; que, en cualquier caso, es más de tipo invocatorio que explicativo. La pregunta clave, por tanto, es hasta qué punto la pieza funciona en esos términos: ¿esta autolimitación es capacitadora y reveladora, o restrictiva y empobrecedora? La respuesta, como tantas veces, no es tajante.

El espacio rectangular del Studio 2 se dispone con sencillez: tres gradas de asientos, una pared de bombillas suspendidas frente a nosotros y una gran mesa en el centro. A ambos lados cuelgan del techo dos barras de trapecio. La mesa es, en muchos sentidos, el eje de la acción, utilizada con flexibilidad para escenas de conflicto y reconciliación, como lugar de refugio y para un sacrificio estilizado. Hay una cantidad impresionante de movimiento, elaboradísimo, que explora todas las dimensiones del espacio y crea tableaux de potencia dramática y concentración poética; y lo serían incluso si estuviéramos contemplando una instalación artística y no una obra de teatro. Las bombillas de la pared del fondo palpitan y se atenúan en distintas combinaciones, como un comentario mudo y una intensificación —una especie de música de ambiente— para la acción. Mucho mérito corresponde, en este sentido, a la directora de movimiento, Anna Morrissey, y al diseñador de iluminación, Ziggy Jacobs.

Hay tres intérpretes y cuatro personajes, algunos de ellos más en busca de un autor que otros. La figura narradora, que no tiene nombre, (Nicola Kavanagh) comparte un piso en una ciudad alemana sin especificar con su hermana, Sofía, (Jennifer English) y con un hombre de ascendencia serbia y croata, Vlado, (Iain Batchelor). Batchelor también interpreta a Jan, el nuevo novio de la narradora. Ausente durante toda la obra está Karla, el último miembro de este piso compartido y novia de Vlado. Su marcha es el punto en el que comienza la acción. Ha salido a por provisiones y nunca vuelve. La acción se punctúa con un recuento, en alemán, de los días transcurridos desde su desaparición. La narradora nos guía por una secuencia de reacciones ante la desaparición de una amiga cercana: incredulidad, intentos de convencer a la policía de que se tome el caso en serio y, finalmente (cuando no lo hacen), intentos de los amigos por dar visibilidad en medios sociales y prensa, y salir ellos mismos a buscar a la desaparecida. Estos aspectos más tradicionales se ven interrumpidos por la descripción que hace Sofía de la matanza, preparación, cocinado y servicio de un conejo, que funciona como comentario simbólico de unos hechos que se sugieren pero nunca se nos presentan del todo. La atmósfera y el tono se oscurecen aún más en la segunda mitad de la velada, cuando la atención de los intérpretes se desplaza de lo externo hacia el mundo de la memoria y la responsabilidad personal, al recordar tiempos y acontecimientos anteriores, más felices, en compañía de Karla. ¿Hasta qué punto son fiables los relatos que estamos recibiendo, y a quién, si es que a alguien, debemos otorgar nuestra confianza? Las respuestas finales, en gran medida, quedan en nuestras manos.

Los tres intérpretes aprovechan con pasión y elegancia las oportunidades que se les brindan: English aporta buena parte del tiempo un comentario coral airado sobre la acción, lleno del desprecio combativo de una superviviente ante las circunstancias imposibles en las que se encuentran; mientras que Kavanagh, que es quien más texto maneja, transmite con solvencia la sucesión de estados de ánimo que provoca una desaparición sin explicación: incredulidad, enfado por no ser tomada en serio, desesperación y abatimiento, y culpa del superviviente. Como Vlado, Batchelor profundiza todavía más con el retrato de una figura problemática y perturbadora, claramente dañada por una crianza conflictiva en Yugoslavia, y que vive esa fragmentación de la personalidad propia de quien se enfrenta al racismo y al menosprecio diario, además de la pérdida de una identidad nuclear. Tiene mucho menos con lo que trabajar en su encarnación de Jan, y aunque las interpretaciones se distinguen con éxito entre sí, si la obra prescindiera de este personaje ganaría, en realidad, mayor enfoque y empuje general.

La negativa deliberada a ofrecer respuestas narrativas hasta casi el final es, por tanto, a la vez el reto y la oportunidad que proponen autora y director. En conjunto, las recompensas superan las frustraciones. Los intérpretes despliegan una elocuencia poética poderosa que atrapa la atención y nos deja, como público, mucho espacio para reflexionar sobre las grandes cuestiones que plantea la obra: ¿cómo se construye, se rompe y se reconstruye la confianza? ¿Qué podemos saber en una crisis, incluso de aquellos con quienes hemos convivido largo tiempo en la adversidad? ¿Cómo pueden testigos de los mismos hechos producir recuerdos tan distintos con una sinceridad aparente? Y, sobre todo, en tiempos difíciles, ¿qué partes de nuestro propio carácter aflorarán… las más templadas y valientes, o las más abyectas y cobardes?

Pero, al final, la tensión entre el recuento diario del paso del tiempo y la evitación de una dirección narrativa resulta demasiado difícil de sostener y, en los últimos tramos, volvemos con cierto alivio a una técnica expositiva más predecible. Además, las interpretaciones de los actores se relajan de forma notable una vez que el formalismo abstracto, entrecortado y casi hierático cede el paso a una presentación más naturalista. Al fin y al cabo, la variedad de tono y forma no es enemiga del pensamiento. También necesitamos nuestros thrillers y wésterns. Mi única objeción importante es que el intermedio es bastante innecesario: a la obra le sentaría mucho mejor ir del tirón. Pero que esto no te eche para atrás: es una velada fascinante, de gran destreza y seriedad, de esas en las que lo que te llevas es proporcional a lo que estás dispuesto a aportar......

Abyss se representa en el Arcola Theatre hasta el 25 de abril de 2015

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