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RESEÑA: Cautionary Tales For Daughters, Teatro Jermyn Street ✭✭✭✭✭

Publicado en

Por

julianeaves

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Cautionary Tales For Daughters: Historias que tu madre nunca te contó

Jermyn Street Theatre,

31 de enero de 2017 Reservar entradas

Tanya Holt arranca con una actitud lo bastante simpática en este espectáculo unipersonal, acompañada a los teclados y con coros por su fiel directora musical, ‘Fred’ (alias Birgitta Kenyon).  Nos preguntamos —brevemente— si estamos en territorio ‘Fascinating Aida’, donde se ofrece material mayoritariamente “ligero” con una mano, mientras con la otra se sujeta un gin-tonic no siempre metafórico, bien grande.  No lo dudamos por mucho tiempo.  Holt demuestra enseguida más acero que sonrisas en sus observaciones, finamente perfiladas, sobre la vida y el carácter, echando mano de cuantos instrumentos musicales se le cruzan para acompañarse, y de tantos estilos y modos de canción, movimiento, recitado y monólogo como parezca exigir el momento.  Aunque está cuidadosamente escrito y dirigido con una atención al detalle milimétrica, todo se percibe totalmente espontáneo e improvisado.  Y peligroso.  Con esto podríamos ir a cualquier parte y —en sus manos—, prácticamente, lo hacemos.

Tras una apertura ingeniosamente inofensiva (incluida una parodia muy pasada de rosca de ‘My Way’), la canción sobre ‘Sylvia’ en su torre, preguntándose ‘Where am I, and where are you?’, resulta demasiado dolorosamente conmovedora como para ignorarla.  Después, mientras un parloteo ágil nos lleva de una viñeta a otra, la iluminación, astutamente medida y enfocada (sin acreditar, pero quizá obra del director y coguionista, Robin Kingsland), cuenta otra historia, al igual que la videografía y el diseño de pantalla, cada vez más inquietantes, de Vesna Krebs.  La música adicional de Daniel Dibdin potencia la de la autora-intérprete: los arreglos son cada vez más audaces y sorprendentes, desde una exuberancia elaborada hasta una austeridad casi inexistente, mientras que el atrezzo de Millie Davies da vida al espacio escénico que queda sin ocupar por el surtido de instrumentos musicales (¿cuándo fue la última vez que viste una revista con una zanfona o una cítara?).

Cuando ya hemos pasado por su historia del ‘Bad Tattoo’ —una gloriosa y burlona “power ballad” ochentera— y ‘Gold’, la historia del “padre/madre helicóptero” contemporáneo, sabemos que estamos en manos de una inteligencia sabia, que se aventura muy por encima de los límites habituales del cabaret de sobremesa.  La lista country-and-western ‘I Wanna Be A Cowboy’ despedaza con brío los estereotipos de género, como si la interpretara una Dolly Parton agridulce en un desmoronamiento fragmentado.  A continuación, ‘Daddy’s Girl’ crece de forma orgánica como un recitado al estilo de los años 30, casi a la manera de Cicely Courtneidge, pero situándonos firmemente en “el lado oscuro” de la vida.  La erudición de la Sra. Holt se permite incluso una útil referencia de pasada a Hilaire Belloc (cuyo volumen homónimo, concebido para amonestar a niños traviesos de entre 8 y 14 años, apareció hace nada menos que 110 años), pero lo hace con la halagadora suposición de que entendemos a qué se refiere, sin explicación.

Y, de repente, nos transporta al retro-folk de ‘A Worthy Man Once In Fayre Garish Towne’, interpretado con el mejor hieratismo propio de ‘Celtic Connections’, aunque apenas oculta su veneno tras las falsas ilustraciones de xilografía del siglo XVI de esta sucia escapada sensacionalista de besos y chivatazos.  Esto enlaza con precisión con ‘There’s News’, una epístola dedicada a los placeres y esnobismos del parto contemporáneo, al final de la cual administra a un público agradecido la epidural del intermedio.

El ‘Act 2’ (¡casi podría llamarse así, porque todo lo que hace Holt —por leve y aparentemente discreto que sea— parece puro drama!) comienza con ‘Cherry, The Amazing Yo-Yo Girl’, a la que adorna con un “pregonero de feria” de un realismo aterrador.  (Cuando por fin se decidan a montar el primer ‘Carousel’ con reparto íntegramente femenino —y, amigos, es solo cuestión de tiempo—, tenemos clarísimo quién encabezará la lista para interpretar a ‘Billie’ Bigelow).  Esta es quizá la grotesca más influida por The Tiger Lillies de Holt: un ingenioso vals mefistofélico, a lo Liszt, servido además con generosas cucharadas de las Rapsodias húngaras.  Y luego regresamos al recitado a lo Joyce Grenfell con la espantosa historia de ‘Arabella Dare’: una voz de advertencia, desde luego, dirigida a personas reales que se enfrentan a la bestia salvaje que es Los Medios y pretenden domesticarla.  Sonidos ambientales elegantes nos llevan después al mundo de uno de sus personajes más atractivos, ‘Chanel, the Label Girl’: un paseo por los siete pecados capitales, con el fantasma de Lotte Lenya al lado.

De golpe, Holt nos traslada a The Little House on the Prairie, donde escuchamos su perfecta canción de mujer pionera: ‘O, Little Grey Hair’ —un blues melancólico—, que se acompaña a sí misma con la sierra musical, un número ejecutado a la perfección que Holt hace parecer tan reconfortante y tranquilizador como tocar “Chopsticks” con una radial.  ¿Por qué está haciendo esto?  Te lo preguntas.  ¿Quién es ella, en realidad?  Piensas.  Parece tan verosímil, tan natural, tan poco complicada y, sin embargo… y sin embargo… y sin embargo… La verdadera Tanya Holt siempre parece quedar apenas fuera de nuestro alcance.  Esquiva y misteriosa.  Con cada nuevo número, esperamos de forma subliminal que nos muestre “la verdad” y sepamos a qué atenernos.  Pero Holt ha estudiado a su Cleopatra y a su Teodora y sabe que ese no es el camino.

Incluso cuando está achispada, en la narración de la bebedora, ‘Can’t Take Your Drink’ (que explora las causas que empujan a la gente a la dipsomanía), el ‘sprechgesang’ anguloso, el canturreo de ‘It’s not OK’, revelan poquísimo.  Nos enfrenta constantemente al mundo y nos reduce a admitir lo poco que lo comprendemos.  Encima de esa admisión se suma un desafío estético: una especie de cantata de cine de autor sobre marcas de electrodomésticos y “línea blanca”, con un swing a lo Peggy Lee, y una capa de humor ligeramente camp.  Esto nos conduce a advertencias contra meterse en aguas peligrosas: ‘Red Flags Are Flying’, una ración realmente generosa de Steeleye Span y de una Maddy Prior en su versión más incisiva, generosamente salpicada de ecos posteriores de Barbara Dixon.  Creo.

Quiero decir, hay tantísimas influencias y “encantos” en la pulsera que es este espectáculo deliciosamente atractivo y asombroso, que uno podría enumerarlos y aun así no acercarse ni de lejos a entender el cómo y el porqué de que estén ahí —si es que son ellos, y no algún simulacro, algunas sombras de fenómenos pasados, notas a pie de página imaginadas de la historia del entretenimiento o alusiones ilusorias a grandes creadores de la tradición del cabaret.  Por razones tan inasequibles como arbitrarias, figuras como Jake Thackray parecen estar aquí tan presentes, como espíritus benévolos, como lo está Victoria Wood: mientras todos nos unimos al himno de cierre, ‘Yesterday Is Here Again’, somos dolorosamente conscientes de que quizá haya mucha más verdad en la canción de la que sospechamos.

Y esa es Tanya Holt, amigos.  Hasta donde yo alcanzo a ver.  Si algún día alguien se decide a grabarla —y alguien, de verdad, de verdad debería hacerlo—, pondremos, y volveremos a poner, y volveremos a reponer estos números y —sospecho— seguiremos tan misteriosamente hechizados por ellos como en nuestro primer encuentro.  Esto es especial.  Y el espectáculo estará en el Jermyn Street Theatre hasta el 11 de febrero, antes de embarcarse en una amplia gira nacional.

RESERVAR ENTRADAS PARA CAUTIONARY TALES FOR DAUGHTERS EN EL JERMYN STREET THEATRE

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