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RESEÑA: Intimate Apparel, Park Theatre ✭✭✭✭
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Por
stephencollins
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Intimate Apparel Park Theatre 19 de julio de 2014 4 estrellas Intimate Apparel, de Lyn Nottage, que continúa ahora su temporada de estreno en el Reino Unido (tras su traslado desde el Ustinov Studio del Theatre Royal Bath) en el Park Theatre, es una obra exquisitamente escrita, perspicaz y evocadora que ilumina las vidas y circunstancias de los afroamericanos hacia 1905 y, al mismo tiempo, habla de la falta de verdad que impregna el sentido moderno de la identidad y de cómo, hasta cierto punto, casi todo el mundo guarda secretos y los utiliza para moldear su yo exterior.
La escritura es dolorosamente honesta, de una lírica tierna, y los personajes laten y brillan con vida.
Cuenta la historia de Esther, una costurera solterona ya no joven, que alquila una habitación en una pensión y se gana la vida cosiendo ropa íntima para ricas mujeres de la Quinta Avenida y al menos una prostituta del barrio de Tenderloin. Compra telas maravillosas a un judío solitario, el señor Marks, que regenta un pequeño negocio boutique, y transforma esas telas en prendas de una belleza y un detalle increíbles.
Ahorra todo el dinero que puede, escondiendo los preciados billetes dentro de la colcha de retales que ha hecho para su cama, y espera pacientemente el día en que pueda abrir un salón de belleza para “señoras de color”. Lleva una vida sencilla, honrada y solitaria, evitando la atención de los hombres que tienen “buenos trabajos” en hoteles llevando equipaje y sirviendo. Esperando. Pacientemente esperando.
Entonces, le llega una carta. No sabe leer ni escribir, así que una de sus clientas ricas le lee la carta y, al más puro estilo Cyrano, escribe sus respuestas. El corresponsal, George, es un hombre solitario que trabaja en la construcción del Canal de Panamá. Tras mucha correspondencia, llega a Nueva York y, la primera vez que se ven, se casan.
El segundo acto aborda lo que viene después; parte es delicado y suave; parte sorprendente y verdaderamente triste; parte evidente; parte extraordinariamente sensual. Todo está escrito con gracia, verdad y ese regusto agridulce que deja la experiencia. La imagen final de Esther, enfrascada en su máquina de coser, es potente y evocadora; un símbolo de coraje, fortaleza y un sentido inapagable de lo que es correcto.
La dirección de Laurence Boswell es encantadora e inteligente, y se ve muy reforzada por un diseño de escenografía sumamente ingenioso de Mark Bailey, que no se limita a hacer que la acción resulte interesante de mirar, sino que refleja temas centrales. En el espacio de Bailey hay realidades ocultas; igual que cada uno de los personajes principales guarda secretos, también lo hace la escenografía. El trabajo de Bailey es inspiradísimo, y la iluminación de Ben Ormerod aumenta considerablemente su impacto.
Pero hay dos grandes fallos en la producción. El más flagrante es el trabajo de acentos. Salvo la dueña de la pensión y el señor Marks, los acentos aparecen y desaparecen, a veces son incomprensiblemente erróneos y restan autenticidad a unas interpretaciones por lo demás (en su mayoría) honestas. Rick Lipton figura como coach de dialecto, pero su trabajo, especialmente con George y la señora Van Duren, o bien se ignora o bien está equivocado.
El segundo fallo tiene que ver con la música, demasiado moderna para la época, que desentona con la sensación general de autenticidad.
Tanya Moodie está excelente como la figura clave, Esther. Como mínimo, Esther es una creación extraordinaria: una mujer ferozmente independiente, capaz de asumir grandes riesgos y tomar decisiones poco habituales. Moodie responde de forma soberbia; sus elecciones interpretativas son inesperadas y variadas, haciendo que el personaje vibre con una aspereza, una honestidad y una verdad profundamente sentidas. Irradia calor cuando está alegre y expresa esa infinita frialdad blanca que trae la desesperación con una intensidad sobrecogedora.
Las escenas en las que comparte con el señor Marks su pasión conjunta por telas magníficamente confeccionadas y decoradas a mano son de una belleza deslumbrante. Cuando acaricia la tela imposiblemente delicada que él le ofrece para su vestido de novia, es imposible no sentir lo que siente su mano, ver lo que ven sus ojos, bañarse en su resplandor de puro placer. Y el momento en que ella viste al señor Marks con la bata que ha confeccionado con la seda exótica que él encontró especialmente para ella es tan sensual y emocionante como cualquier cosa que pueda verse en un escenario.
Pero los mejores momentos de Moodie llegan de forma inesperada: su horror cuando el señor Marks se aparta de su contacto; su ira ante el menosprecio de la señora Dickson hacia su futuro marido por correspondencia, tildándolo de inútil; su tolerancia hacia la vida de Mayme como prostituta; sus sacrificios por George y, por separado, por Mayme; su acusación abierta de la cobardía de la señora Van Duren. Moodie interpreta cada uno con una eficacia extraordinaria, a través de decisiones actorales interesantes, poco comunes e inspiradas.
Sin embargo, la interpretación más destacada de la producción no es la suya, pese a —o quizás precisamente por— que Esther sea el personaje central. Es el señor Marks de Ilan Goodman quien ofrece aquí el mejor trabajo interpretativo.
Minuciosamente detallado, el Marks de Goodman es la perfección absoluta. Capta con aplomo y una habilidad notable la timidez, la sencillez y la judería tradicional del personaje. Sus escenas con Moodie son los triunfos de la obra. Las pasiones reprimidas de Marks quedan claras sin que Goodman las subraye jamás. Es una interpretación magnífica en todos los sentidos.
Rochelle Neil y Chu Omambala, como Mayme y George respectivamente, no están a la altura. Ambos ofrecen interpretaciones deslucidas que restan brillo a la escritura y al resto de actuaciones excelentes. A menudo es imposible entender a Omambala, lo cual no ayuda a su trabajo, pero no es solo eso. Los dos parecen estar “actuando” y, frente a Moodie, se asemejan a una vela titilante bajo un sol pleno y abrasador: están ahí, pero apenas se ven.
Sara Topham, dejando a un lado el acento, aborda con solvencia la figura trágica de la esposa trofeo alcohólica, atrapada en sus galas de la Quinta Avenida y escondiéndose de sí misma. Como la entrometida y metomentodo dueña de la pensión, la señora Dickson, Dawn Hope está en plena forma; su parlamento sobre su propio matrimonio y sobre su madre es uno de esos momentos tiernos que no pertenecen en exclusiva ni a Moodie ni a Goodman.
Como sugiere el título, esta es una obra en la que aparece ropa íntima: prendas interiores femeninas de principios del siglo XX. Pero desde luego no va de eso. Va de los secretos íntimos que todos guardamos de quienes nos rodean, con quienes convivimos, a quienes amamos, con quienes nos casamos o con quienes trabajamos. Y, lo más importante, va de ser fiel a uno mismo.
Pero, igual que la seda y las prendas sedosas sobre las que Esther se deja la piel en su máquina de coser, esta es una obra a la vez funcional y delicada, necesaria y, sin embargo, ligeramente exótica, hecha con cariño y suntuosa de vivir. Y como toda ropa íntima preciosa, merece la pena verla.
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