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RESEÑA: Caballeros de la Rosa en el Arts Theatre ✭✭✭
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julianeaves
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Julian Eaves critica Knights Of The Rose, actualmente en cartel en el Arts Theatre de Londres.
Chris Cowley, Andy Moss Ian Gareth y Oliver Savile en Knights Of The Rose. Foto: Mark Dawson Knights of the Rose
Arts Theatre,
5 de julio de 2018
3 estrellas
¡Reserva ya! Lo más importante que te llevas de este espectáculo es la experiencia de un magnífico equipo de intérpretes del West End —y es una compañía de buen tamaño, 13 en total, de los cuales tres son actor-músicos que respaldan a una gran banda de rock de cuatro— que se marca 26 estupendas reinterpretaciones de algunos de los mejores temas pop de los 80 y los 90. Hay aquí unos 100 minutos de interpretación musical, con versiones memorables de auténticos temazos, y es un placer absoluto estar tan cerca —el Arts es un teatro famosamente íntimo— de un grupo de jóvenes tan apuestos y musicalmente irresistibles dejándose la piel. La directora y coreógrafa Racky Plews hace todo lo posible para lucir a estos encantadores intérpretes en su mejor versión, y Tim Deiling los ilumina con una riqueza deslumbrante, engañando al ojo hasta hacernos creer que el Arts es un gran escenario del West End, ofreciendo un entretenimiento épico y espectacular (que, en cierto modo, es lo que el espectáculo intenta ser, creo).
Rebekah Lowings, Belu Woodward, Katie Birtill en Knights Of The Rose. Foto: Mark Dawson El diseño de escenografía y vestuario de Diego Pitarch resulta más problemático: grandes camiones cargan enormes módulos en forma de caja que se desplazan para crear configuraciones llamativas, pero dejan poquísimo espacio —sobre todo cuando hay muchos cuerpos en escena— para que Plews despliegue su genio coreográfico. Quienes vengan esperando ver el mismo brío y energía que impulsaron y elevaron su montaje del estreno europeo de 'American Idiot' (que se vio aquí no hace tanto) se sentirán decepcionados. La situación se complica aún más por un cálculo desastroso —uno de tantos por parte de los productores—: la cutre baratura del presupuesto de vestuario, que francamente es un insulto a la calidad de los intérpretes en escena y una falsa economía total, de la que desde luego no se puede responsabilizar al diseñador. El reparto se defiende con una profesionalidad admirable y vuelca el corazón en ofrecer interpretaciones sublimes del magnífico repertorio de canciones. Ojalá pudiera pensarse que los productores tienen el mismo arrojo teatral.
Adam Pearce, Ian Gareth-Jones, Matt Thorpe y Ruben Van Keer en Knights Of The Rose. Foto: Mark Dawson
Tras un inicio prometedor, con una narración agradable y el arranque de 'Blaze of Glory' poniendo la rueda en marcha, descubrimos el verdadero talón de Aquiles de la pieza: el libreto. El programa ya nos había avisado del estilo “álbum de recortes” de su “escritura”: enumera una larguísima colección de referencias a otras obras, una especie de “Cien citas favoritas de Literatura Inglesa”, y me recordó —con demasiada fuerza— al temario del curso de Literatura Inglesa de Oxford. Mis fuentes me dicen que no voy desencaminado en mis sospechas: la autora de este “texto”, Jennifer Marsden, al parecer está deseando compartir con el público su amor por el gran canon de la literatura inglesa. Muy bien, pero ¿es realmente un musical rock con catálogo de éxitos la mejor vía para comunicar ese amor? Y, más aún, ¿por qué deberíamos prestar atención a ese legado: hay aquí un propósito, un argumento? Si lo hay, Marsden no lo articula. Lo que recibimos es una ristra de “citas” de este, de aquel y del otro texto —muy superiores—, y nos quedamos cada vez más preguntándonos si tiene algo propio que decir. Y no mejora nada su empeño en que se diga todo “a palo seco”, sin una pizca de humor ni un atisbo de ligereza, con las mejores voces británicas de actor “estilo RADA”, mientras cantan los números con el twang americanizado propio de la industria pop: sencillamente no me creo que la dirección esté detrás de una decisión así; tiene que ser una condición impuesta por la autora y los productores, ¿no? Cómo imagina Marsden que esto ayudará a acercar los elementos dispares de su brebaje es cosa de adivinos. Tengamos también en cuenta que (según entiendo) Marsden ha tenido años para trabajar en este espectáculo, con tiempo de sobra para identificar y extirpar cualquier problema del libreto. De nuevo, según mis fuentes, en ese proceso ha trabajado junto a gente muy respetable, y me cuesta creer que ninguno de ellos le haya señalado antes estas dificultades.
Chris Cowley en Knights Of The Rose. Foto: Mark Dawson
Si detrás de este proyecto hay una escasez de intención (y una falta de voluntad para corregir errores), también hay claramente bastante —bueno, una cantidad razonable— de dinero. Alquilar un teatro del West End no es barato, y llenarlo con tantos artistas cuesta, sobre todo cuando les espera una temporada de muchas semanas. Los antecedentes de Marsden como abogada de éxito muy lucrativo, en colaboración con su pareja, igual o incluso más exitoso, han aportado la necesaria pasta para hacer realidad el espectáculo. ¡Bien por ellos! Como recién llegados a la producción, no sorprende que cometan errores a la hora de saber dónde y cómo gastar ese dinero; quizá podrían haberse hecho —y habernos hecho— algunos favores apostando por un título más modesto y menos arriesgado, para ir aprendiendo, como sin duda tuvieron que hacer en sus otras carreras, poco a poco, despacio y con cuidado. Más concretamente, podrían mostrarse más dispuestos a escuchar voces de advertencia antes de comprometer tantos recursos en una producción física. Pero lo hecho, hecho está. Han contratado a una directora magnífica, que ha elegido un elenco y un equipo creativo sublimes, con la esperanza de que eso bastara para asegurar el éxito. Y los intérpretes lo dan todo para sacar el máximo partido a lo que tienen entre manos.
Rebekah Lowing en Knights Of The Rose. Foto: Mark Dawson
Chris Cowley (Sir Palomon) es un talento deslumbrante, con una voz deliciosa y una presencia escénica tremendamente atractiva. Katie Birthill (la princesa Hannah) ya había trabajado con él —como, de hecho, muchos aquí—, y saltan chispas juntos: canta con potencia, claridad y un control idiomático perfecto del material. Matt Thorpe (Sir Horatio) es sólido y resonante, y una cara conocida aquí por el magistral American Idiot de Plews; su presencia también nos recuerda con fuerza lo rotundo que fue el éxito de aquel montaje. Demuestra de verdad cómo un actor puede “atravesar” la superficialidad de un libreto para encontrar una historia más profunda y envolvente que contar, y su interpretación transmite eso de un modo al que las palabras que le toca pronunciar no llegan. Oliver Saville (Sir Hugo) tiene fuerza y carisma, y Rebecca Bainbridge (reina Matilda/Bess) es apasionada y noble. Rebekah Lowings (Lady Isabel) es otro gran talento emergente, al igual que el afable Ruben Van Keer (John). También tenemos a un Adam Pearce (rey Aethelstan/Francis) dramáticamente convincente, a Andy Moss (como el trágico príncipe Gawain), a la siempre viva y absorbente Bleu Woodward (Emily) y a los potentes integrantes del ensemble Ian Gareth-Jones, Kelly Hampson y Tom Bales. Es una compañía maravillosa.
Chris Cowley Bleu Woodward, Katie Birtill, Kelly Hampson y Rebekah Lowings en Knights Of The Rose. Foto: Mark Dawson
La dirección musical corre a cargo del experimentadísimo y sensible Mark Crossland, un intérprete sin igual de los arreglos vocales, las orquestaciones y la música adicional del estupendo Adam Langston; el sonido adquiere un cuerpo generoso gracias al diseño sonoro, seguro y astuto, de Chris Whybrow. No olvidarás los momentos de asombro que ofrecen: en particular, el efecto de las voces masculinas cantando juntas en los números corales es arrebatador, como también lo es la puesta en escena, fantásticamente lograda, de las mujeres en 'Total Eclipse of the Heart', donde parecen flotar en la nada, fusionándose entre sí y entrando y saliendo de nuestra conciencia como visiones de un sueño. Incluso en un espectáculo que, desde el punto de vista dramatúrgico, está demasiado enganchado a las power ballads (¡el segundo acto ofrece media docena seguidas en una fila aterradora!), son momentos como estos los que te recuerdan lo fuerte que podría ser este show. Y, sin embargo, una y otra vez, la debilidad empalagosa del libreto arruina por completo el efecto acumulativo de las grandes canciones. Nos encontramos riéndonos “del” espectáculo, y de la absurda incompetencia del guion, y no con él: se toma demasiado en serio como para que eso ocurra.
A corto plazo, si el libreto no puede interpretarse con un mínimo de humor que lo alivie, la mejor solución sería deshacerse de él por completo: el espectáculo no estaría peor, sino mucho mejor. Liberado de semejante lastre, el show quizá tendría entonces una oportunidad real de encontrar un público agradecido. Y todos podrían prestar la debida atención a sus abundantes virtudes sin distraerse con las debilidades fatales que tanto hacen por socavar y empequeñecer las magníficas aportaciones de tantos grandes talentos.
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