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RESEÑA: Regreso al Planeta Prohibido, Upstairs At The Gatehouse ✭✭✭✭
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julianeaves
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Julian Eaves reseña el musical de Bob Carlton, Return To The Forbidden Planet, presentado por Ovation Productions en Upstairs At The Gatehouse.
El reparto de Return To The Forbidden Planet. Foto: Darren Bell Return To The Forbidden PlanetUpstairs At The Gatehouse 16 de mayo de 2018 4 estrellas Reservar ahora Ovation Productions, la compañía residente de Katie y John Plews en su veterano teatro Fringe londinense en pleno corazón de Highgate Village, continúa su temporada de primavera con una magnífica producción de este musical seminal, creador de género, sobre exploradores espaciales de altos ideales y rock and roll para todos los públicos, con, como declara el programa: «héroes audaces», «lugares extraños» y «monstruos aterradores». Concebida originalmente por Bob Carlton y repuesta sin cesar desde entonces, se nos dice que la acción transcurre a bordo de la nave espacial ficticia «Albatross» en el año 2042. La trama se basa en elementos tomados del icónico épico de ciencia ficción de MGM de los años 50, Forbidden Planet, que a su vez es una relectura de La tempestad de Shakespeare. Carlton, un pionero del teatro popular, de hecho rellena su libreto con extensas citas de muchas otras obras del canon shakespeariano, aplicándolas a menudo de formas muy originales y memorables, dándoles un giro nuevo tras otro. Esta rica textura clásica se entreteje después con números —en su mayoría, brillantemente insertados— de la edad de oro del rock and roll y el pop, que ofrecen un bienvenido respiro frente al lenguaje florido del texto hablado (muy al estilo de las 10 canciones que Shakespeare incluyó en su versión original de La tempestad, muchas —o buena parte— de las cuales ni siquiera eran suyas). El reparto de Return To The Forbidden Planet. Foto: Darren Bell Hasta ahí, todo resulta verosímil. Con una puesta en escena lucida de Amy Yardley, una iluminación glamurosa de Sam Waddington y un diseño de sonido de gran pegada a cargo de Nico Menghini (con la ayuda de Josh Robins), el escenario —de dimensiones modestas— del teatro queda listo para acontecimientos épicos. Ataviados con un vestuario elegantemente futurista supervisado por May Clyne y con pelucas y peluquería de la siempre fiable habitual del equipo, Jessica Plews (imaginen mucho azul y malva en cortes bob con enjuague, y —cuando hace falta— un cardado de infarto), el reparto luce totalmente a la altura. Tocando una amplia selección de instrumentos de banda de rock, estos actores-músicos convierten el espectáculo en un concierto-espectáculo de primera, gestionando todos los elementos y, además, haciendo justicia a la coreografía idiomática de Grant Murphy. El reparto de Return To The Forbidden Planet. Foto: Darren Bell Desde luego, saben sacar las canciones adelante: por nombrar solo algunas, Guy Freeman (Bosun) tiene una voz rockera ardiente, y también Lewys Taylor (Bud Visor), mientras que Ellie Ann Lowe (Oficial de navegación científica/Gloria) se luce con potencia de estadio, especialmente en su magnífico número de entrada como «Gloria», y Stephanie Hockley (Miranda) resuelve con soltura la pregunta «¿Por qué tengo que ser una adolescente enamorada?». Por su parte, la faceta instrumental no se queda corta en emociones, sobre todo con los impresionantes solos de guitarra de Edward Hole (Cookie), de esos que ponen los pelos de punta. Este es el tipo de función para dejarse llevar por el ritmo, y este equipo no deja a nadie atrás. Me encantan los riffs de metales de Emma Fraser (Oficial de navegación) y el robot patinador, plateado, de Simon Oskarsson (Ariel). Chris Killik compone un Doctor Prospero magníficamente exótico y Alex Fobbester aporta a Captain Tempest la clase británica y el aplomo de los años 40. Rhiannon Hopkins mantiene el control como la médica de a bordo (y Penny Cyllan... ¿qué harían los jóvenes enamorados sin ella?), y David Persiva es el aún más gimoteable Mike Roechip (alias «Sticks»... imaginen qué toca). Y luego está un encantador cameo en vídeo de nada menos que Angela Rippon, CBE, que cubre los huecos expositivos con su simpatía habitual mediante boletines informativos intergalácticos. Marcus Adams mantiene todo maravillosamente a raya como supervisor musical, con los arreglos de Julian Littman sonando a la vez nítidos y con cuerpo. En conjunto, es una función de las que alegran el día, aunque el detalle fino y la armonización de las partes quizá necesiten un poco más de tiempo para quedar perfectos. Puede que el propio libreto se vaya un poco por las ramas —parece que nos esforzamos por encajar con calzador citas del Bardo y números de catálogo más que por preocuparnos demasiado por una consistencia o un sentido dramáticos. Bueno, no se acaba el mundo. Para los incondicionales, este reestreno será irresistible, y para quienes aún no lo conozcan puede que los seduzca hacia una dependencia de por vida para la que, que sepamos, no existe cura. Hasta el 17 de junio de 2018
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