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RESEÑA: Cohetes y Luces Azules, Teatro Nacional Dorfman ✭✭✭✭
Publicado en
3 de septiembre de 2021
Por
pauldavies
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Paul T Davies reseña la obra de Winsome Pinnock, Rockets and Blue Lights, actualmente en cartel en el National Theatre.
El elenco de Rockets and Blue Lights. Foto: Brinkhoff Mogenburg Rockets and Blue Lights
Dorfman Theatre
National Theatre
4 estrellas
En mayo de 1840, J. M. W. Turner expuso dos nuevos cuadros en la Royal Academy: “Rockets and Blue Lights (Close at Hand) to Warn Steamboats of Shoal Water” y “Slavers Throwing Overboard the Dead and the Dying- Typhoon Coming On”. El segundo se conoce hoy comúnmente como “The Slave Ship”; del primero se desconoce su paradero. En The Slave Ship no aparecen cuerpos ni personas racializadas: hay nubes arremolinadas, un mar embravecido, bañado por un resplandor dorado del que, cerca del barco, emergen casi imperceptiblemente manos humanas. Desde esta perspectiva, Winsome Pinnock teje una obra fascinante, turbulenta y urgente sobre la representación de las personas negras en la cultura, el arte y la historia.
Cathy Tyson y Paul Bradley en Rockets and Blue Lights. Foto: Brinkhoff Mogenburg
Nuestra guía en todo esto es Lou/Oli: una interpretación de fragilidad y fortaleza a partes iguales, a cargo de Kiza Deen, una actriz de éxito que regresa de Estados Unidos para participar en una película titulada The Ghost Ship, sobre Turner y la esclavitud a bordo del barco The Glory. Es famosa por interpretar a la capitana de otro tipo de nave —una nave estelar— en una serie de ciencia ficción enormemente popular. (En un episodio destacado aparece un cargamento de drones; uno de ellos intenta escapar, añadiendo aún más capas al relato.) Ella percibe movimiento en el cuadro de Turner, y Pinnock enlaza de forma soberbia hecho y ficción, pasado y presente, historia imaginada e historia real.
El elenco de Rockets and Blue Lights. Foto" Brinkhoff Mogenburg
Que la historia y la cultura han estado en manos de hombres blancos queda señalado con gran agudeza por la idea de que “¡siempre se trata de Turner!”, algo que cobra especial fuerza cuando Paul Bradley ofrece una magnífica interpretación, llena de matices, tanto como Turner como en el papel del actor Roy, humilde y fanfarrón. Como en toda gran obra de arte, el texto está hermosamente estratificado; las escenas se desplazan con inteligencia y en varios momentos no estás seguro de si estás viendo la historia o el rodaje de The Ghost Ship. El conjunto es formidable: Rochelle Rose está excelente como Essie y, en particular, como Lucy, que lleva su historia en el cuerpo en forma de marcas a fuego y cicatrices de su tiempo esclavizada; y Karl Collins cuenta de manera soberbia la historia de Thomas, conduciéndonos a un final de enorme compasión y rabia que cierra la obra en un pico emocional, enlazando con la historia reciente del movimiento Black Lives Matter.
Karl Collins y Rochelle Rose. Foto: Brinkhoff Mogenburg
Podría haber caído en el caos (la historia de la joven alumna Billie quizá sea una capa de más, por ejemplo), pero la firme dirección de Miranda Cromwell permite que la claridad se mantenga, al tiempo que concede a la obra sus momentos más ligeros, disfrutables y libres. (Excelente dirección de movimiento a cargo de Annie-Lunnette Deakin-Foster.) Es un alegato apasionado sobre los derechos de la representación: quién posee la historia y la cultura, quién las cuenta y qué ocurre cuando esa cultura se recupera legítimamente. Todo ello se ve subrayado por el precioso diseño de vestuario y escenografía de Laura Hopkins: el agua se filtra, pero nunca desborda la acción ni el debate; está siempre ahí, como una presencia siniestra.
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