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NOTICIAS

RESEÑA: Roundelay, Southwark Playhouse ✭

Publicado en

28 de febrero de 2017

Por

julianeaves

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Roundelay

Southwark Playhouse

27 de febrero de 2017

1 estrella

Reservar entradas Creo que se dice que, en todo el mundo, en cualquier momento, siempre hay alguna producción de 'Muerte de un viajante', de Arthur Miller, representándose en algún sitio. Pues bien, Miller no le llega a la suela a Arthur Schnitzler. Por cada producción de la tragedia de Willy Loman, debe de haber diez versiones de 'La Ronde' de Schnitzler. Ya en Londres en los últimos meses, la inteligente, descarada, contemporánea y gay reinterpretación de Joe Di Pietro, 'F**king Men', ha deslumbrado por su precisión y su ingenio; y, más recientemente, en The Bunker, otra magnífica versión ha llegado al escenario. Y ahora, al mismo tiempo que esa, llega esta propuesta de Southwark Playhouse junto con Visible, la compañía de Sonja Linden. Sinceramente, cualquiera diría que Schnitzler no escribió ninguna otra obra.

El gancho de este proyecto es que da protagonismo a intérpretes de más edad. Nada que objetar. Hace poco, Lucy Bailey cosechó un gran éxito con su versión “de veteranos” de 'La importancia de llamarse Ernesto' (y la llevó de gira a lo largo y ancho del país, recogiendo elogios). Así que las esperanzas —y las expectativas— son altas al llegar a esta edición de este folletín calenturiento de polvos en serie.

Se ha reunido un reparto estupendo. Clare Perkins es una Maestra de Ceremonias elegante y con autoridad, que nos guía por una puesta en escena de temática circense (y que, de paso, recuerda a voces a la 'Lulú' de Wedekind). John Moraitis, Roger Alborough, Elan James (uno de los dos chavales de cuota) y Vincenzo Nicoli son los hombres —todos muy buenos y solventes a su manera—; y Holly de Jong, Annie Firbank, Doreen Blackstock y (la joven de cuota) Anna Simpson son las mujeres —igual de competentes y ofreciendo un magnífico rendimiento en unas interpretaciones que intentan sacar el máximo partido a lo que hay. Tanto ellos como ellas hacen maravillas con sus escenas y llenan el escenario de trajín y acción durante las distintas transiciones tipo número de circo, con la pareja joven echando horas extra entre volteretas, ruedas y trepadas por cuerdas para improvisar acrobacias aéreas. ¿Y qué tiene eso que ver con el tema? Bueno, échale imaginación (o el strap-on de rigor, o más bien el látigo bastante ajado con el que se aderezan algunos interludios). Eso sí: aunque Southwark Playhouse tiene una lámpara de araña, en esta producción no se ve a nadie columpiándose de ella. Hay otro miembro joven del equipo: Ru Hamilton, que empieza pareciéndose a Jean-Louis Barrault como el mimo Pierrot en 'Les enfants du paradis' y luego interpreta música preciosa (de Max Pappenheim) alternando flauta, violonchelo, saxofón y clarinete. Su aportación es probablemente lo más plenamente satisfactorio de toda la noche.

La mirada de Linden sobre este terreno sobadísimo suena como si la hubiera escrito un comité. Parece tener la compulsión de decirlo todo dos veces, y preferiblemente tres, quizá por temor a que el público no prestara atención la primera. Puede que no le falte razón. Quizá nos hayamos distraído con todas las ocurrencias ideadas por la directora Anna Ledwich o con el movimiento nerviosamente inquieto y, a la vez, de algún modo muy estático de Diane Alison Mitchell. Mientras algunas obras optan por presentar distintos “niveles” de experiencia, el método preferido de Linden es cambiar la manera de hablar. Hay más, muchísimos más, cambios de tono y de registro en el texto que intercambios de parejas sexuales —y de otro tipo—. El efecto es que nunca queda claro de dónde viene o adónde va el libreto. Si es deliberado, entonces es una decisión deliberada de confundir al público; si es accidental, es pura dejadez por parte de la autora. ¿A qué suena? Imagina a Schnitzler reescrito por Jane Austen y luego ese texto reescrito por Danielle Steel, y te vas haciendo una idea.

Hace poco, Southwark Playhouse presentó una obra extraordinariamente buena sobre el conflicto eterno entre Juventud y Vejez: se llamaba 'Gods And Monsters'. Ahora, en el mismo espacio en el que el drama de Russell Labey logró un impacto tan inteligente, conmovedor y hermoso, esta parodia de Schnitzler por parte de Visible se queda tristemente en nada. Si te gustan los culebrones simples —muy simples— sobre simpática gente de clase media que bebe mucho prosecco y habla durante una eternidad, sin demasiado sentido, de sus relaciones de lo más corrientes, ¡esta es tu obra! Si no, mejor pasar de largo.

Hasta el 18 de marzo de 2017

Fotos: John Haynes

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