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RESEÑA: Tartufo, Theatre Royal Haymarket ✭✭✭✭
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Por
julianeaves
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Crítica de Julian Eaves de Tartufo de Molière, ahora en cartel en el Theatre Royal Haymarket.
El reparto de Tartufo. Foto: Helen Maybanks Tartufo
Theatre Royal Haymarket
29 de mayo de 2018
4 estrellas
Comprar entradas ¡Parlons Molière! (Como podría haberlo dicho Punch...) Pues bien, esto es una rareza encantadora y, en verdad, bastante maravillosa, que aterriza en el Haymarket como una especie de arremetida bohemia contra el aislacionismo brexitero y el filistinismo rancio: una suerte de mezcla del opus favorito —y último— de Jean-Baptiste Poquelin, con esquirlas de la estimulante traducción de Christopher Hampton agitadas dentro de este cóctel franglais, y dirigido con entusiasmo sin afectación por Gerald Garruti. Un minuto hablan en auténticos alejandrinos; al siguiente… en verso traducido al más puro estilo Hampton. Pantallas de sobretítulos salpican el patio de butacas, para quienes puedan seguir la velocidad de las réplicas —y me gustaría saber quién puede. Mientras tanto, hay mucho disfrute sencillo en simplemente quedarse mirando el espectáculo bilingüe y dejar que te envuelva. Con algo —de— francés, se capta bastante de lo que se dice, y una mirada ocasional a los sobretítulos quizá baste para no perder el hilo de la trama, tal y como es. Los actores cambian de un idioma a otro con una facilidad casi indistinguible: algunos se lanzan a acentos de lengua materna, pero la mayoría son, por así decirlo, fluidos en ambos, creando un efecto maravillosamente desconcertante: ¿cómo estar seguro de lo que estás oyendo…? ¿Son la gente realmente lo que dicen ser? Y ese, queridos amis, es el quid de este drama, ¿no?
El reparto de Tartufo. Foto: Helen Maybanks
El planteamiento de esta obra es increíblemente sencillo y muy, muy claro. El nuevo haute-bourgeois Orgon (Sebastian Roche, en una forma groseramente engreída como el arquetipo de quien finge un grado de refinamiento que, en realidad, no se merece) cree que a su hogar elegante y minimalista, muy Philippe Starck (gracias a Andrew D Edwards, diseñador), le falta la presencia elevadora de un místico, un gurú, un… Tartufo, que aparece puntualmente y rellena ese hueco doloroso con su propio número a lo Boudu, salvado de las aguas, encarnado aquí por Paul Anderson como un estafador estadounidense barbudo y, de paso, ladrón común. La casa de Orgon es encantadora, bien educada, bien vestida y rebosante de autosatisfacción, y desde el principio casi queremos ver a Tartufo triunfar tomando el control —y lo hace—; y casi queremos que venza del todo, incluso a pesar del coste atroz que impone después.
Paul Anderson y George Blagden en Tartufo. Foto: Helen Maybanks
La manera sutil con la que escribe Molière —y que Hampton entiende y recrea tan perfectamente para nosotros en inglés— consiste en que sus transgresiones morales siempre están formuladas de tal modo que su peligrosa carga surge, en realidad, de nuestra interpretación: por lo general habla con un tono anodino, cuasi obsequioso, que hace todo lo posible por disociar su voluntad de cualquier culpabilidad deliberada y abierta hacia el rumbo al que tienden sus actos, convirtiendo a la víctima de su malévola atención en el supuesto motor que los genera. Aunque los cambios de idioma no siempre son tan fluidos o lógicos como podrían, el resultado es ingenioso y profundamente inquietante. La escena final de seducción de Elmire, la esposa vanidosa y conspiradora de Orgon (Audrey Fleurot, toda soigné couture y pelo impecable), es el cenit de este enfoque y también el nadir moral de la obra: no es de extrañar que las autoridades francesas la prohibieran. Aquí, Molière casi pisotea las normas sociales aceptadas mientras, al mismo tiempo, señala que son otros —y no él— quienes pretenden atacarlas. El golpe de gracia llega con la aparición de lo que parece una especie de anti-deus (¿un diabolus?) ex machina: Loyal, interpretado con una inquietante dureza a lo Sam Shepherd por John Faulkner. Esta escena aún nos hace incorporarnos de golpe en nuestros asientos cómodos, aterrados ante la facilidad con la que hemos sido cómplices al empujar hacia la victoria a semejante saltimbanqui, a alguien cuyo objetivo principal es derribar todo lo que nosotros, respetables espectadores de teatro, consideramos sagrado: dinero, propiedad, jerarquía, familia, etc.
Olivia Ross, Claude Perron y Jaz Deol en Tartufo. Foto: Helen Maybanks
Es casi un milagro de Molière no dejarlo ahí, y además uno bastante artificial. El final no es tanto una conclusión como el aplazamiento de una catástrofe inevitable, pospuesta para otro día (o siglo: quizá el nuestro). Hampton se guarda algunos de sus chistes más divertidos —y más actuales, en un texto en el que trabajó por primera vez hace muchos años— para los últimos compases del drama. Es una gozada, y lo disfrutaron mucho las personnes de qualité que acudieron a la noche de prensa. Cómo funcionará con el público general, quién sabe. Tendremos que verlo. Mientras tanto, si te apetece un plan de diversión redonda, de una audacia y un desparpajo extraordinarios, no encontrarás algo mejor que esto en bastante tiempo, me atrevería a decir. Yo terminé adorando estar en compañía de actores tan deliciosos como la Madame Pernelle de Annick Le Goff, el Damis de George Blagden, la Mariane de Olivia Ross, el Valere de Jaz Deol, el Cleante de Vincent Winterhalter, la Dorine de Claude Perron, la Mendiga de Sophie Duez, el Oficial de Zachary Fall, la Flipote de Nadia Cavelle y el Laurent de Paikan Garutti. En este mundo tan amable —iluminado también por Paul Anderson— y con un paisaje sonoro exuberante de David Gregory (compositor, Laurent Petitgrand), serían unos vecinos encantadores. Tan entretenido. Pero no querría ser ellos.
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