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RESEÑA: The Frogs, Teatro Jermyn Street ✭✭✭✭
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Por
julianeaves
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George Rae (Xantias), Michael Matus (Dionisos) y el reparto de The Frogs. The Frogs
Jermyn Street Theatre
Jueves 16 de marzo de 2017
4 estrellas
El estreno británico —al menos— de un musical de Sondheim es un acontecimiento poco común, sobre todo cuando ha tardado 43 años en producirse. Que sirva de lección para cualquiera que quiera triunfar en el teatro: a veces el éxito tarda en llegar. En fin, por fin está aquí: la sátira de Aristófanes sobre el más allá, cuyo «libreto» ha pasado por un doble filtro: primero, el humor mordaz de Burt Shevelove y después la juerga descarada de Nathan Lane. El propio Lane está en Londres ensayando Angels in America: A Gay Fantasia en el National, y se dejó caer para ver cómo iba la cosa; salió encantado: su cara sonriente aparece en una foto que conmemora la visita, expuesta en el modesto tablón del JST junto a las escaleras que bajan a sus recovecos coquetos y de exquisita rareza.
Y hay algo muy apropiado en montar el espectáculo en este teatro en miniatura, con apenas 70 butacas, un escenario diminuto y cabina de luces, un vestíbulo del tamaño de un pasillo y un bar atendido por ventanilla, con unos aseos que también hacen de bambalinas, y una taquilla metida en un armario de la limpieza. Es una auténtica esencia concentrada de teatro, cuya misma condensación le viene de perlas para acoger obras que, de forma igualmente esquemática y abocetada, miran al mundo de arriba y de fuera. O, en efecto, mucho más abajo…
Nigel Pilkington (Shakespeare), Martin Dickinson (Shaw) y el reparto de The Frogs.
Este montaje encaja exactamente en esa categoría. El teatro griego, nunca especialmente dado a la acción, nos lo ofrece todo en conversaciones de pequeño formato comentadas por un coro muy atareado. Aquí, van acompañados por una banda de viento, metal y percusión a un lado del espacio escénico, bajo la experta batuta del director musical Tim Sutton, artífice de las magníficas versiones reducidas de las orquestaciones originales de Tunick. La directora y productora Grace Wessels es relativamente nueva en el mundo del musical y este no está exento de desafíos; aun así, acierta casi de pleno en el universo compacto y comprimido que levanta.
Con la inestimable ayuda del armoniosamente inventivo diseño de escenografía y vestuario de Gregor Donnelly, una preciosa iluminación de Tim Mascall, y el valioso apoyo del ayudante de dirección y director de movimiento (con la asistencia de Kitty Whitelaw), Tim McArthur (ya ha trabajado con Wessels en Ye Olde Rose and Crowne), la producción es una travesura limpia, ágil, eficaz y encantadora, con números de conjunto particularmente efectivos en una escenografía escalonada que puede —o no— recordar a una piscina. La obra fue —famosamente— concebida como entretenimiento interno para Yale, donde el coro lo aportaba el equipo universitario de natación, que aparecía —o eso creo— literalmente en bañador tipo speedo. Con credenciales así, me sorprende que el espectáculo no haya recibido mucha más atención.
La partitura y el libreto se la merecen. Estas canciones están entre lo mejor de Sondheim, y la ingeniosa, ligera como el aire, confección del texto es una alegría constante, capaz de mantenerse siempre terrenal y con los pies en el suelo, por muy sofisticado que se ponga el asunto. Estamos ante una clásica «búsqueda» con Dionisos (Michael Matus, en un papel de hombre serio, contundente y muy recto) disfrazado de Heracles (papel que interpreta Chris McGuigan, que se lo pasa en grande con su número de piel de león y arma descomunal… ¿se capta el «tono»?). A Dionisos le acompaña su esclavo pendenciero, Xantias (George Rae —cada vez mejor en cada visión y ahora sacando sus dotes cómicas con un efecto delicioso). Juntos emprenden una misión completamente inútil: sacar a George Bernard Shaw del Hades y arrastrarlo de vuelta al Aquí y Ahora para que escriba obras que edifiquen e iluminen nuestra época hastiada y desalentada (al parecer, cosas así quedan fuera del alcance de los dramaturgos vivos). Y, más o menos, ese es el argumento.
Jonathan Wadey (Caronte) en The Frogs.
Así que, sin mucho que pensar ni por lo que preocuparse, nos apoyamos en los chistes y los números para divertirnos, al estilo de una revista de temática suelta, que —en realidad— es lo que es este espectáculo. Jonathan Wadey es un Caronte inolvidablemente «de ahora», muy «Camden», cuya función es pasar a los viajeros por la Estigia y meterlos en el reino de los muertos. Es en esa travesía donde conocemos a los anfibios del título, que croan alegremente, casi haciéndonos creer que van a «hacer» algo. (Lo hacen… pero no por mucho tiempo.) Ya en el Inframundo, vemos un número de lucimiento de Virilla la Amazona (Li-Tong Hsu, disfrutando del puro disparate), y luego aparece un Plutón de Emma Ralston, dominatriz enfundada en cuero (el señor del infierno es, si no una dama, al menos una madame… y además, inteligentísima y muy sexy). Está encantada de ceder a GBS (que, en manos de Martin Dickinson, está muerto… ¡y feliz de estarlo!), e incluso dispuesta a añadir a Shakespeare (no precisamente el modelo favorito de Shaw, ni siquiera cuando se interpreta con la sensibilidad que demuestra Nigel Pilkington). Ah, y también hay un par de apariciones de Ariadna (Bernadette Bangura la interpreta con dulzura), que es —o fue— muy importante para Dionisos.
Pero, como suele decirse, el argumento no tiene por qué entretenernos demasiado. El objetivo de este espectáculo es exprimir toda la diversión boba y desenfadada que permita la situación, tan ligera como el algodón de azúcar. Y eso es mucho. No, esto no es la caída de la casa de Atreo; pero —si se sueltan un poco y se lo pasan mejor— esta compañía bien puede hacer caer el teatro en otros sentidos. ¡Que lo disfrutéis!
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