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RESEÑA: El Cabrón del Sombrero, Teatro Lyttleton ✭✭✭
Publicado en
Por
stephencollins
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The Motherf**ker With The Hat
Teatro Lyttleton
24 de junio de 2015
3 estrellas
De verdad, ¿qué sentido tienen esos tres asteriscos? Cualquiera que vea el cartel sabe, al instante y sin lugar a dudas, que el título de la obra incluye la palabra “motherfucker”. Si te vas a escandalizar porque esa palabra aparezca impresa completa, ¿de verdad no te va a escandalizar en su versión mal censurada? ¿Es el público británico realmente más conservador que el estadounidense? La obra pudo anunciarse en vallas publicitarias de Broadway sin asteriscos que sustituyeran la U y la C. Así que, si evitar ofender no tiene sentido, ¿qué otro propósito podría haber? Los cínicos podrían sugerir que solo un título así conseguiría atraer al público para ver una obra nueva de un dramaturgo puertorriqueño-estadounidense relativamente desconocido.
No está claro de quién fue la decisión, ni en qué se basó, pero desde luego resulta curioso que el National Theatre programe una obra titulada The Motherfucker And The Hat, permita que se represente sin censurar ningún lenguaje potencialmente ofensivo del diálogo, y sin embargo la mencione en toda la publicidad y materiales promocionales con un título distinto. ¿Qué hicieron, cabe preguntarse, al referirse a la obra en entrevistas de radio o televisión? ¿Sonrojarse y poner pitidos?
Dada la cantidad de veces que la palabra “motherfucker” se lanza alegremente en la obra de Stephen Adly Guirgis, ahora en el Lyttleton Theatre en una producción dirigida por Indhu Rubashingham, junto con otras lindezas igualmente ofensivas (incluida una muy graciosa sobre el “coño de una monja”), este mal entendido sentido de la “corrección” resulta, francamente, bochornoso. Es como si el National Theatre estuviera ligeramente horrorizado por su elección.
Y quizá con razón, porque la obra de Guirgis dista mucho de ser revolucionaria, rompedora o siquiera especialmente impactante. Guirgis ganó el Premio Pulitzer en 2015 por su obra más reciente, Between Riverside And Crazy, pero The Motherfucker With The Hat no le reportó ningún galardón. Cuando se produjo en Broadway, la obra fracasó y recibió, en el mejor de los casos, críticas dispares.
Teniendo en cuenta que hay obras recientes ganadoras del Pulitzer que el National Theatre no ha programado —The Flick de Annie Baker, Water By The Spoonfull de Quiara Alegría Hudes, Next To Normal de Kitt y Yorkey, por citar solo algunas—, sin mencionar ganadoras recientes de los Tony como Vanya and Sonia and Masha and Spike de Christopher Durang, cabría pensar que hay algo especial o único en la obra de Guirgis.
Pero no es así.
No es que sea una mala obra; más bien es que no es realmente una obra como tal. Es una serie de escenas separadas, en su mayoría duelos interpretativos, que giran principalmente en torno al personaje central, Jackie. En realidad no tiene un tema general convincente; no hay belleza lírica, poética o política en el lenguaje, y no intenta arrojar luz sobre la sociedad o la cultura de manera significativa. Tiene el aspecto y el sonido de un cortometraje: no de un drama coherente y magnífico, digno del escenario del Lyttleton.
En cierto modo, la obra mira a distintas formas de adicción y a las consecuencias de estar enganchado y de intentar escapar de esa dependencia. Desde luego cuestiona si los exadictos moralistas que “siguen el plan” tienen mejores principios o más sensatez que aquellos adictos que se esfuerzan por reformarse pero recaen temporalmente. Pero ¿es eso lo bastante significativo como para justificar 105 minutos en un auditorio del National Theatre?
En mi opinión, no.
Las interpretaciones enganchan; una o dos son asombrosas por detalle, matiz y potencia. Pero esta es una obra que se apoya en insultos y amenazas de una obscenidad ejecutada con destreza, y en la presencia tangible de la violencia. Sin embargo, siendo sinceros, una vez has escuchado un “motherfucker”, otros cincuenta y tantos ya no causan impresión. Y cuando, como aquí, hay una pelea culminante, brutal y cargada de testosterona entre dos tipos duros (por la mujer con la que ambos se han acostado) que ni de lejos es tan violenta y realista como debería, los pilares centrales sobre los que descansa el interés narrativo se vienen abajo.
Ricardo Chavira, conocido por Desperate Housewives, resulta amenazante, duro y sorprendentemente simpático como el alcohólico violento que cree que su novia le engaña con el portador del sombrero del título. Al final tiene razón, pero se equivoca respecto al verdadero dueño del sombrero. Chavira está en estado de gracia y exprime cada gota de interés de su personaje y de las situaciones. Es dureza y brutalidad contenida en su mejor versión.
Yul Váquez está francamente magnético como el curioso primo Julio que, pese a su interés por la cocina y una personalidad amanerada, es el tipo duro capaz de conseguir una pistola o de mandar matar a alguien cuando hace falta. Sus parlamentos sobre la obligación nacida de lazos de amistad o familia mantenidos durante años valen toda la velada. Es una interpretación magníficamente calibrada.
Flor De Liz Perez es sexy, cruel, de mal genio, malsonante y desinhibidamente libidinosa como Veronica, la chica compartida por Jackie y el “motherfucker” del título. Escupe los improperios con la misma imperturbable precisión con la que Julie Andrews articula consonantes en Sonrisas y lágrimas, aunque la relación de Veronica con las monjas (véase más arriba) es completamente distinta. Perez ofrece una interpretación de arriba abajo y cuando le atiza a Jackie en la cabeza con un bate de béisbol, rezas para que el suplente esté listo para salir. Va a fondo, sin freno.
Como Ralph, el santurrón y doble, y en última instancia totalmente ensimismado y narcisista, padrino y amigo de Jackie, Alec Newman resulta más soso y menos peligroso de lo necesario. Necesita estar a la altura de Jackie en todos los sentidos, pero especialmente en lo físico; no juega en la liga de Chavira. Tampoco le ayuda Nathalie Armin, mal elegida como Victoria, la (presumible) esposa florero de Ralph.
El aspecto más teatral de la producción es la escenografía: un ingenioso y evocador rompecabezas de tres piezas de espacios —el piso de Veronica en Times Square, el lugar del primo Julio y el alojamiento más acomodado de Ralph y Victoria—. Unas escaleras de incendios, de un naranja vivo, cuelgan desde la oscuridad, sugiriendo claramente el siempre presente exterior neoyorquino y anclando visualmente el lugar de la acción, por si las palabras no bastaran para hacerlo de forma sonora. Oliver Fenwick ilumina todo con su habitual fino ojo para el detalle, el estado de ánimo y la atmósfera. Casi puedes saborear el perrito caliente del puesto callejero.
Rubashingham dirige con economía y el ritmo es lo suficientemente ágil. Sin embargo, no se aporta nada a la mesa con verdadera visión, y este no es un caso en el que una mirada directorial revele más de la obra de lo que el autor quizá habría esperado. Violenta y obscena, a menudo divertida, pero rara vez desternillante, esto es lo “en tu cara” que haga falta. Los crescendos desesperantes de sonido áspero y desafinado que marcan cambios de escena, arranques y finales son inútiles y superficiales. No debería haber premios por limitarse a hacer ruido.
No aburre, no está mal, pero no emociona, no estremece ni señala una nueva dirección. The Motherfucker And The Hat promete un viaje salvaje y ofensivo; en su lugar, vuelve a revelar la falta de visión de quienes programan actualmente en el National Theatre.
Rufus Norris necesita estar a la altura de lo que significa ser el Director Artístico del National Theatre. El teatro, como forma artística, necesita urgentemente que eso ocurra.
The Motherf**ker With The Hat se presenta en el National Theatre hasta el 20 de agosto de 2015
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