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NOTICIAS

RESEÑA: Los Productores, Teatro Churchill Luego en Gira ✭✭✭✭

Publicado en

Por

stephencollins

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Cory English (Max), Jason Manford (Leo) y Tiffany Graves (Ulla) en The Producers. Foto: Manuel Harlan. The Producers

Churchill Theatre, Bromley, y después de gira por el Reino Unido

11 de marzo de 2015

4 estrellas

Cuando reseñó The Book Of Mormon tras su estreno en Broadway, el crítico de The New York Times Ben Brantley dijo, con razón: "...“The Book of Mormon” logra algo parecido a un milagro. A la vez se burla y abraza con fervor la forma de arte típicamente estadounidense del musical de libro inspirador. Ningún espectáculo de Broadway ha conseguido tan bien ambas cosas desde que Mel Brooks adaptó su película “The Producers” para el escenario hace una década."

La sátira gamberra y políticamente incorrecta de Mel Brooks, The Producers, permitió reivindicar el musical de Broadway como algo tan maliciosamente divertido como melodioso, descarado y lleno de espectáculo y color. Brooks se lanzó contra un amplio abanico de personajes estereotípicos de Broadway, los ensartó a todos —a veces de forma que deja con la boca abierta— en una fiesta disparatada de chistes, en la que se cosían con habilidad algunos guiños, pero no mucho más, a ese ingrediente normalmente clave de un gran musical: el corazón.

Funcionó. Y de qué manera.

El éxito de The Producers allanó el camino para otros títulos del mismo estilo, pero aunque los que vinieron después tienen cualidades excelentes (Hairspray, por ejemplo, presume de una partitura riquísima en melodías y una narrativa rebosante de corazón), nada se ha acercado de verdad a replicar la pura alegría que Brooks creó con The Producers, ni la variedad de personajes protagonistas, cada uno de los cuales tiene su momento de gloria.

Ahora está de gira por el Reino Unido la elegante e impresionante reposición de The Producers firmada por Matthew White. Teniendo en cuenta las limitaciones logísticas y presupuestarias de una producción itinerante que pasará por muchos teatros distintos, White ha conseguido algo bastante notable.

En primer lugar, White ha utilizado el reparto “estrella” con seguridad: las estrellas que ha elegido, con una excepción, pueden hacer todo lo que se les pide: musical, dramática y coreográficamente. En segundo lugar, el diseño de Paul Farnsworth abraza las carencias de presupuesto y la necesidad de adaptarse a múltiples espacios, convirtiéndolas en virtudes. En tercer lugar, el magnífico ensemble ofrece una miríada de viñetas ingeniosas y finamente calibradas, además de superar con creces el resto de exigencias de la obra. En cuarto lugar, White introduce nueva y fresca acción escénica que sorprende y deleita: una estupenda comedia física, además de guiños a otros musicales. (Además del juego habitual que proponen las giras —“A ver quién es el sustituto”—, esta también propone “A ver quién caza la referencia a otros éxitos de Broadway”, con alusiones a A Chorus Line, Gypsy, West Side Story y 42nd Street que hacen cosquillas al sentido del humor de maneras inspiradísimas). En quinto lugar, la coreografía ingeniosa, exuberante y muy, muy giratoria de Lee Proud añade brío e interés de forma constante.

Pero, quizá más importante, lo clave que White consigue en este remontaje es superar dos obstáculos centrales para el éxito de The Producers: la ausencia de una orquesta de tamaño completo y la falta de un gran presupuesto (reflejada en el tamaño del ensemble y en las limitaciones del diseño). En el fondo, The Producers es un gran musical vistoso sobre, esencialmente, un pequeño y cutre espectáculo; el contraste de estilos y de presentación es parte del placer, parte de lo que hace que funcione. Aquí, la producción no es grande ni ostentosa, pero late con inventiva y auténtica destreza.

Cory English, veterano de producciones anteriores de The Producers, es un Max de primera. Clava todos los chistes y encarna al sucio, travieso, manipulador, hambriento de dinero y curtido rey del viejo Broadway con estilo y aplomo. Irónico y canalla, y con una energía inagotable, el Max de English está perpetuamente en la ruina y, a la vez, soltando palique con una facilidad pasmosa. Su dicción y acento son tan perfectos como su sentido del ritmo y su canto: Betrayed, en el segundo acto, es sencillamente soberbia.

English, además, encaja a la perfección con el Leo Bloom miedica, accidentalmente taimado y preposteramente (y por eso mismo, entrañablemente) ingenuo de Jason Manford. Como ejercicio de reparto estrella, Manford es un ejemplo que responde a la pregunta: “¿Dónde acertamos?”. Construye con cuidado a un patán de corazón de malvavisco, es muy divertido (físicamente y con la palabra) y clava al milímetro la pasión de Leo por el mundo del espectáculo. Canta con dulzura y afinación, se muestra cómodo en escena (difícil cuando interpretas a alguien incómodo), y aunque el miedo —quizá el terror— le parpadea en los ojos, sale airoso en el apartado del juego de pies. Su Leo florece a medida que avanza el espectáculo, como debe ser.

Tiffany Graves está sensacional como la tentadora de las 11 de la mañana, Ulla Apellido Impronunciable. Se ve estupenda desde cualquier ángulo, saca un acento sueco de manual que es inequívocamente hilarante y canta y baila con brío. Da gusto ver a una de las grandes currantas con talento del West End brillar en modo estrella total. Lo tiene y lo enseña.

El segundo gran golpe de reparto estrella es el papel de Franz Liebkind, el fanático de Hitler, chiflado y delirante, que vive en el West Village neoyorquino con unos lederhosen sucios y habla con las palomas; el autor de la “peor obra” que Max y Leo pueden encontrar para producir como parte de su estafa para hacer dinero. Aquí, Phil Jupitus es una elección inspiradísima.

Como un coloso de salchicha bratwurst salido de quicio, el Franz de Jupitus es un triunfo de disfunción, devoción histérica a una causa perdida y una simpática ilusión homicida. Se aferra al papel con ambos colmillos y exprime hasta la última migaja de hilaridad de la oportunidad. Sus dos números grandes, pero especialmente Haben Sie gehört das deutsche Band?, los entrega con entusiasmo. Dudo que haya existido nunca un Franz como este: Jupitus prefiere la rabia sombría a la irritabilidad bobalicona, y le funciona muy bien.

La última pieza de reparto estrella coloca a Louie Spence como Carmen Ghia, el ayudante de hecho del peor director de Broadway, Roger de Bris. Spence hace un Spence espectacular, o quizá, más exactamente, un espectacular Spence-haciendo-de-Carmen-Ghia. Está bien si eso es lo que buscas; para el segundo acto ya te has habituado a la idea y parece que no chirríe.

Pero, en realidad, es una decepción seria. La dinámica entre Carmen y Roger solo funciona de verdad, y la comedia solo se revela plenamente, si trabajan como un equipo perfectamente integrado. Son un dúo; no dos actuaciones separadas. Sin la calidez que aporta esa sincronía, se pierde mucho. Dicho esto, Spence añade un desparpajo coreográfico vistoso al bolso de trucos de Carmen y consigue risas en lugares y de maneras que ningún otro Carmen ha conseguido —ni podría conseguir—.

David Bedella está en su mejor momento en la gloriosamente desmadrada secuencia del segundo acto en la que Roger se convierte en el Hitler más camp de la historia, en la función de estreno de Springtime for Hitler. Este es, por supuesto, el momento de la obra que sí es realmente un solo para Roger. Bedella es muy divertido y aquí parece más cómodo, lejos de Spence, donde es indiscutiblemente la estrella del momento.

Pero, en casi todas sus demás escenas, especialmente en la de Keep It Gay del primer acto, las escenas de Roger y Carmen son frías, planas y desconectadas. La voz de Bedella, curiosamente, no parece adecuada para el tipo de agilidad vocal que Roger debería poder mostrar. Tampoco había sensación de camaradería entre Roger y su equipo de producción, y solo el Sabu de morritos de Jay Webb intentaba presentar una imagen de integración y conexión. Esta peculiar desconexión con la comedia inherente a la pieza se refleja de nuevo en la secuencia de las ancianas que anuncia el final del primer acto: Along Came Bialy. Resulta extrañamente poco celebratoria con las ancianas, y se apoya en su lugar en la enfermedad mental y física y en el tópico de los hombres con vestido para arrancar risas.

Pero, en términos generales, estos problemas no importan tanto. En su mayor parte, el reparto principal es sobresaliente y el ensemble trabaja sin descanso y con enorme pericia durante todo el espectáculo.

La secuencia de Springtime For Hitler está llevada con gran pulso y es desternillante, con vestuario, baile e interpretaciones combinándose en un frenesí de dorado brillante sin freno, baile de precisión y canto feliz: quien decidiera vestir al solista ario, bellamente cantado por Webb, con lederhosen de lentejuelas tuvo una idea genial. Hay momentos estupendos por el camino: Tosh Wanogho-Maud, divertidísimo en modo Show Boat como contable desencantado y luego, sin aliento de lo gracioso que está, como el muy irlandés sargento O’Houlihan; Rebecca Fennelly y Aimee Hodnett como acomodadoras pizpiretas y vocalmente dinámicas; Aron Wild, deliciosamente silencioso como guardia de prisión; y el derviche giratorio que es Andrew Gordon-Watkins siempre que aparece.

Andrew Hilton maneja con eficacia la pequeña banda y, una vez te acostumbras a la lamentable ausencia de una sección de cuerda de peso en el acompañamiento musical, hay poco que reprochar desde el punto de vista musical. El canto es animoso y preciso, y los tempi y el equilibrio, consistentemente acertados. El encanto inherente de las melodías de Brooks se deja correr a sus anchas.

Es una experiencia de lo más divertida en el teatro. Para ser una producción de gira, es un ejemplo espléndido: divertida, picarona y chispeante de principio a fin.

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