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NOTICIAS

RESEÑA: Los Rivales, Teatro Arcola ✭✭✭✭✭

Publicado en

Por

timhochstrasser

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Los rivales

Arcola Theatre

16 de octubre de 2014

5 estrellas

Crítica - Tim Hochstrasser

Las producciones de las dos grandes obras de Sheridan, Los rivales y La escuela de la maledicencia, parecen menos frecuentes hoy en día, lo cual es una auténtica lástima si pensamos en el magnífico abanico de posibilidades que ofrece cada una para un trabajo escénico de primera en todos los frentes, con intérpretes de todas las edades y papeles de igual peso y agudeza tanto para hombres como para mujeres. Cuando todas las obras de Wilde, incluso las menores, vuelven una y otra vez a los escenarios, resulta desconcertante que estas dos obras maestras, tan similares en sus retos estilizados, sean mucho menos visibles. Por eso es tan de agradecer la oportunidad de celebrar una estupenda nueva versión del primer gran éxito de Sheridan, que aún estará unos días más en el Arcola Theatre, en Dalston. Aprovechen para verla mientras puedan…

Los rivales no es una obra perfecta. Fracasó cuando se estrenó en 1775 y, incluso después de recortes sustanciales y reescrituras, la segunda mitad puede hacerse pesada. A esas alturas gran parte de la trama ya se ha desanudado y la atención del público puede dispersarse si el texto no se interpreta con ritmo, y con una buena dosis de movimiento escénico imaginativo y “negocio” teatral. Además, las producciones pueden caer fácilmente en un exceso de comodidad, tratándola como un drama de época que sirve de lucimiento para quienes encarnan a Mrs Malaprop, Sir Anthony Absolute y las dos parejas cuyos tanteos —alrededor, lejos y finalmente el uno hacia el otro— sostienen el grueso de la acción. Sin embargo, debería ser una obra con aristas, que solo al final y a regañadientes se acomoda en un compás de casamentera.

Estallidos constantes de ira, frustración sexual, el menosprecio de la ciudad hacia el campo y de lo inglés hacia lo irlandés, y las hostilidades de hijo contra padre, de criado contra amo y ama recorren cada escena como hilos conductores; y distintas formas de vanidad generizada —tanto misógina como misántropa— alimentan buena parte del humor, que en ocasiones sigue siendo inquietantemente cruel y burlón. Fue la tosquedad de la obra, y no su refinamiento como comedia de costumbres, lo que dominó su recepción original, algo escandalosa; cualquier montaje necesita capturar esas cualidades si quiere que volvamos a mirar la obra con ojos nuevos.

Es un gran mérito del reparto y del equipo creativo que hayan tenido el valor de resistirse a actualizar la obra por pura novedad y, en su lugar, se hayan sumergido a fondo en el texto para encontrar respuestas nuevas y convincentes.

La directora, Selina Cadell, escribe en el programa que «los actores de hoy están muy acostumbrados a imponer el estado de ánimo al contenido; su relación con el lenguaje es mucho menos segura. El reto para el actor en la comedia de la Restauración, por tanto, es descubrir cómo existe el personaje a través del lenguaje y solo del lenguaje». En lugar de un naturalismo impostado, asumen el desafío de encontrar naturaleza en el artificio como si ya estuviéramos ante la «comedia trivial para gente seria» de Wilde. Los intérpretes se toman sus papeles con total seriedad, y el humor crece, de forma natural, precisamente por eso. Además, encuentran exactamente el tempo adecuado para el texto al no precipitar la dicción de los discursos, bellamente elaborados, de Sheridan. Domar esas frases largas, con su acumulación de incisos equilibradores y matizadores, exige una pericia parecida a la de un surfista en la cresta de una ola que rompe… si te contienes demasiado, pierdes al público; si atropellas las secuencias, se te escapa el remate.

Cada miembro del reparto fue ejemplar a la hora de tomarse el tiempo necesario cuando hacía falta y de acelerar el ritmo cuando la escena pedía dinamismo e interacción física. Al confiar en el lenguaje de la página y construir el personaje con cuidado a través de él, las recompensas fueron mayores en las escenas finales, cuando el impulso de la trama afloja: a esas alturas, unas interpretaciones tan minuciosas ya generan un humor propio. Cada actor entendió que, en una época en la que el contacto y el roce humano estaban restringidos y sujetos a la formalidad, el lenguaje —en todo su espectro, desde el ingenio más delicado hasta la picardía más descarada— debía desplegar la gama de emociones, frustraciones y celos que en una obra moderna se señalarían con el lenguaje corporal. Era —y es— perfectamente aceptable romper a menudo la “cuarta pared” y recordarnos que estamos en el teatro, que es cómo lo vivía el público del siglo XVIII; pero para que funcione, el lenguaje debe tratarse con un respeto absoluto y jugarse como si fuera la vida en ello. Fue un placer poco habitual escuchar un texto dicho con tanta seguridad y con un disfrute plenamente tridimensional de sus posibilidades imaginativas.

No hay eslabones débiles en este reparto tan afinado, y es inevitablemente injusto destacar interpretaciones concretas. Pero por su destreza técnica para hacernos pensar de nuevo sobre un texto conocido, debo elogiar el Jack Absolute de Iain Batchelor y la interpretación de Nicholas Le Prevost como su padre. Al insinuar la ira sin llegar a desatarla hasta el momento en que menos lo esperas, Le Prevost ofreció una clase magistral de timing cómico; y Batchelor completó cada faceta de su poliédrico papel como el capitán Jack y el alférez Beverley con una invención desenfadada y elegante.

Gemma Jones se desbordó y se agitó con eficacia como Mrs Malaprop, una pompa de seda gris y tul rosa, y merece reconocimiento por NO subrayar demasiado su creativa forma de manejar el lenguaje. «La piña de la cortesía» encontró su lugar como culminación de un párrafo magnífico, y no como chiste aislado.

Jenny Rainsford se abandonó con elegancia como Lydia, con más colmillo y combatividad de lo habitual en este papel, y Justine Mitchell fue un modelo de contención serena, aunque precisamente medida, como la sufrida Julia. Adam Jackson-Smith interpretó a Faulkland como si fuera John Cleese, lo que nos dio un útil punto de referencia para los escrúpulos, tan cansinos como autodestructivos, del personaje.

Los papeles-tipo del irlandés y del campesino recién llegado a la ciudad están menos desarrollados en la escritura, pero esa noche funcionaron bien. Todos los criados aprovecharon sus momentos de intervención y comentario con desparpajo.

Si tuviera que poner un pero, sería a la puesta en escena. El Arcola es un espacio de forma incómoda, y requiere un manejo muy cuidadoso para que las escenas fluyan con facilidad de una a otra (como se hizo tan bien en la reciente producción de Carousel). Aquí hubo un poco demasiado de “negocio” entre escenas, ya fuera con los cambios de escenografía (por ejemplo, un recorte innecesario de una urna que subía y bajaba para indicar una escena exterior), o con interludios musicales o gags recurrentes. En una obra tan larga como esta y en la que la dicción del lenguaje fue tan acertada, fue una pena que las escenas no pudieran encadenarse con más continuidad, especialmente en la segunda mitad, más débil en lo estructural. Aunque está ambientada en Bath, en realidad no necesitamos ver Bath “de verdad”, o al menos no con tanto despliegue.

Con todo, dejando a un lado este detalle, esta producción es una lectura memorable y estimulante de un viejo favorito, y una de las noches más divertidas que se pueden pasar actualmente en un teatro londinense. No tienen por qué estar de acuerdo con mi «desquiciamiento de epitafios»; eso sí, no se la pierdan….

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